La CTC y la puja entre Batista y los Auténticos

La Central de Trabajadores de Cuba (CTC) nació batistiana, aunque le cueste trabajo reconocerlo a la actual cúpula castrista.
Fulgencio Batista, figura clave de la política cubana en los años en que fue fundada la Confederación de Trabajadores de Cuba
Fulgencio Batista, figura clave de la política cubana en los años en que fue fundada la Confederación de Trabajadores de Cuba (Foto: Library of Congress)

LA HABANA, Cuba ― Ahora que se acercan las sesiones finales del XXII Congreso de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC) ―en un inicio se llamó Confederación de Trabajadores de Cuba― conviene recordar que este gremio nunca ha sido un ente apolítico, desvinculado de las influencias de figuras o partidos políticos ni entregado únicamente a la defensa de los trabajadores. En su itinerario se aprecia una porfía histórica entre Batista y los Auténticos, con los comunistas como telón de fondo. 

En 1939, el general Fulgencio Batista era el hombre fuerte de la República, en momentos en que el país se aprestaba a reanudar el ritmo constitucional tras los turbulentos sucesos de la revolución de los años 30. Los comunistas, minoría de minorías en Cuba y sin asideros en la conformación de la nacionalidad, pero siempre con la aspiración de controlar el movimiento obrero, asumieron que la oportunidad era propicia para acercarse a Batista y, con su apoyo, fundar una organización que agrupara a los trabajadores de la nación. 

Fue así como en enero de ese año, con el comunista Lázaro Peña al frente, se fundó la CTC. Es decir, que la CTC nació batistiana, aunque le cueste trabajo reconocerlo a la actual cúpula castrista. En recompensa, los comunistas se aliaron a Batista en la llamada Coalición Socialista Democrática. El general ganó las elecciones efectuadas en 1940 y se proclamó presidente de la República. Varios militantes comunistas, como Carlos Rafael Rodríguez y Juan Marinello, se desempeñaron como ministros en este gabinete. 

Sin más cambios transcurrieron los congresos segundo y tercero de la CTC celebrados en 1940 y 1942, respectivamente. Pero ya en 1944, al abandonar Batista el poder y acceder a la presidencia el Partido Revolucionario Cubano (auténtico) con Ramón Grau San Martín como primer mandatario, este grupo decidió crear su propia organización sindical ―al considerar que  la CTC controlada por los comunistas no representaba los verdaderos intereses de la clase obrera. Así surgió la auténtica Comisión Obrera Nacional (CON). 

Así las cosas, las irreconciliables posiciones de la CTC y la CON dieron lugar a que en 1947 se produjera una división del gremio y, con ella, la creación de dos centrales obreras: la CTC oficial auténtica y la CTC unitaria con Lázaro Peña como secretario general. 

A partir de ese momento la situación se tornó muy difícil para los comunistas. Con el auténtico Carlos Prío Socarrás en la presidencia, el gobierno le brindó todo el apoyo a la CTC oficial. Incluso la CTC unitaria fue desalojada del local que tradicionalmente ocupó la central obrera cubana. Lo anterior, unido al prestigio que gradualmente iba adquiriendo la CTC oficial y los errores y torpezas que cometía la CTC unitaria, hizo que esta última prácticamente se disolviera y que, en 1951, orientara a sus afiliados que se unieran a las filas de la CTC oficial. 

Fue, sin dudas, una aplastante derrota para los comunistas y una contundente victoria de los Auténticos, el partido político más grande y poderoso fundado en la República, que nunca tuvo necesidad de aliarse con sus principales enemigos ―Batista y los comunistas― para conseguir sus objetivos políticos. 

Con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 la dirigencia de la CTC, con Eusebio Mujal al frente, se plegó completamente al gobierno de Batista, incluso en los momentos de máxima impopularidad del mandatario, motivo por el cual quedó casi inactiva tras la caída del régimen. 

Sin embargo, después vendría lo peor. El destino quiso que la dirección del movimiento obrero se les fuera de las manos a Batista y a los Auténticos. Sería un nuevo actor, Fidel Castro, quien se apoderaría de él y de todo el país. Él mismo, tras traicionar a sus compañeros del M-26 de Julio, les abrió las puertas a los comunistas para que se constituyeran en los mandamases de la CTC.

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