En la muerte de Osvaldo Sánchez Crespo (1958-2025)
I
Esta es una foto del día que nos conocimos. En el Covadonga, en la Ciudad de México. Detrás hay unos cuadros típicos de esa ciudad en la que no nos conocimos y en la que ya nunca vamos a coincidir: un almendrón, una calle de Centro Habana restaurada para la representación, el logo de ron emblemático. Antes, yo había viajado con un amigo desde Querétaro. En un lugar cerca de ahí, había una ceremonia, circulabas, te reconocí de las redes entre la gente y recité unos versos tuyos que me sabía, como bien recuerdas en tu diario. No fue nada buscado, nada construido, fue algo que se dio con la misma naturalidad con que luego se daría el resto de nuestra amistad, de nuestros pocos años de amistad. Vi la luz en tus ojos, hicimos clic al instante. La foto es seria, mal enfocada, luz que rebota de la cámara barata del teléfono, se la mandamos a una amiga en común, un poco que disimulamos la fascinación mutua de habernos encontrado. Creíste que yo era un enviado de tu pasado, pero yo estaba ahí en ese presente. Pensaste luego, y dejaste escrito, que nada te justificaría más que la aprobación de ese enviado, pero para mí también se trató en nuestra amistad de buscar tu aprobación. Yo no venía de ese pasado sino de un más acá que había transcurrido sin ti, al que habías tenido que renunciar para convertirte en otro. Ese fue nuestro gran malentendido. He repetido en estos días que conocerte fue una experiencia transformadora, he repetido en estos días que nuestra amistad se trataba de enmendar la cancelación de los afectos, de componer un tanto el desaguisado que es el exilio. Pero ahí estaba tu herida y ahí estaba la mía, más reciente, pero también escuchando la conversación, y aun así fue una gran suerte que nos encontráramos. Tú hubieras querido entregar la obra que prometiste, porque en tu generación todo se trató de las grandes promesas, y para tu generación entregar una obra no se trataba como para nosotros de esta manera oblicua de entregar una obra. Ustedes eran, como te gustaba recordar, la niña recién bañada que la Revolución ponía a tocar el piano cuando llegaba la visita, y siempre les quedó la sensación del talco en la piel como un fantasma. Y esa imagen de la niña recién bañada la usabas para hablar de tu generación, pero sabiendo, aunque lo disimularas, que te contenía. Fue tu gran ironía, tu herida se trató de no cumplir tu destino de escritor, aunque tu vida toda se trató de no desviarse de ese destino. Por eso, esa oposición romántica entre escribir y vivir que usabas para justificar la no realización de ese destino nunca terminaba de encajar en las otras cosas que eras tú. Y esto es solo una parte, porque habría que hablar de esa energía tan particular en que ponías a orbitar a todos con lo que compartías, habría que hablar de cómo contagiabas a los demás de tu apego por el deseo. Alegría del deseo y de la belleza. No se necesita rebuscar más para describir lo que sentíamos cerca de ti. Los que estuvieron ahí lo saben. Y esto solo encaja en una parte de ti, el hecho de que alguien que había logrado todas las realizaciones en el país al que emigró, que había sido merecedor de todos los laureles, que había cambiado en cierto nivel la faz cultural del país al que emigró, necesitara la aprobación de un enviado llegado de ese país de origen que ya empezaba a dejar de existir para los dos, y que solo para los dos de esa manera que ya no existe sobrevivió en nuestra relación. Una manera de vivir en un lugar que ya no existe. Te agradezco por ser mi mayor en esta tu generación donde a todos les cuesta tanto encarnar el papel de mayores. Ella dijo “fue un privilegio”, luego de cerrarte los ojos, qué otra cosa podríamos agregar quienes te conocimos después.
Ayer soñé con que me decías de nuevo que te estabas muriendo y yo te respondía: “recuerda lo que salió mal la otra vez, esta vez tiene que salir mejor, no podemos idealizar, hay que buscar bien la pastilla negra, tener listos todos los parches”. Aprender a hacerlo mejor, aunque haya que volver a revivir para ello todo ese dolor. Estar presente en las cosas que uno es y uno hace. Eso es algo que he aprendido de ti.
Esto escribiste en tu diario:
Julio 9, 2018, Ciudad de México
Hace unas semanas los conocí. Uno de ellos (I. H.) aún exhibía como sello el mismo derroche cultivado de mi juventud. Le vi brillar al acercarse, y no temió recitar varios versos escritos por aquel quien fui. Me afectó su intensidad, su esmero por ser único, su fervor por lo oculto, el atisbo de su curiosidad por mí. Nada me recompensaría más que la aprobación de este enviado.
II
Busca que mis cenizas no se mezclen con cenizas de perrito. Tú, que sabías que en este país todos los foráneos terminan agonizando en una zanja, y que les echan encima un perro negro agonizante. Tú, que escribiste una novela donde eres a la vez el amigo foráneo que llega y el local fascinado que lo recibe. En el jardín de mi amigo foráneo. Una novela donde están tus dos partes en el jardín de los que van a morir. ¿Le gusta este jardín, que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan! Pero por qué tú, que sabías que todos los foráneos terminan en este país agonizando en una zanja, escribiste una novela donde el tú foráneo y el tú local se reencuentran después de muchos años para terminar agonizando juntos en un jardín. Ocúpate de encontrar una funeraria que no mezcle mis cenizas con cenizas de perrito. Tras mi muerte, sin funeral, incinerado, mis cenizas se esparcirán en Malinalco, tal vez desde la pirámide y hacia el valle. ¡Qué manera tan inmunda de morir! Tú, qué sabías que, aunque dirigieras todos los museos de este país, que, aunque te hicieras construir una casa como la de Mr. Laruelle, llena de grabados coloniales, de figuras africanas, de obras de arte contemporáneo, de utamaros, de textiles del porfiriato, de cabezas prehispánicas, de fotografías de la gran fotógrafa del país, te verías obligado a escribir la novela foránea que escriben todos los foráneos que no intentan hacerse pasar por otra cosa en este país. Tú, que habías mandado a incinerar a tus dos perros, y que tenías dos frascos con las cenizas de Francisco y de Fulana, y que lamentabas que tu enfermedad, ahora que ya estabas preparado, te impidiera adoptar a un tercer perro, ¿qué preocupación tenías con que tus cenizas no terminasen mezcladas con cenizas de perrito? Tal vez, desde la pirámide y hacia el valle, pero sin mezclarse con cenizas de perrito. Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca. Sabías que, como todos los foráneos en este país que no se hacen pasar por otra cosa, tu destino era el de escribir otra novela de foráneos. Tu bajo el volcán ibas a escribir, tú, que siempre estuviste muy a favor de bebérselo todo como en Bajo el volcán. Una casa donde están apuntillados al aparador de madera, como dos pequeños estandartes, como dos banderas foráneas en miniatura, los dos collares de tus perros muertos. Y en dos frascos de perfume las cenizas de Fulana y Francisco. Tú, que dirigiste todos los museos de este país, que recorriste la sierra de Oaxaca con la gran fotógrafa de este país para escribir sobre la sublimación de la violencia mientras ella documentaba hecatombes. Tú, que vomitaste por el olor de la sangre, que no pudiste comer por días porque el olor de la sangre te daba arqueadas, que te hiciste de un amigo para que te llevara a recorrer en motocicleta el país junto a la gran fotógrafa del país, que hiciste que la gran fotógrafa del país (y todo esto antes de que fuera la gran fotógrafa del país) te retratara con una corona de flores en el santuario de Chalma, sabías que tu destino era el de escribir la novela de un foráneo. Y cuando te dieron la noticia de la enfermedad supiste que el tiempo que te quedaba debía ser empleado en escribir la novela foránea. Una novela llena de tropos porque uno no debe disimular su condición foránea. O porque uno debe disimular por acumulación su condición foránea. Pero no una novela donde uno se hace pasar por lo que no es. Tú, que compraste un terreno en Malinalco, e hiciste que tu pareja, un gringo, también comprara un terreno en Malinalco. Para luego vender el terreno en Malinalco, luego de que el gringo te dejara (o que hicieras que el gringo te dejara), a la gran fotógrafa del país por un cuarto de lo que costaba, y hacer que el gringo que te dejó (o que obligaste a dejarte) le vendiera también sus metros cuadrados de suelo mexicano a la gran fotógrafa de este país por un cuarto de su precio. Porque cómo puede establecerse en este país un foráneo y conservar pareja en este país un foráneo si este es el país en que lo foráneos vienen a perderse. Vienen a pedir mezcal en todas las cantinas del país con su acento foráneo para ser reconocidos como tal. Para ser tratados y embaucados como foráneos que son. ¡Qué manera tan inmunda de morir! Tal vez, desde la pirámide y hacia el valle de Malinalco, que representa tu idea del paisaje, el paisaje que más te emocionó en este país, y que no sabías cómo describir cuando te pregunté, y solo atinaste a hacer un gesto con las manos mientras discutíamos tus últimas voluntades. El gesto de quien sostiene con las manos algo muy valioso, unas piedras de un metal que reluce, y los ojos deslumbrados de quien sostiene en sus manos un metal que irradia, su idea inefable del paisaje. Un paisaje que hubiera podido ser el hogar del foráneo, porque los foráneos saben que en este país no deben hacerse pasar por lo que no son. Consular, el cónsul… Y quizá también representase la idea convencional de un hogar, el hogar del foráneo con su pareja gringa cerca del santuario de Chalma. Tal vez, desde la pirámide y hacia el valle. Porque todos los foráneos deben tener un hogar llamativo frente al paisaje más inefable del país y repleto, como en un gabinete de maravillas, de arte popular de todas las regiones del país. Aunque para ello el foráneo deba buscarse antes un amigo del país que lo lleve en motocicleta por todos los pueblos del país a comprar todo el arte popular de que uno se pueda hacer: las figuras pornográficas de Ocumicho, las máscaras chiapanecas, la silla Tarahumara, las piñas de Tangancícuaro, los platos de Talavera, las fotos de las tehuanas… Una casa llena de arte regional lo mismo que una novela llena de tropos donde el local se encuentra con el foráneo. Incinerado para que mi cuerpo no termine en una barranca y no le echen encima al perro muerto, al perro negro muerto. Mis restos esparcidos por todo el valle de Malinalco, haciéndose paisaje y, en definitiva, uniéndose en uno lo foráneo y lo local, mis dos partes entrelazadas. No al abrigo del volcán, no al abrigo de la Sierra Madre, sino en el valle de Malinalco, al abrigo del pueblo gentrificado que se ha llenado de gringos, y donde cada vez resulta más caro vivir. Mis cenizas ofrendadas al paisaje mexicano, abonando el jardín de mi amigo foráneo, intactas, sin mezclarse con cenizas de perrito.
III
Cuando unas semanas después me preguntan cómo me siento, respondo que me ocupo de la tarea de separar a la persona del cadáver. Por eso nos hemos alejado del lugar donde todo ha sucedido, hemos cerrado la casa hasta nuevo aviso luego de la partida de tu hermana. Por eso he buscado en tus diarios lo que escribiste sobre mí, le digo a los que me preguntan, intentando con convicción justificar mi curiosidad. Lo otro, digo, es intentar dotar de algún sentido a todo lo que ha pasado, que alguien se muera es algo increíblemente intrascendente, apenas un cambio de respiración, y necesitamos llenar de algún significado todo eso que ha pasado, meterlo en una cajita, me escucho decir. Hay amigos que vienen a despedirse, hay amigos que no pueden llegar, y están también los otros amigos que no quieren ver tu deterioro, descartan el cadáver y prefieren recordarte “como eras”. El enfrentamiento con el cadáver es algo que muchos prefieren evitar para no tener que lidiar con esa operación con la que ahora lidio –socialmente nos parece totalmente comprensible la elección de ese camino–, el “como eras” es lo que intento ahora no sin cierta ansiedad recuperar. Pero no es hasta casi un mes después de que tu cadáver ha hecho su breve aparición, mientras caminamos hacia tu casa, que nos damos cuenta de que esa aparición no es algo de lo que podamos tan solo deshacernos: “cuando cierras los ojos, ¿no ves el cadáver?”, me pregunta ella de la nada. Y su pregunta señala una generalidad, no se trata de ahora cuando cierro los ojos, sino de cada vez, de cuando cerramos los ojos en general. Unos días después me viene el recuerdo de mi abuela mostrándome su cajón de fotos, algo que hacía con cierta frecuencia, porque había detectado en mi fascinación una manera de entretener y tranquilizar al niño: pasan las fotos de sus padres a los que nunca conocí, las de sus hermanos que viven lejos, las de la ciudad donde nací un siglo antes del momento en que este recuerdo tiene lugar. Son todas fotografías que recuerdo haber visto y vuelto a ver, pero de las que no queda en mí ninguna huella material, ningún atisbo de imagen que me ayude a reconstruir las facciones de mis antepasados. Solo una fotografía me ha causado una impresión que permanece en forma de imagen: es una estampa de duelo. Mi abuela, sus hermanas y otros más, en procesión, acompañan el féretro de su madre. Es una foto que me sigue intrigando, la foto de un entierro, los rostros del duelo. La foto que más me gusta volver a mirar y sobre la que mi abuela, por toda explicación, repite que se trata de una costumbre agotada, extinta, la de fotografiar a los deudos de un entierro. Entonces lo comprendo, no se trata de hacer a un lado tu cadáver sino de abordarlo (recuerdo un eslogan que alguna vez pensé en tatuarme: embrace zen, y el verbo en inglés se me antoja exacto). Entonces empiezo a pensar en que quizá solamente a través de esa imagen del cadáver y de ese proceso que la ciencia común llama “de deterioro”, a través de los últimos días –de “los días postreros”, me escucho diciendo en tono elevado–, es posible recuperar tu persona. Que el duelo, que tu recuerdo, estarán obligatoriamente atravesados por la imagen final, por tu clausura. Y entonces me pregunto si no hemos estado ignorando todo este tiempo la belleza del cadáver, la belleza de eso que la ciencia común ha terminado llamando proceso de deterioro, la belleza a secas de la agonía. Y no será de nuevo hasta unos días después que me acordaré de la Madonna de Caravaggio que he visto unos diez años antes en una diapositiva, sentado en un aula, escuchando que la modelo de la virgen es una joven prostituta que se ahogó en un río de nombre ilustre y europeo. Revisaré la imagen en el teléfono e intentaré sin suerte recordar sobre la virgen muerta los tonos verdosos o azulados que encuentro ahora, como si del juego de luces de un club nocturno se tratase, sobre su séquito. Pensaré en el poema que empieza “muerte por ahogamiento” y en que tus subordinados han bautizado a uno de tus colores preferidos, no sin un poco de sorna, como “verde Osvaldo”. Pero sobre todo me acordaré del día después del cumpleaños mío que ella y yo pasamos en Guanajuato. El mapa de nuestros teléfonos marcaba 15 minutos caminando desde donde estábamos hasta el depósito de las momias, y decidimos que llegar caminando era una buena manera de ver algo más que sitios turísticos en el trayecto entre dos puntos turísticos. No calculamos el sol del mediodía, la ascensión o la resaca, y empezamos después de cinco minutos de caminata a sudar y a cansarnos, mientras vanes repletos de turistas más sagaces que nosotros nos pasaban por el lado y nos obligaban a tomar la banqueta, en tanto el paisaje popular de pollerías y refaccionarias no nos decía otra cosa sobre la ciudad que ya antes en otros lugares no se nos hubiera dicho. Pero entonces llegamos al depósito de las momias que tenía la forma de una estación y ante el puesto de micheladas en la entrada del depósito de las momias sentimos el tipo de inseguridad que deben sentir los deshidratados en el desierto ante el avistamiento de un oasis. Pienso en las historias que me has repetido de Guanajuato, en tu puesto de joven secretario en Guanajuato. Te pienso aprendiendo a escribir en un computador en Guanajuato, pienso en el perfil japonés del hijo de un amigo de Guanajuato que te atrae, pienso en la mansión descuidada de la pareja que ha perdido un hijo donde te alojas en Guanajuato, pienso en un escorpión que sale de debajo de una almohada. Pienso en lo queda de tu Guanajuato en mí y en lo que queda de nosotros en los demás después de nuestra muerte. Ahora busco en los recuerdos de mi teléfono las fotos de las momias que tomé con el estómago revuelto de la resaca, la caminata y el olor crudo de la carne de las pollerías, y me voy llenando de una leve satisfacción al descubrir en ese aullido lobezno que no logré entender en el momento que tomo las fotos, en esa búsqueda de aire petrificada, que me parece un lamento al cielo, un gesto misterioso de entidad pompeyana; al descubrir en las fauces de las momias, en las fotos de las momias en mi teléfono, tu gesto postrero. Y me alegro pensando en el hecho de que aprobarías la asociación por la que una vida entregada a la belleza deba concluir en una imagen de belleza. Y entonces me doy cuenta de que he llenado de algún material mi cajita, que he logrado combinar persona y cadáver, que ese proceso de desaparición que he contemplado en tus últimas semanas, todos los gestos de cortesía y agradecimiento a quienes te cuidaron, tu última exclamación de placer después de un sorbo de agua, la sonrisa que te obligas a forzar pese a la resistencia de los músculos, las dos mañanas en que nos pides que no te retengamos, que te dejemos ir, los mensajes de despedida que me dictas, la lista de regalos que me haces memorizar, el estremecimiento cuando te pego en la espalda los parches de morfina… En fin, todo el proceso que la ciencia común llama “de deterioro” y nos pide acompañar y facilitar, no ha sido más que otra manera de mostrarnos a tus amigos la belleza, eso que tanto disfrutabas hacer ver, ayudar a descubrir, a los demás. Una belleza que concluye como belleza del cadáver, y que quizá sea imposible de traducir aquí, pero que permanece intacta, para los que estuvimos ahí, en cuanto cerramos los ojos.

