Los muertos “históricos” son prioridad en Cuba

Ramiro Valdés Menéndez, el tipo que podía pisotear al jefe de una brigada constructora porque, al visitar una obra, se ensució el uniforme en un charco de agua o que castigó con cárcel a un jardinero que, por accidente, cortó el cable de fibra óptica que daba servicio de internet a la mansión familiar, no pidió un colchón ni una teja de zinc sino un mausoleo restaurado.
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Ramiro Valdés y Fidel Castro. Foto: Cubadebate

  LA HABANA.- Para sepultar a Ramiro Valdés Menéndez sí hubo recursos. Quizás menos que los empleados en mantenerlo con vida, a él y a su familia —a los que no les ha faltado jamás, entre otros “privilegios”, el agua y la electricidad que no disfrutan millones de cubanos y cubanas. Se cuentan en millones de pesos y miles de dólares, según proclaman sin pudor los medios oficialistas, los costos de la restauración del mausoleo de Santa Clara en donde pidió que lo enterraran, más por una cuestión de afinidad con el asesino mayor que fue Ernesto Guevara —con quien compitió por llevarse el récord de muertes—, que por un asunto de lealtad a la tropilla guerrillera a donde perteneció alguna vez.

Así pasa con todos los sepulcros a donde han ido e irán a parar los restos de los demás vejetes “históricos”, incluido el de la piedra en Santa Ifigenia. Todos los años se dilapidan cientos de miles de dólares en mantener y adornar sus tumbas donde las tienen mientras sucede lo que vemos a diario con las viviendas en mal estado, las calles desbaratadas, los basureros desbordados y los damnificados de los últimos diez huracanes aún esperando por las tejas y el colchón que les prometieran o que les negaran, como pasó esa vez en El Cobre con la pobre mujer que tanto molestó a Miguel Díaz-Canel con su “pedigüeñería”.

Ramiro Valdés Menéndez, el tipo que podía pisotear al jefe de una brigada constructora porque, al visitar una obra, se ensució el uniforme en un charco de agua o que castigó con cárcel a un jardinero que, por accidente, cortó el cable de fibra óptica que daba servicio de internet a la mansión familiar, no pidió un colchón ni una teja de zinc sino un mausoleo restaurado, como es de esperarse de un auténtico faraón tropical con su pirámide alzada por mano esclava.

No pidió Ramiro, como Raúl Castro, crear toda una empresa agrícola con decenas de trabajadores para garantizar las rosas que a diario otros esclavos depositan en la tumba de Vilma Espín, empleando para ello reservas de agua y tierras de cultivo que bien pudieron haber dedicado a la producción de alimentos, en una zona montañosa donde comer es un privilegio. Pero sí exigió —él que como viceprimer ministro velaba por los recursos energéticos— que se desviaran cientos de litros de combustibles para abastecer los camiones y el transporte destinados a las obras de restauración del mausoleo de su colega matón en Santa Clara.

Un funcionario del Gobierno provincial de Santiago de Cuba con el que conversamos recientemente y del que no revelaré la identidad, me decía en una conversación informal que tan solo en esa región oriental, el mantenimiento de los mausoleos y sus alrededores tanto en Santa Ifigenia como en el II Frente Oriental costaba alrededor de unos 10 millones de pesos cubanos al año más cerca de 250 mil dólares, cargados al presupuesto del Estado, lo que repercutía desfavorablemente en la capacidad para ejecutar obras sociales de verdadero beneficio público. Sin embargo, en sus mismas palabras “la prioridad está en atender a los muertos antes que a los vivos”.

No he podido comprobar si las cifras ofrecidas son reales pero teniendo en cuenta lo sucedido con los preparativos para el entierro de Ramiro Valdés en Santa Clara, la magnitud de la restauración del cementerio —porque eso es sencilla y llanamente lo que llaman “plaza” o “conjunto escultórico”, solo para justificar el despilfarro— es muy probable que incluso sea mucho más, y aún más elevada, gigantesca, puesto que se trata allá en Santiago de la que será la tumba de Raúl en breve, y de la que es de Fidel Castro. Porque si para “conservar la memoria” de este último gastaron millones de dólares en plena Pandemia para erigir el lujoso Centro Fidel Castro, si priorizaron la importación de mármoles y cementos especiales desde los Estados Unidos —en vez de oxígeno para los hospitales— qué no harían en gastos para adornar y proteger las piedras que muchos cubanos, cansados de dictadura, estarían dispuestos por lo mínimo a escupir al más breve descuido.  

Mientras los cubanos sufren apagones de más de 24 horas y no pueden siquiera ir a trabajar porque ya no existe el transporte público; mientras las madres lloran frente al refrigerador vacío o la comida echada a perder luego de varios días sin electricidad;  mientras piden resistencia y echan culpas al “bloqueo” por el infierno de país donde quieren condenarnos a vivir con la boca cerrada y agradeciéndoles a toda hora el habernos convertidos en esclavos, los vejetes “históricos” se recrean en sus últimas horas de vida organizando sus entierros, velando por los detalles de dónde y cómo han de ser sus tumbas, movilizando gente y recursos en función de sus mausoleos aún cuando el país se cae a pedazos.

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