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‘En el jardín de mi amigo foráneo’ (fragmento)

Cuando la memoria de estar solo y expuesto sucede en un jardín. Pero él apenas lo recuerda.

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[ya no tan niños leyendo nubes]

Despacio. Borrándome, sin que nadie lo note… En otro tiempo se moría diferente.

¿Cómo lo sabes?

Mira como mueren las nubes…

Se deshacían en la gasa del aire. Cristalizaban despacio, sin susto.

Gastar las tardes sobre el montículo, tirados a leer nubes. Empapados de sudor, en el delirio de adivinar arriba su lenguaje encriptado. Teníamos visiones. Idos, lográbamos que la luz se desmenuzara en pequeños terrones de vidrio. El reto era ribetear el imprevisto de cada nube, nombrar su delicadeza, la brisa de su breve mensaje.

Las nubes mueren por querer tocarnos…

Aún se podían ver los volcanes. Solían sahumar el cielo en azufre, a media máquina. Esmerilaban con ceniza cada nimbo, avivando el metal del ocaso. En verano, sus hilos de gasa alargaban el día, mientras, tirados ahí, masticábamos espigas amargas. Los conos levemente nevados centelleaban en el carbúnculo de su sopor.

Ciegan. Con el tiempo ese fulgor opaco de su azufre ciega.

Su resplandor difuso nos entrena a mentir.

Creíamos ser argonautas, enterrábamos en esas nubes los mástiles, como si sus orillas rotas fuesen la caleta de nuevas islas.

No habrá manera de regresar guiándose por estos jirones de nubes.

Uno crea patrones inútiles en cada señal ordinaria, hasta engañarse.

¿Y adonde te irías?

[manda del bastardo de Or Tugal]

Cuando la memoria de estar solo y expuesto sucede en un jardín. Pero él apenas lo recuerda. El talismán de su cuerpo, aún niño, electrizado entre las ramas. Se escurre desde las palabras mansas de sus padres. A veces duda, cree que algo vivió, y que había perdurado: un sofoco, la nata verde flotar, en su mente, en su vida.

Sin querer, a veces tropieza en el vértigo de lo borrado. Se ve pisar descalzo el brocado azafrán de las flores de los flamboyanes, teñirse de fuego los pies. Se ve petrificado por el miedo a las espinas bífidas de las cactáceas, embalsamado en el hedor fétido de sus flores moteadas. Cree recordar el remolino enloquecido de los pájaros cuando moría el día desde el refugio de los tamarindos. Aún teme a esas sombras líquidas, a causa de la densidad de aquellos manatíes, quizá ya muertos, o arrinconados sin sueño en la oquedad del estanque.

Un jardín. Era lo más relevante de aquella ciudad litoral de provincia donde el bastardo del rey de Or Tugal había sido confinado a fuerzas. Medio siglo de vida le tomó aquella obra al joven rey sin corona. Más de un millar de encargos a parajes sin mapas hasta reunir en ese pequeño confín toda la intemperie del mundo. Por años el joven bastardo dedicó su día a sumergirse sin camisa entre las plantas. Como un ciego, al oler, musitaba nombres en lenguas ajenas. Todo fue diseñado: las lianas abrillantadas por el salitre, las constelaciones de helechos de un gris perlado, las bromelias súbitamente desparramadas en cálices de filo oblongo. La vida del bastardo fue el acto de ese jardín. Su cuerpo, nunca apareado, no tuvo mejor máscara que ese desbordamiento. Cuando ya entrado en años no pudo caminar, y tampoco dormir, decidió que en la tarde se abriesen a la plebe las rejas doradas del lado sur. Aquel jardín ejemplar fue por casi un siglo el mayor acontecimiento. La gente de pueblo tenía permitido pasearse, incluso quedarse hasta el oscurecer, bajo el aroma asfixiante de pulpas y florescencias nunca antes vistas.

Allí, en la capitanía segunda del archipiélago donde honorariamente regía el bastardo, nacieron sus padres. Y también allí nacido, su cuerpo niño creció expuesto a ese tremor, al desmayo súbito de ese paisaje asfixiante. Ahí aprendió a leer las marcas visibles, también en el cuerpo de esos extraños que pasaban el día entero deambulando en el jardín. Toda la ciudad imantada por tanta exuberancia, y en los últimos años ya fuera de control, después de muerto el rey bastardo. Confiscada la finca y ya públicas sus alamedas, abandonado todo al capricho o a la derrota de aquel clima, el país fue otro. La avalancha de palmeras, con las pencas sin podar, ya había derribado las bardas. Las teselas tornasol apenas centelleaban quebradas en el reborde del estanque seco. Los platanales de un azul casi negro y los trillos zigzagueantes entre las varas de heliconias marchitas, atestiguaban un tráfico apenas visible. Y en los hierbazales altos, trazas de fugas breves, podías distinguir cientos de túneles y de nichos hendidos en la maleza, donde los adultos ahogaban sus espasmos; siempre lejos de los andadores. Sus padres hablaban de tanto descuido como una señal enfática de lo terrible que sucedió poco después.

Pasó de pronto, un día. Ni banda de música en el quiosco, ni alumbrado de mercurio, ni begonias azules, ni guardias de honor. Las rejas ya para siempre abiertas, descalabradas, a la noche. Y el público, demasiado ansioso para disfrutar de un jardín. No obstante, siempre fue posible oler en aquellas sombras el torbellino de distancias por otros vividas. Había allí una dimensión oculta, un pronóstico de otros tiempos, de otras lenguas y de otros mapas. Quizá fue ese jardín lo que enloqueció a todos. Inspiró delirios en caudillos locales y recuperó el deseo de viajar, y luego de emigrar en masa.

El príncipe bastardo murió de edad avanzada previo a la Pequeña Guerra, se hizo enterrar ahí donde el encaje platinado de los almácigos crece y decrece en silencio sobre los narcisos, y en su lápida de cuarzo aún se podía leer: “cuando me haya ido, recogeré estas flores”.

[del otro lado del mundo]

Cada nube entre nosotros es la letra de un presagio… Vívida aún la imagen de la abuela, la vio escrutar el cielo esa mañana, parpadear, pasarse el dorso por los labios, protégenos de este signo, Señor. Y gritarles que entraran.

Al otro día ya no se sabía cómo vivir. Nadie entiende mucho cómo sucedió todo así de rápido, convertirte en noticia, sin alerta previa. Cómo en una noche los sublevados arrasaron con fósforo blanco los puentes. La desbandada, el viaje a rastras cruzando la frontera, cuánto pagaron, lo que pudieron o no salvar… Antes quién iba a saber dónde quedaba Punta Arrecife. Y de pronto estaban aquí, por miles: gente altiva, venida en desgracia por aquel conflicto súbito, muchos, al parecer, con estudios, fugados de ese pedazo de costa, al sureste. Para nosotros su “país” era apenas un garfio minúsculo en los mapas, con un golfo abajo; aunque en realidad eran cientos de islas, con playas anchas, colinas verdes y monolitos de basalto. A veces mencionado en los libros como un puerto de salida y de entrada, para que nuestros abuelos alcanzaran fácilmente las planicies del Sur en sus expediciones de caza.

Huyó quien pudo, casi con nada. Y aunque considerados pobres todos al ingresar, también había mucha gente pudiente llegada con una maleta. Así sus padres, portaban el rigor en los gestos, en las palabras y en sus silencios, como quien rige una alta posición. Lucían una jerarquía incomprensible aquí, con un ascendente heredado de algún tipo de señal mística, de misión trascendente o de disciplina arcana. A esos los aceptaron sólo al principio, por curiosidad o por condescendencia. Pronto su asombro irónico al responder, su acento despreocupado, su capricho extranjero, nos resultó amenazador. Parecían haber llegado del otro lado del mundo por derecho divino, a fundar en esta tierra que no era suya, un nicho al interior de nuestro orden, un enclave propio; con la misma obsesión extravagante de aquel príncipe bastardo. Como si tan fácil pudieran regenerar. Como si plantar sus semillas ahí en nuestra cara fuese una manda; y luego todo el país tuviera que soportar callado –como una prueba límite– esa manera suya tan promiscua de polinizar.

NOVELA OSVALDO | Rialta

* Estos fragmentos pertenecen a la novela En el jardín de mi amigo foráneo, publicada en una edición artesanal de 100 ejemplares encargado por el autor.

OSVALDO SÁNCHEZ CRESPO
OSVALDO SÁNCHEZ CRESPO
Osvaldo Sánchez Crespo (La Habana, 1958-Mérida, Yucatán, 2025). Fue curador y crítico de arte, guionista, poeta. Su cuaderno Matar al último venado (1982) obtuvo en Cuba el Premio David. Reside en México desde 1990, donde ha sido director del Museo de Arte Carrillo Gil (1997-2000), del Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México (2007-2012) y del Museo de Arte Contemporáneo Rufino Tamayo. Fue director artístico y curador de inSite/ Prácticas artísticas en el dominio público en Tijuana-San Diego (2001-2006). En 2012 curó la muestra Destellos, una revisión en el X Aniversario de la Colección Jumex; y en 2013 la muestra Confetti Make-up en el marco del Festival de la Diversidad sexual en el Museo del Chopo, Ciudad de México. Ha dirigido además proyectos socioculturales como el inSite Casa Gallina (Ciudad de México).

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