La escena teatral cubana en el exilio encuentra en Miami uno de sus epicentros más vibrantes, y en Yusnel Suárez a uno de sus directores más inquietos. Su más reciente adaptación de Fresa y chocolate no es un ejercicio de reverencia pasiva, sino una relectura que se atreve a tensar el original desde la experiencia del exilio.
Suárez asume su trabajo como un gesto de resistencia cultural, desde una perspectiva contemporánea, crítica y profundamente emocional. Su concepción escénica integra música en vivo, coreografía, recursos audiovisuales e incluso inteligencia artificial, para construir un teatro inmersivo que indaga en la difícil negociación entre lo político y lo íntimo, entre la lealtad ideológica y el deseo individual.
En sus manos, el conflicto entre Diego y David deja de ser únicamente una metáfora de la intolerancia de los años noventa en Cuba para convertirse en un espejo de las fracturas ideológicas y afectivas que aún atraviesan la nación y su diáspora. La Habana no es solo un escenario físico, sino una herida abierta que se proyecta sobre la memoria colectiva de quienes la viven y la abandonaron.
Fresa y chocolate es una obra central del imaginario cultural cubano. ¿Desde qué necesidad creativa decidiste volver sobre ella?
Creo que el conflicto que mueve la historia sigue vivo. La relación entre Diego y David tratando de salvar sus diferencias políticas, sexuales, personales son muy interesantes sobre todo en el contexto de La Habana de hoy día. Es una adaptación actual de la película en ese escenario nacional
donde todo es mucho más complejo y la humanidad juega el papel protagónico. Los cubanos vivimos un momento de urgencia en cuanto a la importancia de exponer la realidad de la crisis y el deterioro a todos los niveles que vive nuestra isla.
Tu adaptación dialoga con el original sin quedar atrapada en él. ¿Cómo encontraste el equilibrio entre fidelidad, relectura y riesgo creativo?
La adaptación ha funcionado bien porque creo que el público revive los momentos esenciales de la película al tiempo que descubre nuevas subtramas y puntos de vistas que dialogan con la historia original. Al ser una versión desde el exilio pensada especialmente para el público cubano de Miami funciona como una suerte de espejo donde los que tuvieron que abandonar Cuba como es el caso de Diego, el protagonista, se ven reflejados. Además, el espectáculo es muy vertiginoso, sorprendente, siempre buscando que la risa se encuentre con la emoción.
La puesta evita la nostalgia y construye una lectura actual. ¿Qué decisiones dramatúrgicas fueron clave en ese proceso de actualización? ¿Qué aspectos del texto original te interesaba reactivar para un público contemporáneo y cuáles decidiste transformar o desplazar?
La realidad de Cuba no es la misma que hace treinta años cuando se estrenó la película. La sociedad si bien está desgastada en muchos aspectos por el embate feroz del comunismo ha evolucionado en temas como la homosexualidad que ya no es un prejuicio tan fuerte, por eso esta puesta teatral se concentra en el encontronazo intelectual que existe entre Diego y David y sus distancias ideológicas. Diego es un artista disidente convencido de que la libertad es el camino y David es un joven universitario adoctrinado y acorralado por el sistema, que a lo largo de esta historia intenta descubrir de la mano de Diego muchas verdades de la vida y del país.
Cuba es una isla muy presente en la mente de sus emigrados. Nuestra conexión con lo que allí sucede es constante y por eso quería que la obra representara eso tal cual es, con una impronta casi
documental. El apoyo de los recursos visuales en la pantalla nos permite situar al espectador en momentos y lugares reales y conseguir escenas que nos dibujan tan cual: rotos pero divertidos, enajenados pero profundos. También la música, el baile y varios elementos que acuden a simbolismos de nuestra idiosincrasia.
Las actuaciones sostienen la obra con una precisión y una verdad escénica muy notables. ¿Qué tipo de trabajo actoral buscabas y cómo lo desarrollaste durante los ensayos?
El elenco de esta versión teatral de Fresa y chocolate es en su mayoría de actores del más alto nivel profesional con carreras reconocidas en el cine, la televisión, la radio, el teatro. Encabezado por Susana Pérez y Alberto Pujol, con la más larga data en el mundo escénico, y seguido por figuras un poco más jóvenes, pero no menos importantes como Yuliet Cruz, Roberto San Martín, Jeffry Batista, Yerlin Pérez, Luis Manuel Bangán, que han edificado sus personajes con mucha verdad, pero sobre todo con gracia y profundidad buscando ser un retrato de nuestra identidad sociocultural.
Además de dirigir, asumes un rol protagónico en escena. ¿Cómo se articula en ti el diálogo entre el director y el actor a lo largo del proceso creativo?
Fresa y chocolate cuenta muchas cosas que yo como cubano, como exiliado y como artista necesito exponer y el personaje de Diego dice muchas cosas que yo siento como persona. Y si, es un reto interpretar un personaje que fue tan exitoso en el cine, pero la clave está en inspirarse, no copiar, en atravesar todos los momentos con honestidad, al fin y al cabo, las maneras de sentir son tantas como huellas digitales hay en los dedos de los hombres. Y como director me hice acompañar de un elenco de primer nivel y de un equipo técnico creativo de excelencia: Milkos D’Sosa y Shamir Baluja en la escenografía, José Álvarez y Yunior Arronte en la producción musical, Henry Gual en la dirección coreográfica y Oscar Molina en el diseño de luces, que me respaldó en cada una de sus especialidades. Quiero mencionar especialmente la asesoría de la
actriz Edith Obregón, que fue de gran ayuda al supervisar el montaje en las escenas en las que actuó. Personalmente pienso que actuar es escuchar, responder con sinceridad y precisión al contexto escénico y esta obra tiene diálogos muy bien escritos, conflictos humanos muy bien presentados, y te dejas llevar por la historia y la atmósfera la actuación fluirá. Todos los actores que estamos en escena entendemos muy bien el contexto reciente de nuestro país, lo hemos sufrido en carne propia y eso ayuda mucho.
La música y la banda sonora funcionan como elemento activo dentro del relato. ¿Cómo trabajaste el diseño sonoro para que funcionara como un dispositivo estructural dentro de la economía narrativa de la obra?
Fresa y chocolate es mi segundo acercamiento al teatro musical en Miami. El primero fue la adaptación de Los pájaros tirándole a la escopeta, de Rolando Díaz, en ambas la música es un personaje más. Venimos de la isla de la música, donde hablamos con el cuerpo y cantamos al hablar, por eso las canciones nos ayudan a contar la historia a completar la narración. Cuando escuchas clásicos como “Fiebre de ti”, “Vete de mí” o “El punto cubano”,por solo citar algunos de los que están incluidos en la puesta, el espectador conecta con los sentimientos del personaje, pero también con memorias personales relacionadas a esas piezas musicales y si a eso le sumas el trabajo de interpretación de los cantantes y bailarines el impacto es mayor.
El ritmo escénico está cuidadosamente construido. ¿Qué importancia tiene para ti la cadencia –actoral, musical y visual– en la experiencia del espectador?
Donde estoy hay emoción, alegría, ritmo, sorpresa, entretenimiento. Concibo mis obras como una montaña rusa de emociones donde el espectador se sienta parte. El teatro que sigue siendo el arte más humano que existe, también tiene que luchar contra el mundo visual vertiginoso y fugaz de hoy día y por eso hay que llenarle los ojos y el corazón al espectador rápidamente. Cuando están
sentados en esa butaca hay que considerar su atención y hacerlos vibrar porque ellos como los actores, los bailarines, la música o la escenografía o la luz son imprescindibles para que la obra fluya.
La dirección de arte integra pantalla e inteligencia artificial de manera orgánica dentro de la puesta. ¿En qué momento surge la decisión de incorporar estas herramientas y qué buscabas aportar al discurso escénico?
Me planteo el teatro como una experiencia inmersiva. Que el decorado nos traslade al lugar donde sucede la historia es maravilloso por esa sensación de realismo que hace la experiencia más creíble y entretenida.
El uso de AI introduce un lenguaje novedoso dentro del teatro cubano. ¿Qué posibilidades y tensiones abre este cruce entre tecnología y memoria?
No podemos negar la presencia de la IA en nuestras vidas e incorporar esa herramienta al discurso narrativo del teatro nos abre una puerta infinita de soluciones creativas que el espectador disfruta mucho. Nos facilitan momentos imposibles de conseguir por limitaciones de tiempo y presupuesto, pero lo mejor es crear para el espectador la sensación de haber regresado a un lugar de Cuba a través de esas imágenes en la pantalla.
La incorporación del personaje de La Polaca, interpretado por Susana Pérez, añade una nueva capa simbólica a la obra. ¿Qué te interesaba explorar con su presencia y cómo dialoga este personaje con la lectura contemporánea de Fresa y chocolate?
Para concebir la obra teatral volví al cuento que originó todo: El bosque, el lobo y el hombre de nuevo, de Senel Paz, y al guion de la película, por supuesto. En el guion cinematográfico había una escena en el ballet que nunca llegó al corte final y que fue mi inspiración para crear este momento de cabaret cubano donde una estrella del transformismo triunfa en las noches underground habaneras. Susana Pérez ha sido una inspiración para mi trabajo sobre las tablas y concebí ese momento para ella porque es una actriz en toda la extensión de la palabra, que puede interpretar con la verdad ese travestí cantante sobreviviente de los atropellos de la dictadura, que decidió como venganza o como declaración de principios quedarse en Cuba para brillar en las narices del sistema que le marginó. Es uno de los momentos más delirantes de esta versión teatral y también uno donde se dicen algunas de las cosas más dolorosas por las que como cubanos hemos tenido que vivir.
Fresa y chocolate es una obra profundamente política, pero también íntima. ¿Cómo trabajaste esa tensión?
Cuba no se explica, se siente. Es muy inquietante contar nuestra historia. En mi caso siento que no le hago justicia a lo particular que somos: política, cultural, emocionalmente. Venimos de una isla herida que se ha refugiado en la música, en el humor, en el arte, para sobrevivir al drama de existir. Nos ha tocado sortear todo tipo de miserias.
¿Cómo ha sido la recepción del público y qué lecturas o reacciones te han resultado más reveladoras?
Con esta obra hemos sentido de manera extraordinaria las reacciones del público. Hemos recibido mensajes de cariño y agradecimiento donde nos cuentan cómo se sintieron durante la puesta. Destacan mucho la risa que les provocan las situaciones y cómo estas se cruzan con reflexiones, momentos dolorosos y emocionantes que terminan en lágrimas. Siento que esta obra ha logrado que una buena parte del público conecte con su esencia cubana y reanime el amor por sus raíces.
Después de esta puesta, ¿sientes que se cierra un ciclo creativo o que se abre una nueva etapa en tu trabajo como director?
Fresa y chocolate se mantiene en cartelera en el Teatro Trail pero ya estoy trabajando en mi próxima propuesta, una comedia sobre intercambio parejas que estoy seguro dará mucho de qué hablar por la manera en la que aborda las relaciones matrimoniales. Por supuesto que me encantaría seguir adaptando y versionando al teatro las grandes historias del cine y la literatura cubanas, porque me complace mantener viva nuestra cultura fuera de la isla y hacer que el público experimente con su cubanidad. También, por la oportunidad de celebrar la suerte de ser parte de una las pocas comunidades de exiliados en el mundo que llena cada noche el teatro en busca de disfrutar y respaldar el arte cubano y sus artistas.





Felicitaciones, un hito dentro de las artes escénicas cubanas, en el sentido de cómo logra re-crear no sólo el cuento de Senel Paz sino, sobre todo, la película de Tomás Gutiérrez Alea, la única película cubana que hasta hoy ha estado entre las finalistas extranjeras a un Oscar. Tremendo reto, vencido con éxito hasta musical. La pasamos de maravilla.