LA HABANA.- Una de las prácticas recurrentes de los gobernantes cubanos en materia laboral ha sido otorgar prebendas a determinados trabajadores de empresas y entidades con el objetivo de que, en reciprocidad, se vean obligados a apoyar al régimen. Antes de analizar la prebenda relacionada con el disfrute de la energía eléctrica, conviene hacer un breve repaso del accionar del castrismo en este manejo, que nada tiene que ver con el principio de distribución socialista que reza: “de cada cual según su capacidad, y a cada cual según su trabajo”.
Recordemos, por ejemplo, aquellos vehículos estatales que eran asignados a determinados empleados. Esos autos eran utilizados por los beneficiarios como si fueran particulares. Se los llevaban a sus casas al término de la jornada laboral y les servían para asistir a actividades recreativas u otras gestiones que nada tenían que ver con asuntos de trabajo. Se podrá imaginar lo útiles que resultaban en momentos de crisis del transporte en la isla. Y también el tesón con que esos “revolucionarios” —muchos de ellos simples simuladores— apoyaban al gobierno.
Otro momento muy bien aprovechado por el castrismo en su empeño por captar las voluntades de los trabajadores tuvo lugar cuando se instauró la primacía del CUC en el comercio minorista de la isla. La gente recibía sus salarios en moneda nacional, pero las tiendas mejor surtidas vendían en CUC, moneda que provenía del cambio de dólares u otras divisas enviadas por familiares desde el exterior.
En esas circunstancias, la maquinaria del poder optó por pagar 10 CUC mensuales —añadidos al salario en moneda nacional— a ciertos trabajadores que ocupaban plazas clave de la economía. Por supuesto, esos beneficiarios defendían con uñas y dientes ese plus salarial y, de paso, expresaban su total apoyo al régimen.
En una etapa de gran escasez de alimentos, cuando el robo y el delito eran muy comunes en fábricas y entidades del país, el castrismo decidió fortalecer el cuerpo de serenos y custodios para proteger los escasos recursos existentes. Fue entonces cuando, en aras de captar personal para ese cuerpo de vigilancia, surgió la idea de premiar a los custodios con una caja de pollo mensual, además de su salario.
Los custodios, algunos de ellos mujeres y personas de la tercera edad, pasaban malas noches de guardia y soportaban diversas incomodidades con tal de asegurar su caja de pollo, que garantizaba alimento para sus hogares e incluso la posibilidad de vender parte en el mercado negro, donde era un producto muy codiciado. Era frecuente escuchar entre ellos el comentario: “el día que me quiten la caja de pollo, me voy de este trabajo”.
Ahora la jerarquía castrista parece haber encontrado un nuevo filón utilitario en la aguda crisis energética que atraviesa el país. Se trata de la instalación de paneles solares en las viviendas de determinadas personas para que no les falte electricidad en medio de los prolongados apagones que diariamente dejan a oscuras a la población.
Según el discurso oficial, la colocación de esos paneles comenzó en viviendas de maestros y personal de la salud, pero después también se extendió a las casas de los llamados héroes nacionales del trabajo y, lógicamente, a hogares de figuras identificadas con el gobierno.
No resulta difícil prever que esos beneficiarios serán quienes griten consignas en favor de Raúl Castro y Miguel Díaz-Canel, quienes asistan a las marchas del pueblo combatiente y quienes participen sin protestar en los Días de la Defensa y en el resto de las actividades vinculadas a la llamada Guerra de Todo el Pueblo.
Todo ello con tal de que sus viviendas mantengan el suministro eléctrico, mientras a su alrededor la oscuridad continúa apoderándose de los hogares del resto de los cubanos de a pie.








