Estado(s) de zombificación

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El sábado, 18 de abril, se inauguró en mi estudio, en el Palacio de Las Ursulinas, Estado de zombificación, una muestra de The Happy Zombiealter ego de un grafitero que no necesita carta de presentación en el mundo de los grafiteros cubanos

Conocí a Zombie en una de mis derivas por La Habana Vieja y puedo decir que, entre los miembros de su gremio, es uno de los más activo actualmente en esta ciudad. Sus grafitis, con una presencia constante en disímiles muros, los he encontrado en el barrio de Belén, los Sitios, Santo Suárez y Marianao. 

The Happy Zombie ha creado un imaginario visual propio donde aparecen figuras espectrales con cierto aspecto psicodélico, nganga de Palo Monte, criaturas del inframundo con muchos ojos y tentáculos. Como un pulpo que destila tinta, The Happy Zombie ha inundado las paredes con seres que, de la noche a la mañana, convirtieron La Habana en un campo de batalla, de exterminio y sobrevivencia. Personajes que habitan la cotidianidad del cubano de a pie, ese inframundo de la postutopía desesperanzadora en la que vivimos todos aquí.

El grafiti en Cuba no es ilegal, pero puede ser considerado un acto de vandalismo contra la propiedad estatal; con esta declaración nos enfrentamos a una problemática álgida que establece un pulso entre el derecho a preservar la propiedad estatal y el derecho inalienable a la expresión. Dentro de este marco de transgresiones e irreverencias, han trascendido en redes los arrestos a grafiteros como El Sexto, reconocido por su activismo, y Yulier P., quien ha sufrido varias presiones por hacer declaraciones a medios independientes.

El grafiti, desde sus inicios como práctica cultural, ha llevado en sí mismo una actitud de rebeldía, una actitud antisistema. Es precisamente su carácter contracultural lo que hace más provocadora este tipo de táctica operativa en el espacio público. Por definición, el grafiti se ejecuta sin permiso, tiene la frescura de lo clandestino. 

Durante años hemos visto en los muros de la ciudad los TAGS e intervenciones de El Sexto, Yulier P., 2+2=5, Ms. Milk, y muchos otros artistas callejeros que hacen la nueva “poesía urbana”. Aunque a la mayoría de estos grafiteros no les interesa enmarcarse dentro de un llamado arte político, con sus acciones construyen un imaginario simbólico muy potente cargado de potencial político. Estas intervenciones en el entramado urbano escenifican un acto de resistencia ante la homogeneidad reglamentada y asfixiante de la propaganda política en la isla.

El arte del grafiti reacciona al autoritarismo, enarbola una performatividad en la que afloran otros imaginarios, constituye un resorte fundamental de las sociedades a nivel global para visibilizar otras subjetividades y dar acceso a discursos no hegemónicos. 

Después de este paréntesis necesario para situar esta práctica y su contexto, volvemos a las intervenciones públicas de The Happy Zombie y a cómo él ha hecho visible su impronta en la ciudad como gesto poético, ha llenado el espacio público de seres espectrales del inframundo con los que convivimos todos. Con ello abre un grupo de interrogantes ante el transeúnte o espectador de la calle que mira sus grafitis mientras camina, espera una guagua o hace una cola interminable. ¿Qué intentan decirnos estos grafitis de The Happie Zombie? ¿Habitamos una ciudad donde todos ya somos fantasmas? ¿Somos los cubanos muertos vivos? Diríamos con el protagonista de la película cubana Juan de los muertos, del director Alejandro Brugués: “Sobreviví al Mariel, sobreviví a Angola, sobreviví al Período Especial y a la cosa esta que vino después”.

No deberíamos olvidar que la figura legendaria del zombi tuvo un papel importante en la Revolución Haitiana, cuando se le asoció no solo con el esclavo, sino también con la idea de rebelión. En el imaginario folclórico, por un lado, los zombis eran cadáveres resucitados y esclavizados por un “bokor”, sacerdote vudú, que simbolizaba la fuerza de trabajo en las plantaciones.

The Happy Zombie ha sabido congeniar en su sistema de referencias el anime y el manga japonés con el dibujo animado cubano delirante y el cine de horror, como el clásico ¡Vampiros en La Habana! de Juan Padrón. En sus obras usa la nganga, cazuela ritual de la religión afrocubana del Palo Monte, junto a un mundo espectral que remite al género de historias de fantasmas, tan arraigado en la fantasía japonesa. Dándoles un toque personal a estos elementos provenientes de contextos muy distintos; los incorpora a su imaginario contracultural y outsider.

La primera exhibición de The Happy Zombie es un gesto que pretende otorgar legitimidad simbólica y valor a esta producción contracultural, como moneda de cambio contra la propia censura. Esta exposición establece un doble juego, intenta crear una conexión entre dos espacios: el espacio público de la calle y el espacio privado de mi estudio, donde podemos ver reunido, en un mismo espacio y de manera más tranquila, sosegada, el trabajo de este grafitero. Como parte de la selección se puede apreciar las plantillas con que trabaja en la calle, sus cuadernos de dibujos, la proyección de un filme sobre sus intervenciones urbanas –realizado por estudiantes de la EICTV de San Antonio de los Baños— y una serie de pinturas sobre cartulinas. 

No es con Estado de zombificación la primera vez que mi estudio se convierte en escenario para una exhibición. Antes tuvimos Aunque Tú (2025), una exposición de Nicolás Guillén Landrián con curaduría mía y de Orlando Hernández, y Filmografía de un fundador (2025), animaciones de Jesús de Armas, con curaduría de Caridad Blanco. Cada una de estas presentaciones ha sido un ensayo curatorial al margen de las instituciones, generado desde la contingencia, desde lo que es posible hacer aquí y ahora.

Todo esto ocurre dentro de Derivas, un proyecto independiente que inicié en La Habana en 2021, en ese momento extraño de reapertura e incertidumbre tras la pandemia. Lo que me interesaba entonces, y me sigue interesando, es sostener un espacio que se active a partir del encuentro: conversaciones, exposiciones, performances, proyecciones, lecturas… Una zona temporalmente autónoma donde artistas, poetas, cineastas e investigadores puedan aparecer sin que a nadie le pidan permiso para hacerlo.

Derivas es, en esencia, un ensayo de autoorganización, un laboratorio que insiste en sostener preguntas más que en ofrecer respuestas. Algo bastante coherente, creo, con lo que The Happy Zombie hace en el espacio público.

Siendo consecuente con esta propuesta que nos trae The Happy Zombie, no dejaré de cuestionar también la presencia fantasma de la exhibición Estado de zombificacióny con ello nuestra aparición o presencia espectral ante estas imágenes que nos devuelven a lo real desde el sueño mismo que es estar vivos. En medio de un escenario donde la incertidumbre y las frustraciones nos atraviesan, más cercano a una pesadilla que a un happy end, seguimos interpelando las obras: no para buscar una respuesta, sino para seguir haciéndonos preguntas.

Agradezco a las personas que pasaron por aquí, en medio de prolongados apagones y sin combustible para el transporte público.

De ‘Estado de zombificación’; The Happy Zombie
De ‘Estado de zombificación’; The Happy Zombie (FOTO Amalia Echemendía. Cortesía de Yornel Martínez Elías)
YORNEL MARTÍNEZ ELÍAS
YORNEL MARTÍNEZ ELÍAS
Yornel J. Martínez Elías (Manzanillo, Cuba, 1981). Estudió Artes Visuales en el Instituto Superior de Arte (2002-2007). Ha desarrollado su trabajo próximo a las prácticas conceptuales, a través de formalizaciones técnicas y materiales diversos. Cofundó, con el escritor Omar Pérez en 2009, la revista collage P-350. Y, en 2015, Ediciones *, una plataforma de publicación concebida para textos de diversas categorías y formatos: fanzines, marcadores, postales, libros de artista. Reside y trabaja en La Habana.

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