Para nadie es sorpresa que el panorama cultural cubano atraviesa hoy un momento de fragilidad profunda. La precariedad material y el progresivo debilitamiento de la institucionalidad han mermado de forma significativa la capacidad del sistema cultural para acompañar, legitimar y sostener procesos artísticos de manera consistente. Durante años existió una red robusta espacios estatales, de diverso rigor curatorial y crítico, que funcionaba como instancia de validación y articulación de la escena; ese entramado, aun con sus limitaciones, ofrecía cierta continuidad y permitía una conversación entre obras, ideas y públicos. Hoy, la pérdida de capital humano y las restricciones económicas han dejado a muchas de estas instituciones del Estado sin posibilidad real de sostener una programación coherente y de calidad, generando un campo cultural fragmentado donde los vacíos pesan a veces más que las presencias.
En ese contexto, los espacios independientes han comenzado a cobrar cada vez mayor relevancia en el ecosistema cultural. Cemí es uno de estos espacios. Ubicado en Escobar entre Neptuno y Concordia, Centro Habana, y encabezado por un equipo curatorial y organizativo compuesto por Liatna Rodríguez, Abram Bravo y Patricia Pérez, su apertura, lejos de inscribirse en un clima de optimismo (como aquel que en 2015 propició la apertura de otros espacios como Galeria Taller Gorría o El Apartamento) ocurre en un momento especialmente adverso. Sin embargo, la decisión de abrir ahora no es ingenua; Cemí no surge de la nada. Detrás del proyecto hay más de una década de trabajo curatorial independiente, de experiencias en espacios alternativos, colaboraciones con otros proyectos y acompañamientos cercanos a artistas por parte de sus curadores. Esa trayectoria previa se traduce ahora en un sitio que no se define únicamente como galería o sala expositiva, sino como un laboratorio donde la curaduría se entiende como eje critico en torno al cual construir diálogos sostenibles entre las diversas artes y el público.
Cemí no se presenta a sí mismo como sustituto de las instituciones tradicionales, ni intenta colgarse la etiqueta de legitimador (y ciertamente es muy pronto para eso) pero pretende, de manera consciente, asumir responsabilidades que hoy parecen inevitables: generar programación continua, sostener el diálogo crítico, ofrecer acompañamiento a artistas y curadores, y crear condiciones mínimas para la circulación del arte contemporáneo.
Más que un simple espacio expositivo, Cemí apuesta por la confluencia e hibridez de experiencias. Café, libros, música, teatro y artes visuales conviven en un mismo lugar, no como suma de eventos, sino como propuesta de sociabilidad cultural económicamente sostenible. En un país donde las condiciones de vida han convertido al ocio en un privilegio, la posibilidad de habitar un espacio cultural suele estar en la lista baja de necesidades del público; la multidisciplinariedad de los espacios artísticos es entonces absolutamente necesaria para el mantenimiento, futura permanencia y relevancia social de los proyectos.
Esa voluntad de permanencia también se traduce en una forma específica de entender la curaduría. Frente a la lógica de la exposición rápida o del evento efímero (que ciertamente también tendría su lugar en un panorama artístico sano), Cemí propone procesos largos: exposiciones de varios meses que requieren tiempo para la investigación y la mediación museográfica. Incluso (o, sobre todo) en contextos de precariedad, el trabajo conceptual no puede sacrificarse.
La exposición inaugural del espacio, Bad Girl, Bad Boy, Bad Country, funciona en ese sentido como una declaración de principios. Al reunir obras de Antonia Eiriz y Ezequiel Suárez, Cemí no apuesta por la comodidad ni por la neutralidad. Se trata de dos figuras complejas dentro del arte cubano, con trayectorias marcadas por la incomodidad, el conflicto y, en distintos momentos, el desplazamiento institucional. “Queríamos que [la exposición] funcionara como un statement del espacio”, comenta su directora Liatna Rodríguez: “No vamos a trabajar solo con artistas cómodos, sino también con aquellos que generan cautela, no solo política, sino también estética”.
Eiriz y Suárez representan, cada uno a su manera, formas de resistencia artística que no encajan fácilmente en relatos complacientes. Traer sus obras al presente no implica un gesto nostálgico, sino una relectura desde el ahora, desde un país distinto, desde una escena fragmentada y desde un público que necesita volver a encontrarse con preguntas incómodas, pero bien formuladas. La exposición, más que un homenaje, funciona como un gesto crítico, un recordatorio de que ciertas tensiones no sólo siguen vigentes, sino que resuenan más que nunca, aunque los contextos hayan cambiado.
Otro de los ejes que promete el proyecto Cemí es la atención a artistas emergentes, jóvenes curadores y figuras relegadas por los circuitos institucionales. No se trata únicamente de “dar oportunidades”, sino de generar condiciones reales de trabajo, acompañamiento y visibilidad.
En el contexto cubano actual, la apertura de un espacio como Cemí invita inevitablemente a una lectura esperanzada, aunque no exenta de cautela. Se trata de un escenario donde lo estatal se ve desbordado, cuando no incapaz de atender la complejidad, la diversidad y el ritmo de la producción artística contemporánea, y donde resulta vital, por tanto, que desde lo independiente y lo privado emerjan iniciativas dispuestas a asumir aquello que ha quedado al margen, ya sea por desinterés, rechazo o simple imposibilidad material. Que estos espacios proliferen no solo es deseable, sino necesario para la supervivencia misma del ecosistema cultural.
Cemí es todavía un proyecto joven, en construcción, atravesado por la incertidumbre que define hoy cualquier intento de permanencia en Cuba. Sin embargo, es precisamente en esa condición inicial donde reside buena parte de su potencial y de su promesa. Lejos de imaginar un crecimiento acelerado o una expansión espectacular, el proyecto parece apostar por algo más complejo y, a la vez, más urgente: mantenerse, resistir el desgaste, echar raíces y sostener una práctica curatorial rigurosa en medio de las vicisitudes cotidianas.
Conviene entonces observar a Cemí con atención, con mirada crítica, pero también con optimismo. No como solución definitiva ni como modelo acabado, sino como un proceso en curso. Que espacios como este logren sostenerse y multiplicarse será, en buena medida, una de las claves para entender el futuro inmediato de la cultura en La Habana.




¿Por qué lo bautizaron Cemí? ¿Ídolo taíno, personaje de Paradiso-Oppiano Licario, versión de «soy yo» «c’est moi», o todos? Muchos éxitos, lejos del Estado…