SANTA CLARA, Cuba. – Una semana antes de que un litro de gasolina superara los seis dólares en el mercado informal, Dagmara, dueña de un puesto de ventas situado en las inmediaciones del estadio Sandino de Santa Clara, logró abastecerse de un lote de mercancía que un proveedor le trajo desde La Habana a un precio bastante razonable. Los paquetes de arroz, frijoles, azúcar y el aceite comestible incluidos en ese último surtido se agotaron en menos de dos días. “La gente se llevaba las cosas por cajas, como si viniera el fin del mundo”, cuenta.
A medida que se hizo evidente la paralización del transporte, muchas familias comenzaron a comprar alimentos no perecederos en grandes cantidades por temor a que estos puntos de venta, comúnmente situados en los barrios, se quedaran desabastecidos o que, de un día para otro, los precios se triplicaran. En ese momento, Dagmara consideró aquella ola de acaparamiento como demasiado exagerada, hasta que su proveedor habitual le canceló una segunda orden a mediados de febrero.
Gran parte de estos pequeños comerciantes se surten mediante terceros que les acarrean los insumos desde depósitos mayoristas o directamente desde la Terminal de Contenedores del Mariel. En tanto la prensa oficial asegura que las operaciones allí se mantienen con “absoluta normalidad”, Dagmara refiere que el traslado de un contenedor hasta esta provincia central está costando en más de un millón de pesos. “Nadie está dispuesto a pagar tanto dinero. Si estamos más cerca, no me imagino en cuánto saldrá llevarlo hasta Oriente”, dice.
La paralización del transporte de carga para mover mercancías, el encarecimiento de los traslados y la suspensión de rutas habituales entre provincias y municipios han dejado a muchos emprendedores sin una alternativa económica para reponer sus anaqueles. En una publicación triunfalista de Cubadebate de principios de febrero, varios usuarios preocupados por el surtido de sus negocios comentaron precisamente que, sobre todo, hacia las provincias orientales ya se nota un desabastecimiento preocupante. “¿Cómo acceden las personas hasta el Mariel para extraer los contenedores?”, cuestionó en los comentarios la camagüeyana Yanitsy Pujalá. “Cuando te avisan que está el contenedor y no vas a cargarlo, te penalizan y debes pagar estadía a precios elevadísimos”, alguien le respondió.

La crisis de combustible ha golpeado de lleno a la sarta de mipymes y pequeños negocios que funcionan como puntos de venta minorista, donde la gente suele adquirir los alimentos básicos para el día a día. La lógica indica que la subida del precio del combustible conduce inevitablemente al encarecimiento de los productos, fundamentalmente los de alta demanda.
“Nosotros buscábamos parte de las cosas en Camajuaní, en un almacén de una mipyme, pero ahora la camioneta hasta allá nos sale en miles de pesos y a eso súmale que también todo subió el precio minorista”, refiere Adrián Aguilar, dependiente de un puesto situado en la carretera a Sagua. Para mantener a flote su negocio, el propietario contrató los servicios de un transportista que usa un triciclo eléctrico en el que apenas se logra cargar un 5% de lo que antes se movía en cada viaje. Según Adrián, en su puesto de venta se están “quedando sin inventario disponible”: “Los dueños nos dijeron que fuéramos liquidando lo que queda en almacén”, agrega el muchacho. “No les da ganancia pagar el combustible a como está en la calle para después vender a precios topados”.
En la última semana, los inspectores en Villa Clara han aplicado sanciones y ventas forzosas a trabajadores por cuenta propia que comercializaban el litro de aceite a 1.500 pesos y la libra de pollo por encima de lo establecido en la Resolución 225 del Ministerio de Finanzas y Precios. Para muchos vendedores, adquirir mercancía de este tipo supone un riesgo económico, por lo que optan por comercializarla a escondidas para evitar multas y decomisos.
“¿Por qué tengo que perder dinero yo, si ellos tienen el aceite en dólares que sale mucho más caro?”, cuestiona una trabajadora por cuenta propia que solicita el anonimato para evitar represalias. Dice que solo vende el aceite a “clientes confiables”, y a 300 pesos por encima del tope oficial. También cuenta que las últimas cajas que logró trasladar desde La Habana debió pagarlas en dólares estadounidenses. “Allá [en el Mariel] hay gente con contenedores enteros paralizados porque no les conviene pagar el viaje a las provincias para después perder la inversión. Se entiende que la vida está cara, pero creo que la gente prefiere que haya el producto, aunque sea un poco más caro, a que de pronto se desaparezca y tengan que cocinar con agua”, razona la comerciante.

En otro negocio de venta de comestibles situado en el reparto Santa Catalina, Beatriz Caballero, una de sus propietarias, asegura que casi todo lo que tiene en las neveras se le ha ido agotando en la última semana a no ser algunos paquetes de hígado que cuentan con baja demanda y uno que otro tubo de mortadella importada. “Aquí no me ha entrado una caja de picadillo más, ni de pollo; se nos acabó el arroz. Lo que queda es lo que está ahí y cuando esto se venda, tendremos que cerrar”.
Aunque muchos negocios han buscado alternativas para abastecerse, otros están a punto de cerrar definitivamente porque se les han ido agotando los productos comprados en meses anteriores. Un informe de la consultora Auge publicado recientemente indica que el 96,4% de las mipymes enfrentan un impacto que va de “severo” a “catastrófico” y, aunque apunta que algunas quizás logren resistir un tiempo, asegura que serán muy pocas las que podrán sobrevivir en un escenario de escasez prolongada. “No importa cuánto esfuerzo individual se ponga, si el sistema energético colapsa, el negocio colapsa con él”, vaticina el texto.








