febrero 25, 2026

Racionar la vida: lo más duro de vivir sin agua

Todo, absolutamente todo, necesita agua: cocinar, fregar, descargar el sanitario, limpiar el piso, lavar la ropa...
Asegurar el agua se ha convertido en una lucha diaria para los cubanos
Asegurar el agua se ha convertido en una lucha diaria para los cubanos (Foto: CubaNet)

SONGO LA MAYA, Cuba. – Aunque en Cuba se habla con frecuencia de ciclos de distribución del agua, casi nunca se explica qué significa, en términos reales, vivir más de 30 días sin el líquido vital. Porque no se trata solo de la ausencia del chorro en el grifo, sino del desgaste que se acumula con los días: el cuerpo se cansa, la mente se irrita y la rutina entera comienza a girar alrededor de una carencia elemental.

En Pedro Ivonet, en el municipio de Songo La Maya, Dalia hace cálculos cada mañana frente a sus tanques. Tiene uno de 1.000 litros, de fibrocemento, y otros dos más pequeños; sin embargo, cuando el agua deja de llegar, la previsión apenas alcanza para ganar tiempo. Durante los primeros 10 días todavía es posible administrarse, pero luego empieza el racionamiento extremo y, pasada la segunda semana, el fondo del tanque se asoma con una claridad angustiante. Entonces solo quedan dos alternativas: comprar o pedir.

Porque todo, absolutamente todo, necesita agua: cocinar, fregar, descargar el sanitario, limpiar el piso, lavar la ropa, asearse antes de dormir… “Una no cae en cuenta de que todo se hace con agua hasta que falta”, resume Dalia. Y en esa frase cabe la dimensión del problema.

En teoría, la solución es almacenar: cisternas, cajas elevadas, varios depósitos para resistir los ciclos largos. No obstante, la mayoría depende del agua del grifo, ya sea porque la vivienda no soporta el peso de un tanque adicional, porque no hay espacio suficiente o, más común aún, porque el dinero no alcanza. Un tanque plástico de 1.000 litros ronda los 60.000 pesos en el mercado informal —unos 120 dólares al cambio actual—, mientras que los de mayor capacidad pueden llegar a 200.000. Para un trabajador estatal que devenga alrededor de 6.000 pesos mensuales, eso equivale a meses, incluso años, de salario íntegro. Fabricar una cisterna tampoco resulta viable cuando una sola bolsa de cemento supera los 8.000 pesos.

Así, para Dalia —ama de casa y madre de un niño pequeño—, la idea de ampliar la capacidad de almacenamiento es sencillamente impensable. Desde principios de enero su barrio no recibe agua. Durante semanas ella y su familia han sobrevivido gracias a la benevolencia de vecinos; sin embargo, pedir también desgasta. A medida que la espera se prolonga, la solidaridad se vuelve más prudente y cada familia protege lo poco que conserva.

Según un funcionario de la Empresa de Acueducto en La Maya ―que ofreció declaraciones a CubaNet bajo condiciones de anonimato, para evitar represalias―, la bomba que permite el bombeo está dañada y, aunque se han intentado varios arranques, ninguno ha resultado efectivo. No hay fecha definitiva de solución. Mientras tanto, la vida se reorganiza alrededor de cada cubeta.

Esa reorganización implica reducirlo todo a lo esencial. En muchos hogares, la falta de agua no solo obliga a espaciar el lavado o a posponer la limpieza profunda, sino que termina afectando incluso las necesidades fisiológicas más básicas. Sin descargar el inodoro, los baños se vuelven pestilentes y el olor invade la casa; por eso, cuando no queda alternativa, se reutiliza el agua del fregado o del baño para vaciar la taza. Poco a poco, casi sin advertirlo, la intimidad también se erosiona, porque convivir con la pestilencia y la escasez transforma la relación con el propio espacio.

Nadie puede obviar la escasez de agua
Nadie puede obviar la escasez de agua (Foto: Periodista en Cuba)

Para Gisela Díaz, de 63 años, cada jornada comienza en un pozo natural cercano a su vivienda. Las colas son largas, ya que es público y abastece a buena parte del barrio. Ella llena una o dos cubetas y las carga en pequeñas tanquetas hasta su casa, situada en un segundo piso. Subir las escaleras le provoca un dolor punzante en la columna y la deja sin aliento; aun así, repite el trayecto porque no hay otra opción. Vive con su hija y su nieto, pero la hija padece escoliosis dorsolumbar, de modo que cualquier esfuerzo adicional la incapacita durante días.

Con esas dos cubetas deben cocinar, fregar a medias y asearse lo imprescindible. Antes se bañaban dos o tres veces al día, sobre todo por el calor; ahora el agua apenas alcanza para higienizar las zonas íntimas en la noche. Y aunque en los meses fríos la situación resultaba más llevadera, el aumento de las temperaturas agrava la sensación de suciedad constante, de piel pegajosa, del cabello sin lavar.

En una provincia calurosa como Santiago de Cuba, esa combinación de sudor y baños insuficientes termina pasando factura. Primero aparece la picazón; luego, el enrojecimiento y las lesiones. La piel se convierte en el termómetro visible de la escasez.

Yanara Medina lo sabe bien. Comenzó con una molestia persistente bajo los senos; después surgieron pequeños puntos rojos y la piel se volvió áspera, escamosa. El escozor empeora con el calor y, como casi nunca hay corriente para sostener el ventilador, las noches se hacen interminables. Bañarse con una jarrita no basta cuando el cuerpo transpira sin tregua, de manera que el problema inicial deriva en insomnio, irritación y angustia.

A la tensión física se suma la económica. En el municipio, una pipa de agua puede costar entre 10.000 y 12.000 pesos debido a la escasez de combustible, aunque oficialmente el precio autorizado ronda los 400. Sin embargo, los vecinos hablan de un circuito informal que multiplica las cifras y deja a muchas familias fuera del acceso. Incluso con el dinero en la mano, algunos camioneros no acuden. En zonas más céntricas de la provincia, el mismo volumen puede alcanzar los 30.000 pesos, lo que convierte el agua en un lujo.

La crisis no es nueva. Santiago de Cuba ha enfrentado históricamente problemas en el abasto debido a sequías prolongadas, redes hidráulicas deterioradas y roturas de equipos. En septiembre de 2025, el diario oficial Sierra Maestra calificó la situación de “alarmante” en la cabecera municipal y reconoció ciclos de distribución que superaban los 30 días, embalses deprimidos y un déficit eléctrico que impedía el bombeo continuo. Aunque se anunciaron acciones e inversiones para mitigar la crisis, cinco meses después la percepción en los barrios es que poco ha cambiado.

Así, más de medio millón de personas en el municipio cabecera continúan atrapadas en ciclos que exceden el mes. Y aunque la lluvia haya aliviado en parte la sequía, la normalidad no regresa con la misma rapidez.

Porque vivir sin agua durante más de 30 días no es solo una cifra en un reporte técnico; es aprender a medir cada jarra, a decidir si hoy se friega o se lava el pelo, a calcular cuántas descargas pueden darse al baño.

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