Este artículo-epístola es, tal vez, el último texto que escribiera José Rodríguez Feo. Su destinatario original era una revista extranjera que, según sabemos, nunca llegó a publicarlo. Es pues un honor, para La Gaceta, ser el receptor definitivo de este importante y final trabajo de Pepe.
Mi querido y curioso amigo:
Tu última carta donde me pides, con esa avidez de conocimiento tan digna de elogio, una evocación de la década del cincuenta me pone realmente en un gran aprieto, pues las brumas del olvido —están al transcurrir cuarenta y dos años desde su inicio— casi me impiden llevar a la página recuerdos tan lejanos. Como me confesaste en una ocasión que nunca te atrajo el estudio de la vergonzante historia de nuestra república neocolonial, me sorprende un tanto ahora tu súbita curiosidad por ese período de nuestro pasado. No me interesa —ni a ti tampoco, me inclino a pensar— esbozar una relación de los acontecimientos políticos y sociales de esos años, labor que estimo cumple diligentemente Hugh Thomas en su libro Cuba: la lucha por la libertad, 1762-1970. Además, como me has manifestado en tu carta anterior que prefieres que te cuente cómo viví durante esos tiempos y conoces bien mi dedicación a la literatura desde que fundé con José Lezama Lima la revista Orígenes en la primavera de 1944, tras graduarme de la Universidad de Harvard el año anterior, sospecho que te agradaría más bien que te diera a conocer de la manera más amena mi modesta participación en la vida cultural del país.
Una de las grandes paradojas de nuestra historia lo constituye el sostenido desarrollo durante la década del cincuenta del arte y la literatura, que habían visto un temprano florecimiento en los años del cuarenta. La crisis de nuestras instituciones cívicas, la corrupción política y administrativa, la indiferencia de la mayoría del pueblo por la cultura y el escaso apoyo oficial a ésta no impidieron que escritores y artistas continuaran su labor creadora. Antes de 1959, apenas existían editoriales y los escritores se veían obligados a sufragar la impresión de sus libros, aunque algunos tuvieron la suerte de que se les editaran en el extranjero adonde emigraron por la falta de estímulo material en su propia patria. Así toda la obra de Alejo Carpentier apareció en México y Buenos Aires, Cuentos fríos y La carne de Rene de Virgilio Piñera, en Buenos Aires, y Cambiar la vida de José A. Baragaño, en París. Pero entre 1950 y 1959 se publicaron algunas de las obras más significativas de este siglo, lo cual echa por tierra la afirmación tan generalizada de que antes de 1959 nuestra producción literaria y artística era ínfima.
Como mi memoria no es digna de confianza, me voy a servir de los diarios que redacté en esa década para que sepas de mi participación en nuestra vida intelectual y de algunos de los sucesos culturales más destacados.
1950. Sigue su marcha gloriosa Orígenes para cuya próxima entrega Jorge Guillén me envió su poema Noche del caballero», que ha recibido el elogio de Lezama. Cosa rara en él, pues no suele derrochar ditirambos al enjuiciar otra poesía que no sea la suya. Comenzaron las trasmisiones de televisión: nos sentimos muy orgullosos pues Cuba es el tercer país de las Américas donde se da este milagro tecnológico. Compré en la librería La Victoria Elegía como un himno, el primer libro de un poeta desconocido para mí: Roberto Fernández Retamar. Recibo Asonante final, del poeta Eugenio Florit, a quien tuve el placer de conocer en 1945 en Nueva York, donde ejerce de profesor en la Universidad de Columbia. Es un cubano muy culto y polifacético: además de escribir una poesía muy fina y pulimentada, ha trabajado como actor en el radio y en grupos teatrales. Fui con Mariano (Rodríguez) a la exposición de Raúl Martínez que me pareció bastante influenciado por Rouault. Lezama me recomienda Africanía de la música folklórica en Cuba y Wifredo Lam y su obra vista a través de significados críticos que acaban de publicarse. Dice que Ortiz es uno de los pocos sabios que tenemos en América. Virgilio Piñera me presentó en casa de un amigo suyo a Andrés Castro, que recién abrió una sala teatral con el nombre nada original de Las Máscaras. Durante la conversación anunció con un gesto despectivo que revela su desprecio por el teatro naturalista de Paco Alfonso, que su Cañaveral había sido galardonado en el Concurso del Ministerio de Educación. También nos dijo que pronto se estrenaría su Jesús. Lezama y yo recorrimos las librerías para poner a la venta el número 26 de Orígenes con mi traducción del ensayo de Henry James sobre Balzac y un texto muy bello de Luis Cernuda sobre Vicente Aleixandre que me había prometido enviar cuando lo visité en Mount Holyoke College en 1948. Sale La sangre hambrienta, de Enrique Labrador Ruiz.
1951. Voy con Mariano a ver los dibujos de Servando (Cabrera Moreno) en la galería de la recién fundada Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, patrocinada por el Partido Socialista Popular (Comunista), y que tiene una revista con el mismo nombre que dirige el compositor Harold Gramatges. Lezama me telefoneó muy contento con la noticia de que Emilio Ballagas obtuvo el Premio Nacional de Poesía con Cielo en rehenes. Es, sin duda, un magnífico poeta, aunque a veces me abruma un poco su impulso religioso que me parece mucho más logrado en su admirado Manley Hopkins. Por fin nuestro gobierno le ha dado carácter oficial a la Academia Cubana de la Lengua y Lezama y yo fuimos a felicitar a José María Chacón y Calvo por su nombramiento como director. En abril salió Piñera para Buenos Aires para incorporarse al Consulado cubano, pues aquí no encontraba un trabajo decoroso. Lezama me prestó Jardín, la novela de Dulce María Loynaz, que se acaba de editar en España. Como no se mostró muy entusiasmado con su lectura e incluso me confesó que el lirismo de la Loynaz se le antojaba un tanto demodé, la he dejado para otro día, pues estoy releyendo a Proust, de quien soy un devoto desde que seguí el curso de Harry Levin sobre Proust, Mann y Joyce en Harvard hace diez años. Todos son encomios para Las miradas perdidas de Fina (García Marruz) que poéticamente considero ha superado su Transfiguración de Jesús en el Monte de 1947. Paco Alfonso vuelve a triunfar: ahora con el Premio Prometeo para su Yerba hedionda, que si es como su título, Dios nos libre. Muere Don Pedro Salinas, mi gran amigo y asiduo colaborador de la revista. Al recordarlo, Lezama le dedica estas hermosas palabras en el número 29 de Orígenes: “Su misma poesía, sombra inasible que pasa por un espejo entintándolo, marcándolo de fechas, hojas y aire redamado, le había preparado esa presencia suspirada, rozada apenas, de la muerte. Ahora estará glosando las nuevas finezas que irá descubriendo, ahora tropezará con su propia poesía para añadirle nuevas ¿numeraciones y objetos de intrínseca, leve corporeidad”. En ese número también aparecen mi ensayo “Un excéntrico: Francisco Delicado”, “El instante”,de André Masson, “Variaciones sobre un tema mexicano” de Cernuda, y las primeras colaboraciones de Fernández Retamar. En diciembre invito a Luis Cernuda a pasarse unos días entre nosotros a su regreso de México a los Estados Unidos. La Habana realmente lo deslumbró y dijo que le recordaba mucho a Cádiz. Cuando recorríamos las calles de la Habana Vieja, tenía la sensación de encontrarse en Andalucía por la forma de hablar y caminar de los cubanos. Se lo presenté a Lezama y otros poetas amigos. Durante su estancia aquí parecía otra persona: más locuaz y alegre que cuando lo conocí en Mount Holyoke. Antes de partir, me confesó que nunca había extrañado tanto a España como en Cuba. Se publicó La semilla estéril del poeta José Zacarías Tallet, y se estrena La hija de Nacho de Rolando Ferrer en Las Máscaras, grupo teatral en el cual fue actor y asistente de dirección.
1952. Lezama me da a leer la carta de Cernuda donde alude a sus días en Cuba: “Mount Holyoke College, South Hadley, Mass. Febrero 8, 1952. Querido Lezama: Aquí me tiene ya. No digo que parece mentira, porque ya quisiera yo que fuera mentira, y que me encontrase de pronto otra vez ahí. Para consolarme me digo que sólo son cuatro meses, pero sé que los cuatro meses pueden llenarse con lugares, con amigos, con entusiasmos por esto o por aquello, y aquí nada de eso hay, ni nada ocurre que valga la pena. Pero yo sólo quería escribir éstas líneas para enviarle un saludo, con mi agradecimiento por su amistad y por su compañía durante mis días de Cuba. Acaso no le dije cuánto me ha gustado conocerle, la simpatía que enseguida le tuve, y cómo ese conocimiento, unido a la admiración que ya tenía a su poesía, han despertado en mí amistad verdadera. No sé si mis días cubanos van a tener ecos en verso, o en prosa. Es probable que sí. Pero en todo caso, tienen ecos en mí, y eso es lo más que puedo hoy decir de una tierra o de una persona. Ya recordará por nuestras charlas cuán escéptico me he vuelto y cuán poco espero, si es que esperaba algo, de este menester de literatura. Lo importante es esta entrañable presencia, que es parte de nuestra vida, de una tierra o de una persona; y Cuba es ya para mí eso, juntamente con otras pocas tierras, que he conocido y son parte de mi existencia, no recuerdos (cómo los detesto ahora), sino realidad fiel. Escríbame alguna vez, si tiene ganas y tiempo. No me atrevo a decirle que tal vez nos veamos en junio, porque la cuestión del curso de verano me parece, a pesar de mi deseo, o precisamente por él, más que vaga e improbable. Un abrazo de Luis Cernuda.” Saldrán unos poemas de Fayad Jamís —que estudia pintura en la Academia de San Alejandro— que Agustín (Pi) le trajo a Lezama en el número 30 de Orígenes en la buena compañía de “Las relaciones entre la poesía y la pintura” de Wallace Stevens y “Nietzsche y el nihilismo” de Camus, que he traducido con la autorización muy gentil de sus autores, y en el número 31 más poemas de Jamís —porque Lezama insiste que es buen poeta y debemos darlo a conocer— con “Semejante a la noche”, cuento que me envió Carpentier desde Caracas, más colaboraciones de Jorge Guillén, María Zambrano y el tercer capítulo de Paradiso de Lezama. Este número quedará como uno de los más brillantes de la revista; ahora Cintio nos entrega su espléndida traducción de “Un golpe de dados jamás abolirá el azar”, de Mallarmé. Piñera me regala su originalísima novela La carne de René que acaba de publicar en Buenos Aires Ediciones Siglo Veinte. Patrias, 1949-1951 de Fernández Retamar gana el Premio Nacional de Poesía. Cintio le regaló a Lezama su antología Cincuenta años de poesía cubana, 1902-1952.
1953. Lezama me dio a leer tres poemas de Ballagas —que forman parte de su Décimas para el jubileo martiano en el centenario del Apóstol José Marti, que recibió el Premio del Centenario— para el número que la revista dedicará a esa conmemoración y que brillará con las firmas prestigiosas de Gabriela Mistral, Alfonso Reyes, Luis Cernuda y Jorge Guillén. Salgo para Europa en el barco S.S. Constitution. Estando de visita en casa de Aleixandre, recibo Analecta del reloj, que Lezama en carta adjunta precisa se terminó de imprimir el 25 de junio. A mi regreso el 20 de noviembre fui enseguida a saludar a Lezama, quien me entregó el número 34 de la revista, que había preparado y dado a la imprenta mientras yo estaba de viaje. Cuando regresé a casa y lo leí, me quedé estupefacto al ver la “Crítica paralela” de Juan Ramón Jiménez, donde ataca con virulencia increíble a Vicente Aleixandre, Luis Cernuda y Jorge Guillén, amigos míos y leales colaboradores de la revista durante muchos años. No podía concebir cómo Lezama había publicado semejante libelo sin consultarme previamente como siempre hacía cuando llegaba alguna colaboración que podía ponernos en un compromiso. Fui inmediatamente a pedirle una explicación porque estaba seguro de que él tenía que darse cuenta de la pésima repercusión que el texto de Juan Ramón Jiménez tendría dentro y fuera de Cuba. Me respondió que lo había hecho por no poder rechazar la colaboración de “un príncipe de la poesía”, fuese cual fuese su contenido. Le dije que comprendía el dilema en que se había encontrado, pero sólo quería que insertásemos una nota en el próximo número aclarando que el escrito de Juan Ramón se había publicado sin mi conocimiento y aprobación por encontrarme fuera de Cuba. Nunca pensé que fuese una enormidad semejante pedido y le aseguré que esa nota no afectaría su amistad con Juan Ramón y que salvaría mi reputación ante mis amigos. Pero Lezama se negó rotundamente a complacerme y entonces le dije que no me quedaba otra alternativa que hacer el próximo número sin su participación e insertando la nota. (Confieso que pensé que esto lo amedrentaría, pero ¡cuán equivocado estaba! Comprendí entonces, no sin cierta admiración, que su lealtad hacia el poeta español pesaba más en su ánimo que todas las revistas del mundo.) Me contestó que, si era cierto que yo pagaba la revista, sin su presencia no hubiera durado un año. Al ver que era imposible convencerlo, me retiré y no he vuelto a hablarle más.
1954. Expone el grupo Los Once, en su mayoría pintores abstractos. Vi a Fayad almorzando en un restaurante de chinos en la Plaza del Vapor y me dijo muy eufórico que había vendido un óleo en veinte pesos y por eso disfrutaba de aquel festín. Lo invité a cenar para celebrar la aparición de Los párpados y el polvo en Ediciones Orígenes, pero me dijo que se marchaba a Francia por estar asqueado del ambiente del país. Carpentier me envía Los pasos perdidos que salió en México. Se exhibe una de las mejores películas cubanas, Casta de roble, del director Manuel Alonso, y también La rosa blanca, subvencionada por el gobierno y dirigida por Emilio (Indio) Fernández y que provocó un escándalo por presentar una imagen distorsionada de Martí. Batista crea el Instituto Nacional de Cultura y nombra a Guillermo de Zéndegui como director. Se publica Refranes de viejos negros y El monte de Lydia Cabrera, que estudia las religiones, la magia, las supersticiones y el folklore de los negros y del pueblo de Cuba. Voy al teatro al estreno de Lila, la mariposa, de Rolando Ferrer, quien maneja acertadamente nuestra habla popular y pinta las costumbres de provincia sin perder el aliento poético.
1955. Fundo la revista Ciclón a principios de año para dar a conocer a jóvenes escritores que nunca tuviera la oportunidad de publicar en Orígenes, como Severo Sarduy, Antón Arrufat, César López, José Triana, Luis Suardíaz, Calvert Casey, Rolando Escardó, Luis Marré y otros. Sale Piñera en febrero para Buenos Aires donde será corresponsal de la revista, con el encargo de obtener colaboraciones de los mejores escritores argentinos. Recibo una carta del 16 de marzo de Piñera donde me cuenta cómo consiguió el poema “Infierno; I, 32”, de Borges: “Ha sido, como se dice, una pica en Flandes conseguir esta colaboración”. Piensa que no quiere soltar nada a nadie. Entre otros motivos porque tiene poquísimo o nada para publicar. Los cuatro meses de lucha con la vista le han impedido escribir. Él ha estado muy amable con nosotros. Me invitó a tomar el té, y después de las generalidades de rigor le pedí algo para Ciclón. Enseguida me dijo que no podía negarme nada y que tenía mucho gusto de colaborar en tu revista. Me hizo la advertencia que sólo podría darme el único texto inédito que tenía por el momento, que era bien corto y que si preferíamos algo más extenso tendríamos que esperar a que él se recuperase enteramente… Me aclaró que este poema, junto con uno dedicado a Cervantes es lo único que había escrito, y que el de Cervantes lo había dado a Sur para el próximo número. Lo cual quiere decir que Ciclón está a la altura de Sur… Le pagué veinte dólares, o sea que le entregué quinientos pesos argentinos. Quedó muy agradecido y le pareció una enormidad esa cantidad.” Y el 23 de noviembre me escribe: “Ya tenemos a Borges asegurado. Hablé con él en la Biblioteca Nacional. Le pedí algo sobre Ortega para Ciclón y enseguida me dijo que estaba encantado con la idea pues él quería escribir algo sobre Ortega. Entonces me dijo que si Ciclón no pondría reparos a que fuera un trabajo un poco en contra de Ortega. Yo le dije que Ciclón y tú estarían encantados con tal impacto. Entonces me dijo que él sentía por Ortega gran respeto pero que era un escritor que no era santo de su devoción y me citó una frase de Hume que decía de alguien: por ese siento una imperfecta simpatía.” Piñera comienza sus envíos de textos de importantes escritores extranjeros, traducidos en Buenos Aires: R. Queneau, J. Tirma, J. Cassou y argentinos como Vicente Barbieri y Sábato. Yo doy a conocer poemas de Edith Sitwell y Georgios Sepheriades. Aparece El amor original, de José A. Baragaño y los cuentos de Félix Pita Rodríguez: Tobías.
1956. Me entero que por falta de fondos Lezama dejará de publicar Orígenes. Batista le retira la subvención al ballet de Alicia Alonso. En la escena teatral La soprano calva de lonesco y Donde está la luz del cubano Ramón Ferreira. Se publica en Buenos Aires El acoso de Carpentier y aquí Canto llano de Vitier. Recibo carta de enero 9 de Piñera sobre el texto de Borges sobre Ortega que aún no le ha entregado: “Cuando se opera con personas como Borges y la madre, a las que hay que tratar con pinzas, es imposible saber a qué atenerse, y lo que es peor: no se les puede preguntar cuándo, cómo, dónde harán una cosa. Por intermedio de Graziella he sabido esto último, que creo haberte dicho en una carta que te habrá llegado ya: George empezará a escribir el ensayo sobre Ortega mañana; no lo había hecho antes pues estaba escribiendo un poema. (Graziella pregunta: Pero señora, ¿no cree usted que Borges querrá escribir sobre Ortega habiéndolo hecho ya para Sur? Respuesta de la señora: ¡Eso no es cierto, querida; George no ha escrito nada para Sur, su compromiso es para Ciclón y él tiene mucho gusto en hacerlo. Pausa. Además, no se trata de si le gusta o no le gusta. Para él es una obligación sagrada pues ha empeñado su palabra a Virgilio Piñera. Graziella: Señora, pero me consta que Rodríguez Feo está demorando el número de Ciclón. Señora: Que no se apure, en estos días tendrá el ensayo…) Lo mismo pasa con Sábato —quiero decir en lo que respecta a la entrega. No en cuanto a la forma, pues Sábato es un tipo macanudo y te dice las cosas por lo claro y con él no hay que observar el ceremonial.” Me escriben de España que Pepe Triana trabaja como actor en el grupo teatral Dido. Sale el poemario Faz (1954-1955) de Samuel Feijóo, cuya obra desconocía. Piñera manda colaboraciones de Jarry, Pierre Bettencourt, Marcel Bisiaux, Maurice Blanchot, M. de Chazal, y de los argentinos Cortázar (“Historia de cronopios y de famas”) y del polaco Gombrowicz “El banquete”, un cuento muy original.
1957. Han aparecido dos libros importantes: La expresión americana, de Lezama y Anagó: diccionario lucumí de Lydia Cabrera. El estreno de Ferreira de su Un color para este miedo no ha tenido la resonancia de los de Piñera y Antón Arrufat con Falsa alarma y El caso se investiga, respectivamente. Por fin Pepe Bianco nos manda su “Trelles” para la revista y Ambrosio Fornet su cuento “Mi amigo Osia” que publicaremos próximamente.
1958. “Primer número de la revista Islas, bajo la dirección del investigador incansable de nuestro folklore y poeta Samuel Feijóo. Leo El cuentero de Onelio Jorge Cardoso que por fin se publica para confirmar que es uno de nuestros mejores cuentistas. Aparecen la obra fundamental de Vitier Lo cubano en la poesía, de Enrique Labrador Ruiz El gallo ante el espejo, de gran originalidad estilística, y de Lezama Tratados en La Habana. Vicente Revuelta funda Teatro Estudio. En la sala Atelier de Adolfo de Luis, éste dirige La boda, la obra más atrevida de Piñera. Pepe Triana publica en Madrid su poemario De la madera del sueño. En Nueva York, en la Sala del 26 de Julio, se escenifica el poema dramático Las armas son de hierro de Pablo Armando Fernández.
1959. Gran actividad cultural sigue al triunfo de la Revolución: se funda el Teatro Nacional, el Instituto Cubano de Cine e Industria Cinematográfica y la Casa de las Américas. Se publica en Lunes con gran éxito la obra más realista de Piñera: Aire frío. Primer número del periódico Revolución, órgano del 26 de Julio, bajo la dirección de Carlos Franqui, con su suplemento literario Lunes de Revolución, con Guillermo Cabrera Infante como director. En Lunes colaboran todos los escritores que se dieron a conocer por primera vez en Ciclón. Estrenos teatrales de La taza de café de Rolando Ferrer, una de las primeras obras revolucionarias en recorrer el país durante la ofensiva cultural del Gobierno; refleja la lucha de clases y la dependencia de nuestra burguesía del imperialismo yanqui; El hombre inmaculado de Ferreira y Punto de partida de Fermín Borges. Aparece Historia de una pelea cubana contra los demonios de Ortiz. Y para que no lo acusen de provincianismo Vicente Revuelta se aparece con una puesta en escena maravillosa de El alma buena de Se-Chuan de Bertold Brecht. Regresan a Cuba Pablo Armando Fernández, Fayad Jamís, Jaime Sarusky, Ambrosio Fornet, José Triana, Orlando Yáñez y Alejo, Carpentier, entre otros escritores y artistas que se habían exiliado durante la tiranía de Batista.
Espero con este apretado resumen satisfacer tu curiosidad en cuanto al desarrollo de la vida cultural de la década del cincuenta. Me he limitado a los sucesos más descollantes y que son los que recogía en mis diarios. Y, por supuesto, he omitido todo lo que anoté en ellos durante mis viajes a Estados Unidos, América del Sur, Europa y África. Si deseas más información sobre lo que extraje de mis diarios, házmelo saber y pronto recibirás otra carta de La Habana.
Tu amigo de siempre,
José Rodríguez Feo

