Los comunistas no renuncian pero el pueblo cubano no aguanta más

Ahora anuncian más de un centenar y medio de medidas que, según diversos analistas, recuerdan demasiado a las adoptadas en la desaparecida Unión Soviética durante sus intentos finales de reforma.
Foto agua Holguín
Crisis del agua en Holguín

LA HABANA.- Entre las noticias importantes de este lunes, además del triunfo del candidato antisocialista Abelardo de la Espriella en la fraterna Colombia, se cuenta —creo— el anuncio de la renuncia del primer ministro británico, Keir Starmer. El interés que han despertado en mí los sucesos de la fría Albión se relaciona con las comparaciones que esa información me ha llevado a hacer con nuestra desdichada Cuba.

El Reino Unido es, como todos sabemos, un país democrático. Y en tal medida que, aunque algunos le reconocen un lugar secundario frente a Suiza o la gélida Islandia, otros le otorgan la prestigiosa condición de “cuna de la democracia moderna”. Por supuesto, en ese aspecto el archipiélago europeo se encuentra en las antípodas de nuestra Cuba de “socialismo real”.

El peso de la voluntad popular en las grandes decisiones políticas británicas se refleja no solo en la competencia entre partidos durante las elecciones. También se manifiesta en las discrepancias internas del propio partido de gobierno, en este caso el Laborista, que ganó por amplio margen las elecciones de hace un par de años.

Starmer contó con ese respaldo inicial y con el mérito de haber conducido a su fuerza política a poner fin a 14 años de dominio conservador. Pese a ello, en el relativamente breve período que ha gobernado desde aquel triunfo electoral, se las habría arreglado para perder apoyos dentro de su propio partido.

Pero el propósito de estas líneas no es profundizar en las causas de la renuncia de don Keir ni en las perspectivas del nuevo gobierno que, según todo parece indicar, encabezará su correligionario Andy Burnham. Lo que concita mi atención son las diferencias abismales con las tristes realidades políticas de mi Cuba natal.

Las palabras pronunciadas por el señor Starmer al anunciar su decisión merecen ser grabadas y resaltadas: “Cada decisión que he tomado ha sido anteponiendo el país que quiero. Por eso renunciaré como líder del Partido Laborista”. Me pregunto: ¿alguien conoce algún planteamiento similar hecho alguna vez por algún dirigente castrocomunista durante estos dos tercios de siglo?

Existe en el idioma ruso un dicho que es uno de mis favoritos en esa difícil lengua: Kak s gúsia vodá (“Como de un ganso el agua”). El refrán alude a una característica de las plumas de esa ave palmípeda, recubiertas por una sustancia grasosa que impide que el agua las empape. Así, cuando el animal sale del agua, le basta un simple sacudón para quedar completamente seco, como si jamás se hubiese mojado.

Y eso resulta perfectamente aplicable a los jerarcas del castrocomunismo antillano. Después de 67 años ejerciendo un poder total, sin el menor contrapeso y sin ninguna institución que supervise o controle su actuación, actúan “como si con ellos no fuera”; como si ellos —y quienes los precedieron en sus encumbrados cargos— no tuviesen absolutamente nada que ver con el estado calamitoso en que han sumido a la economía nacional.

Les basta invocar el socorrido embargo norteamericano —al que se empeñan en llamar “bloqueo”— y, si acaso, agregarle el adjetivo de moda: “recrudecido”. Al hacerlo, omiten mencionar que esas medidas fueron adoptadas después de que compañías y ciudadanos estadounidenses fueran despojados de propiedades millonarias sin recibir compensación alguna.

También omiten, de manera muy conveniente para su narrativa, que en tiempos recientes Estados Unidos ha sido, durante largas temporadas, el principal suministrador de alimentos a Cuba. No; a los castristas les basta y les sobra con hablar del “bloqueo recrudecido”.

Ahora anuncian más de un centenar y medio de medidas que, según diversos analistas, recuerdan demasiado a las adoptadas en la desaparecida Unión Soviética durante sus intentos finales de reforma. Su implementación nos dará la oportunidad de comprobar si alguno de los mayimbes antillanos realiza un anuncio que, siquiera en apariencia, se parezca al que acaba de hacer don Keir Starmer.

Ojalá me equivoque, pero dudo muchísimo llegar a ser testigo de algo semejante. Aquí cabría recordar la enseñanza de un competente colega mío —abogado, no periodista— que era un “pericón” de toda la vida y que solía repetir: “Los comunistas no renuncian”.

Y parece que esa frase seguirá teniendo vigencia, al menos durante las próximas semanas. En la Cuba de hoy resulta mucho más razonable esperar destituciones fulminantes —acordadas por miembros del Comité Central que, naturalmente, aspirarán a ocupar los cargos de los desplazados— que renuncias inspiradas por principios elevados.

Pero los cambios profundos, los de verdad y no los de mentiritas que se han aprobado hasta ahora, tendrán que llegar inexorablemente. Y cuando eso ocurra, el beneficio será para el sufrido pueblo cubano de la Isla, que ya, literalmente, no aguanta más.

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