Humberto López sobre la lona

Escarmiento, aunque sea imaginario, para Humberto López.
Humberto López
Humberto López (Captura de video: TVC)

LA HABANA, Cuba ― Hay noticias que resultan difíciles de creer, noticias que nunca se hacen acompañar de comprobaciones, ni siquiera las más mínimas. Hay noticias que no van más allá de los comentarios y que no se acompañan de investigaciones. Las más comunes ocurren en las redes sociales y sin mucho respaldo; solo el cotilleo las acompaña.

Y algo así sucedió hace unos días. La Televisión Cubana perdió la señal, se quedó a oscuras, y ahí se sucedieron las especulaciones. Que fue una bronca entre periodistas, que a uno le sacaron un ojo y que ese uno era Humberto López. Luego se vieron en las redes unas imágenes que resumían el entuerto.

Humberto, ese al que el pueblo de Cuba llama “Umbrete López” recibió los pescozones más fuertes de su vida, porque en esos casos es siempre el pueblo el que decide quién será el perdedor y quién cargará sobre sus espaldas la derrota. Eso siempre lo decide el pueblo que mira esas imágenes. Todo el mundo quería ver la bronca que tenía todo el protagonismo de las redes. Muchos querían ver los puñetazos y la mano levantada de algún ganador.

Y esta vez el triunfante no fue el Gobierno y tampoco Raúl Castro, y tampoco su hermano, el extinto Fidel Castro. Ellos no lucieron las medallas como se acostumbró siempre. Ay, las medallas no colgaron de esos cuellos ni tan cerca de los hombros sobre los que descansan siempre las armas que matan, las armas que defienden los intereses más insanos, y contra el pueblo que sufre el peso de la tiranía.

No lucieron medallas los secuaces del comunismo. Fuimos los otros. Fuimos los del hambre y los apagones los que vencimos en esa plaza que se hizo ring. No hubo secuaces sobre el ring, no hubo un secuaz que luciera la medalla colgándole desde el cuello antes impoluto.

Ese Humberto quedó esta vez sobre la lona, sobre una lona repleta de sudores, de olores francamente fétidos. Y una gran mayoría fue a las redes para mirar esa contienda y también se enroló en los múltiples aplausos, de la misma forma en que dedica grandes vítores a sus campeones en las tantísimas competiciones en las que el país participa.

No le importó a nuestra gente que eso no fuera parte de la realidad, sino que agradeció mucho. Yo también retribuí, aplaudí y hasta le pedí a Dios que volviera reales esas escenas.

Y es que la justicia también se consigue de esa forma, incluso en una pieza de ficción, en una puesta teatral. La justicia también se consigue en el teatro y con aplausos, con vítores. Imagine usted esa escena en cualquiera de las salas de teatro de la ciudad, del país. Yo quisiera ver esas escenas en todo el circuito teatral de la Isla.

Imaginemos una puesta en El Trianón, en las salas más centrales del circuito teatral habanero, incluso en todas las salas del país, donde Humberto represente el despotismo de los comunistas en cada rincón de Cuba, y siempre vistiendo un traje verde olivo. Humberto en todas las salas que en el país se levantan. Humberto vestido de miliciano y con estrellas en sus charreteras.

Humberto en Santa Clara y en Holguín, en Camagüey. Humberto, el militar, echando un bote a la mar porque tiene miedo a que lo ataquen, a que le den bofetadas a montón, y el país todo desecho en enormes aplausos. Los deseos a veces se cumplen, unas veces en el teatro y otras, que no son pocas, en la realidad. Humberto, un desechable en medio de un repudio sin fin. Eso sería tan revolucionario que despertaría alguna felicidad a los que sufrimos sus impertinencias, sus postraciones infinitas.

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