Ahora que Estados Unidos se prepara para celebrar su 250.º aniversario, me pongo a reflexionar no solo sobre la extraordinaria trayectoria de esta nación, sino también sobre la mía propia.
Nací en Cuba bajo un sistema socialista que prometía igualdad y prosperidad, pero que en realidad trajo escasez, represión y pocas oportunidades. A los 16 años, mi familia se fue de la Isla y se embarcó en un duro viaje por Centroamérica tras algo que millones de personas en todo el mundo siguen buscando hoy en día: la libertad.
Mi historia no es única. Forma parte de una historia estadounidense más amplia que se repite desde hace generaciones. Inmigrantes de Cuba, Venezuela, Europa del Este y un sinfín de otros lugares han venido a Estados Unidos no porque sea un país perfecto, sino porque ofrece algo poco común en la historia de la humanidad: la libertad de labrarse una vida mejor a base de trabajo duro, iniciativa personal y libertad individual.
Ahora que se acerca el semicentenario de Estados Unidos, los estadounidenses deberían plantearse una pregunta muy sencilla: ¿por qué la gente huye de las sociedades socialistas y lo arriesga todo para venir a las democracias capitalistas?
La respuesta no está en los eslóganes políticos. Está en el comportamiento humano.
Durante más de seis décadas, Cuba ha sido uno de los experimentos socialistas más duraderos del mundo. El régimen cubano funciona bajo un sistema socialista centralizado de partido único, en el que el Estado es dueño o controla gran parte de la economía, dando prioridad a los objetivos colectivos y a la propiedad pública frente a la empresa privada y la toma de decisiones económicas individuales.
El resultado ha sido el estancamiento económico, la escasez crónica, la represión política, las violaciones de los derechos humanos, el deterioro de las infraestructuras y un éxodo masivo de ciudadanos que buscan oportunidades en otros lugares. Generaciones de cubanos han dejado atrás a sus familias, sus carreras y todo lo que les resultaba familiar porque creían que podrían encontrar más libertad y prosperidad en Estados Unidos.

El contraste entre Cuba y Estados Unidos no es solo económico. Es, fundamentalmente, filosófico.
El socialismo confía en el Estado. El capitalismo confía en la gente.
El socialismo parte de la base de que los planificadores del gobierno son los que mejor pueden dirigir la sociedad y distribuir los recursos. El capitalismo reconoce que millones de personas que toman decisiones libres generan innovación, oportunidades y prosperidad de formas que ninguna burocracia puede igualar.
El sistema estadounidense nunca ha sido perfecto. Ningún sistema creado por el ser humano lo es. Pero ha generado un crecimiento económico extraordinario, una innovación sin precedentes y oportunidades que siguen atrayendo a gente de todos los rincones del mundo.
La historia del éxito de Estados Unidos va de la mano de la historia de la libertad.
Por eso, ahora que se acerca el 4 de Julio y nuestra nación se prepara para marcar sus 250 años de independencia, animo a todos los estadounidenses a que vuelvan a leer la Declaración de Independencia y su afirmación atemporal de que todas las personas están “dotadas por su Creador de ciertos derechos inalienables”.
Esta idea revolucionaria —que la libertad no es un derecho concedido por el gobierno, sino que pertenece de forma inherente a cada ser humano— sigue siendo tan relevante hoy como lo era en 1776.
Para los que hemos vivido bajo el socialismo, estas no son palabras abstractas.
Y, a esas generaciones más jóvenes que se sienten atraídas por las ideas socialistas, les quiero recordar algo muy sencillo: fíjense en Cuba.
Hoy en día, muchos cubanos sufren cortes de luz que duran entre 20 y 30 horas. La escasez de alimentos es habitual. Los ciudadanos se enfrentan a represalias por atreverse a criticar al régimen. Muchos sobreviven solo gracias a las remesas de sus familiares en el extranjero y a la ayuda de otros países. A solo 90 millas de la costa de Florida, Cuba es un recordatorio vivo de lo que pasa cuando se sacrifica la libertad a cambio de promesas de ayuda del gobierno.
Ahora que Estados Unidos cumple 250 años, habrá debates sobre su pasado, su presente y su futuro. Esos debates son saludables y necesarios. Pero en medio de esas discusiones, no debemos perder de vista una verdad fundamental: Estados Unidos sigue siendo uno de los mayores experimentos de la historia en materia de libertad humana.
Ese logro merece una celebración. Merece gratitud. Y merece ser protegido.
Para los inmigrantes como yo, el 250.º aniversario de Estados Unidos es más que una simple fecha nacional. Es un recordatorio de por qué vinimos aquí en primer lugar.
Vinimos en busca de la libertad.
Vinimos en busca de oportunidades.
Yo no buscaba la perfección, pero encontré una posibilidad.
Esta columna apareció originalmente en inglés, este viernes, en Fox News.









