Los funerales del pollo

El pollo que pagamos nosotros, o los familiares que están fuera, se descompone, se pudre. Y no hay reclamo que lo reponga.
Los funerales del pollo
Los funerales del pollo (Ilustración generada con IA)

LA HABANA, Cuba ― No eran unos pollos distintos; eran como todos los pollos: dos patas, dos muslos, pechugas, ninguna singularidad; al menos ninguna otra diferente a que fueron enviados con muchísimo amor para que yo pudiera alimentarme, y para que no me diera un soponcio y cayera en medio de una avenida donde existe siempre alguna lejana posibilidad de que me atropelle un auto.

Fue grande mi alegría, una alegría que se hizo mayor cuando los sostuve en las manos para acomodarlos en la nevera. Yo ponía un muslo en el fondo vacío y sonreía. Lo destinaba al asado, quizá para freírlo, tostadito, crujiente, alimenticio, alimentador. Un pollo rubio, rozagante, tanto como si fuera un amante de bellas fruslerías, uno de esos que te lleva a sentarse alegremente a la mesa.

Yo fui feliz y muy pronto hice un montón de agradecimientos al amigo generoso y preocupado por mi alimentación. Ay, qué maravilla; pero la alegría dura muy poco en la casa del pobre. Los pobres, los preteridos, solo conocemos una alegría parcial, un entusiasmo que se disipa prontísimo. Y de la nevera salieron las primeras alarmas, un hedor con el que no contaba, una peste cruel, la hediondez.

El futuro del pollo que había sido pagado en Europa corría peligro, un peligro enorme, un peligro tibio y caliente luego, un peligro arrasador que luego se haría torrencial, y pestilente, muy pestilente. Ay, el pollo, el pollo que se iba, se esfumaba acompañado de tantas pestilencias, y todo lo que faltaba era hacer sus funerales, dejarlos para siempre en ese cementerio de la esquina.

Quizá a quien no conozca de esos destrozos hasta le parece gracioso, pero si lo vive en carne propia y en medio del desespero, les aseguro que es muy triste, es pesaroso mirar cómo se esfuman los olores buenos, cómo se enseñorean los peores, los más brutales, esos que te sacan las lágrimas y el grito de “Abajo el comunismo” parado en el balcón.

Cuando pasan esas cosas te dan ganas de averiguar dónde pasan sus días cada miembro de la familia castrense de los Castro, para preguntarles, con las manos llenas del pollo putrefacto una sola cosa: ¿Y dónde meto el pollo? Pero ellos hicieron muy bien su trabajo. Los Castro nunca aceptaron la visibilidad del Palacio Presidencial.

Ellos prefirieron la lejanía. Ellos fueron muy astutos. Imaginemos a esos asesinos viviendo en el Palacio Presidencial, e imaginémonos a nosotros mismo con el pollo putrefacto y apestoso. Todos allí, gritando “Patria y Vida”, exigiendo la resurrección del pollo, o la reposición de esos muslos, de esas pechugas que tan mal huelen.

Ellos fueron muy astutos. Ninguno de nosotros sabe dónde están esas casonas. Ninguno puede ir hasta allí para exigir la reposición. Nosotros tenemos un basurero enorme que crece en cada uno de los segundos del día. Allí quedan cada día los estropicios que consigue la desaparición de la corriente eléctrica, y desde allí salen las muchas enfermedades, las muertes, incluso los suicidios.

El pollo que pagamos nosotros, o los familiares que están fuera, se descompone, se pudre. Y no hay reclamo que lo reponga. Y yo sigo pensando en hacer los funerales del pollo, hasta de la más diminuta salchicha en el frente de la casa de los Castro. Ese sería el vertedero mejor.

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