LA HABANA, Cuba ― Nadie debe confundirse con el discurso del régimen castrista que intenta justificar la actual situación que afronta el pueblo cubano. Debe quedar bien claro que La Habana no pretende abandonar el sistema político y económico que ha provocado prolongados cortes de electricidad, inflación galopante, escasez generalizada de artículos de primera necesidad, descenso de la producción, inestabilidad financiera, decadencia institucional y, como resultado de todo ello, una creciente ola de protestas públicas y el consiguiente malestar social.
Las 176 propuestas de “transformación” económica y social anunciadas por el gobernante Miguel Díaz-Canel Bermúdez encubren una estrategia de supervivencia política meticulosamente calculada. Una vez más, como ha hecho cada vez que la situación del país se torna crítica, la cúpula desea ganar tiempo y anuncia algunos cambios económicos ―como la rimbombante “actualización del modelo económico”― para, al final, no realizar ninguna transformación de fondo y mantener el fallido sistema totalitario que genera tantas calamidades.
Ahora el castrismo aduce que la crisis que padece la Isla es la consecuencia de las sanciones económicas de Estados Unidos. Así, el régimen intenta desviar el debate acerca de la dictadura, la represión y la destrucción institucional provocadas por el castro-canelismo, y se refiere a las sanciones como la Ley Helms-Burton y la Orden ejecutiva 14404, emitida por la administración estadounidense. De esa manera, entre otras cosas, la maquinaria del poder espera convertir una crisis de legitimidad política en una simple disputa económica de carácter más bien técnico.
Al presentarse como un gobierno capaz de adaptarse y reformarse, el castrismo aspira a reducir la presión internacional en su contra y evitar consecuencias que podrían amenazar su supervivencia. El objetivo, obviamente, no es resolver la debacle de Cuba ni aliviar el sufrimiento del pueblo cubano, sino gestionar la crisis el tiempo suficiente para que las circunstancias políticas se tornen más favorables. En resumidas cuentas, el pueblo cubano no sufre porque haya pocos mecanismos de mercado, sino debido a que la tiranía eliminó las instituciones independientes, destruyó la libertad económica, concentró el poder y subordinó la economía nacional al control político.
Sin embargo, algunos acontecimientos recientes indican que las cosas no le están saliendo bien al régimen cubano. Ya son menos los que se dejan confundir por la propaganda castrista. La Unión Europea ha mandado un fuerte mensaje de condena al Gobierno cubano. La Eurocámara, en una votación de 283 votos a favor y 199 en contra ―estos últimos de los eurodiputados que generalmente se alinean junto a La Habana― aprobó una resolución que responsabiliza al régimen de la Isla y no a las presiones externas de la difícil situación que afronta el país.
Por otra parte, aquí en nuestro continente las puertas se le cierran cada vez más a la dictadura cubana. Hace poco, en una reunión de la Organización de Estados Americanos (OEA) hubo también una dura condena a las autoridades cubanas, en una reunión que contó con la activa participación de los opositores José Daniel Ferrer y Rosa María Payá.
Completa esta situación el cambio gradual que se va operando en el mapa político de la región, con la salida del poder de algunos amigos del castrismo, como el caso del colombiano Gustavo Petro. De igual forma, no deja de preocupar al castrismo la casi segura ascensión de Keiko Fujimori a la presidencia de Perú.
El discurso castrista repite con bombo y platillo que Cuba no está sola. Más bien debía aclarar que es el pueblo cubano el que no está solo. Porque la maquinaria castro-comunista que controla el poder cada vez se hunde más en el desprestigio y la soledad.









