Rebelarse o resistir: la disyuntiva que enfrentan hoy los cubanos

El miedo, la represión y el creciente deterioro de las condiciones de vida colocan a los cubanos ante una decisión cada vez más difícil.
11J, Miami, Museo de la Diáspora, exilio
Manifestantes el 11J. (Foto: Facebook/ Marcos Évora)

Los comentarios sobre la actitud que deben asumir los cubanos ante la actual y agobiante situación son un tema recurrente por estos días. Las opiniones están divididas. Unos dicen que debemos aguantar, que no queda más remedio. Otros están por salir a la calle a protestar hasta que caiga el gobierno. Las dos opciones son muy difíciles.

El miedo, para preservar una obediencia absoluta, fue impuesto por el régimen desde 1959 mediante los fusilamientos, las largas penas de cárcel, el destierro y otras formas de intimidación.

El temido Departamento de Seguridad del Estado, creado por el recientemente fallecido Ramiro Valdés, fue copiado de la policía política de la era de Stalin. Fue, durante décadas, la maquinaria perfecta para enfrentar a todo aquel que se opusiera al régimen y resulta aún, junto a la PNR y las Fuerzas Armadas, un efectivo medio para intimidar al pueblo.

Desde los primeros tiempos, muchos jóvenes, en su mayoría hijos de militares y militantes del Partido Comunista, fueron captados y entrenados como agentes de la Seguridad del Estado. Muchos recibieron asesoramiento en la Unión Soviética o aquí en Cuba por miembros de la KGB y de la Stasi germano-oriental. Eso generó un cuerpo de agentes adoctrinados, con las mentes lavadas, preparados para efectuar cualquier labor que les ordenen.

Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), encargados de vigilar y delatar a cualquier persona con una actitud contraria al gobierno, hoy casi no funcionan, pero todavía cuentan con bastantes delatores e informantes.

Aunque cada vez en menor cantidad, aún existen personas beneficiadas por el gobierno que, por supuesto, lo defienden a capa y espada. Ninguno de ellos quiere perder las prebendas de las que gozan y, por tanto, hacen cualquier cosa para mantener su posición.

El temor a la prisión es otro factor que frena las protestas, así como la falta de unidad y de un líder, porque quienes han podido serlo, como Oswaldo Payá, han sido eliminados físicamente o desterrados.

Todos estos factores expuestos, sin descartar otros, llevan a que muchas personas adopten actitudes pasivas.

Es un pueblo inerme ante un régimen que cuenta con una fuerza militar bien pertrechada y entrenada.

Brotes espontáneos de protesta se producen constantemente, pero sin coordinación.

El malestar general es enorme. Basta escuchar en la vía pública las quejas y los insultos contra los mandamases. Pero ni con eso ni con los cacerolazos se derrumba una dictadura.

Una exvecina que emigró a Suecia, al venir de visita, me dijo que el problema de los cubanos es que «alguien tiene que poner el muerto y nadie quiere hacerlo». Ella lo dice, pero sacó a toda su familia de Cuba y no se quedó para enfrentar el problema. Es lo que han hecho millones de cubanos.

En la Asamblea General de las Naciones Unidas nunca sancionan al régimen cubano. Al contrario, votan a favor del Gobierno por el asunto del embargo estadounidense.

Comparto el criterio de que sin ayuda exterior no se conseguirá la libertad de Cuba. Pero ni siquiera el presidente de Estados Unidos tiene las manos libres para tomar la decisión de intervenir en Cuba, pues en ese país rige un sistema democrático y no se pueden realizar acciones sin el consentimiento del Congreso.

Pensemos, además, que una intervención militar extranjera tendría un alto costo en vidas humanas. Ese es un temor que gravita sobre el pensamiento de los cubanos.

No considero factible la solución que algunos proponen: la anexión a Estados Unidos o la conversión de Cuba en un Estado Libre Asociado, al estilo de Puerto Rico.

¿Qué podemos esperar los cubanos del futuro? La disyuntiva es morir con los brazos cruzados o lanzarnos a una lucha donde seguramente correrá mucha sangre.

No sé qué pasará. Aunque me tilden de pesimista, pienso que, con mis casi 80 años, no veré el final de esta pesadilla.

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