Ni viejo ni derrotado: cumplir 70 bajo una dictadura

Varios amigos me dicen, con resignación, que su único consuelo es que ya van de salida y que nadie les quita lo vivido. Pero les preocupa, y mucho, el mundo en que tendrán que vivir sus hijos y sus nietos. Y no es para menos.
Un anciano en Cuba
Un anciano en Cuba (Foto: CubaNet)

LA HABANA.- Últimamente, en conversaciones con amigos de mi edad que viven en Cuba o en el exterior, percibo cansancio y derrotismo. Se quejan de que están viejos, de que el mundo tal como lo conocimos se acabó y ha sido sustituido por otro muy diferente, que no nos gusta: desde la política hasta las películas y la música. Un mundo que pinta cada vez peor y en el que la gente de nuestra generación no encuentra acomodo.

Los avances tecnológicos que hace unas pocas décadas parecían destinados a mejorar nuestras vidas han conseguido, en varios sentidos, estropearlas. La gente se ha vuelto esclava de los teléfonos inteligentes. Más que la ortografía de los mensajes de texto, se han empobrecido las relaciones humanas. Las redes sociales, que supuestamente promoverían la democracia y la libertad de expresión al darles voz a quienes no la tenían, se han convertido en un vertedero de chismes, vanidad, disparates e intolerancia.

Varios amigos me dicen, con resignación, que su único consuelo es que ya van de salida y que nadie les quita lo vivido. Pero les preocupa, y mucho, el mundo en que tendrán que vivir sus hijos y sus nietos. Y no es para menos.

Oriente Medio, con los peligros que representan la tiranía teocrática iraní y el terrorismo islamista, además del conflicto israelí-palestino que no acaba de resolverse, se vuelve cada vez más complicado y explosivo. La sociedad norteamericana está cada vez más polarizada entre dos bandos que parecen irreconciliables y se acusan mutuamente de querer destruir la democracia.

En Europa se vive un ambiente que recuerda al de 1914 y 1939, antes de que estallaran las dos guerras mundiales. Pero ahora las consecuencias de una conflagración serían mucho más graves. La frustración de Putin ante la resistencia de Ucrania —sostenida por la valentía de los ucranianos y la ayuda de los países de la OTAN— podría tentar al tirano del Kremlin a recurrir a las armas nucleares. Y, en ese caso, difícilmente Occidente se quedaría de brazos cruzados.

En Cuba, las sanciones norteamericanas han aumentado la presión sobre el régimen castrista, pero es el pueblo, su rehén, el que soporta el dramático empeoramiento de las condiciones de vida y privaciones que rozan la crisis humanitaria. La dictadura no se derrumba: gana tiempo. Parece esperar que, por medio de contactos que no acaban de esclarecerse, pueda llegar a un arreglo con el impredecible Donald Trump que le permita al neocastrismo un aterrizaje suave: nuevo maquillaje y otro disfraz, pero dictadura al fin.

Ojalá que no, pero va y lo consigue. Miren lo que pasa en Venezuela.

Todo es muy confuso. Parafraseando al escritor mexicano Carlos Monsiváis: no entendemos lo que está pasando o no está pasando lo que creíamos estar entendiendo.

Aun así, yo, que estoy en Cuba con todo lo azaroso y difícil que eso implica, que no me caracterizo precisamente por ser optimista y que comparto muchos de los disgustos, preocupaciones y aprensiones de mis amigos, les digo que no es como para darse por vencidos desde ya. Y conste que no pretendo convencerlos de que se equivocan al pensar que este mundo se está yendo a la mierda. En eso estamos plenamente de acuerdo.

Siempre les digo, porque estoy convencido de ello, que por mucho que cambie la vida y por muchas vueltas que dé, nuestro mundo seguirá estando ahí mientras respiremos. Ese mundo que conformamos y mantuvimos contra viento y marea, a pesar de los tropezones y los encontronazos. Siempre que no cambiemos más allá de lo estrictamente necesario y sigamos creyendo en los valores y las cosas que defendimos, si es que realmente valieron la pena.

No me veo en el papel de ancianito aconsejador. Con el ánimo por el piso y todo lo que debo enfrentar para sobrevivir en un medio tan adverso, probablemente soy yo quien necesita consejos y aliento. Pero no me siento derrotado. Sigo dando batalla.

Afortunadamente, aunque ya cumplí los 70 y estoy sumamente flaco, más de lo que he estado siempre, la buena salud me acompaña y me niego a verme como un viejito. Al punto de que, pese a tener dos nietos y estar esperando una tercera, me sorprende y molesta que algún joven me llame “abuelo” en la calle.

Hace mucho que dejé de intentar complacer y quedar bien con todos. No oculto ni disimulo mis opiniones, mis gustos ni mis disgustos, cuando hablo o escribo. No me sujeta ni me arrastra ideología alguna. Me importa un rábano lo que esté de moda. Llevo barba y melena y ando siempre en jeans: mientras más desteñidos, mejor. Prefiero un libro impreso a un e-book, una película en la sala oscura de un cine a verla en la computadora y una conversación cara a cara a un mensaje de texto.

La música es para mí casi tan importante como la comida. No voy a ocultar, por estar a tono con “lo que se usa”, que detesto el reguetón y las cancioncitas hechas con autotune. A Taylor Swift, como a otras cantantes similares, la encuentro muy linda y graciosa, pero totalmente prescindible para mi colección de discos, que prefiero tener a mano y no en una nube.

Mi música preferida, la que más escucho, es la de mi juventud, que me parece insuperable: los Beatles, los Stones, Dylan, Aretha, Clapton, Stevie Wonder y mucho jazz y blues. Dirán que todos los viejos aseguran lo mismo: que la música de su época es la mejor. La cuestión es poder demostrar que esa música ha pasado airosa la prueba del tiempo, como la que yo amo. Y ha transcurrido mucho. Por ejemplo, Songs in the Key of Life, de Stevie Wonder, uno de mis discos favoritos, acaba de cumplir 50 años. Y ni hablar de los discos de los Beatles, con sesenta y tantos.

Si ser así es estar chapado a la antigua, sea. No digo que mi fórmula sea infalible, pero me ha ayudado a soportar la monotonía de vivir bajo una dictadura de obligatoriedades y prohibiciones, sometido a un bombardeo de adoctrinamiento, manipulaciones y mentiras, y a rigores y privaciones de todo tipo.

De hecho, este artículo se me ocurrió en una de estas larguísimas madrugadas de apagón, cuando el calor y los mosquitos no permiten conciliar el sueño y me da por recapitular mi vida, como dicen que hacen, en sus últimas horas, los reos condenados a muerte.

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