Hace unos días vi que en el parqueo del Estadio Latinoamericano, en El Cerro, ubicaron una pequeña carpa del Circo Nacional de Cuba, que anda de forma itinerante por los municipios para acercar la diversión a la población, en estos momentos de carencia casi total de transporte público.
En el entorno de la carpa han ensamblado un parque de diversiones para niños y quioscos, donde venden confituras y otros refrigerios, bastante caros, para, de paso, retirar un poco de dinero circulante, algo que no oculta el gobierno que es uno de los objetivos de su política económica.
Desde tiempos de la colonia, modestas compañías circenses recorrían el país, llegando hasta los puntos más remotos, principalmente durante la zafra azucarera y en otras fechas.
Recuerdo que en los terrenos aledaños a la fábrica de muebles Orbay y Cerrato, en Infanta y Manglar, en El Cerro, hubo temporadas de circos.
Por Cuba pasaron grandes circos, algunos de los mejores del mundo, como el Ringling, en la década de 1940, y el Circo Soviético, en las décadas de 1960 y 1970.
Mucho tiempo duró el programa “El Circo en Televisión”, donde además de números de magia y trapecistas, actuaba un payaso muy famoso, Trompoloco, que era encarnado por el muy versátil actor Edwin Fernández, y otros payasos también muy buenos como Zapatón y Zapatico y Chorizo y Choricito.
El poeta romano Juvenal, en el siglo I antes de Cristo, dijo: “Desde hace mucho tiempo, el pueblo ha abdicado de sus deberes, pues el pueblo que antaño repartía con sus votos mandos militares, altos cargos civiles, legiones, todo, ahora se contiene y anhela ansiosamente solo dos cosas, pan y circo”.
En Cuba, esa idea de Juvenal se ajusta a una realidad: la mayoría de las personas solo piensan en comer y divertirse.
El régimen castrista, con un eficiente aparato de control ideológico, no ha perdido oportunidad de mantener distraída a una gran parte de la masa acéfala. Y lo ha hecho de diversas formas.
La música y el baile tienen gran arraigo en el gusto de los cubanos. Incluso de los niños (basta ver cómo desde muy pequeños se mueven siguiendo el ritmo de la música). De ahí que el grupo teatral-musical La Colmenita, dirigido por Tin Cremata, contara con el apoyo de Fidel Castro.
A principios de la década de 1980, el programa televisivo Para Bailar, que buscaba promover el gusto por la música cubana, captó la atención de una buena parte de las personas en el país.
En las últimas décadas, las ruedas de Casino son promovidas por instituciones del Estado. Y muchas personas, sobre todo las más pudientes, por lo caras que resultan, acuden a las Casas de la Música para “mover el esqueleto” al son de sus cantantes y orquestas preferidas.
Un gran esfuerzo hacen los mandamases castristas por mantener distraída a la gente; lo que no logran es aplacar el hambre de la población.
La alimentación es el problema más recurrente de los cubanos en los momentos actuales. Las conversaciones diarias giran siempre sobre ese tema. La molestia, el disgusto y las expresiones de inconformidad se escuchan en la vía pública, como nunca antes en 67 años de castrismo.
La gente se queja de los precios, de la escasez, de la mala calidad de los alimentos. La comida, o la falta de ella, es asunto de altísima preocupación en la mayor parte de las familias. Escapan a esta situación quienes se encuentran en altos cargos del poder, aquellos que tienen negocios y los que reciben remesas del exterior con frecuencia (y aun así estos últimos también protestan, pues el dinero nunca les alcanza).
Los más afectados son los ancianos jubilados, cuyas irrisorias pensiones no cubren ni la décima parte de sus necesidades. De ahí que se vea a muchos ancianos que escarban en los basureros en busca de algo que puedan vender e incluso comer. Da lástima y horror.
Las múltiples penurias que atraviesan los cubanos de a pie para resolver sus necesidades, incluyendo la obtención del pan de cada día, hacen mucho más difícil la subsistencia.
Los dirigentes castristas, con su ineptitud, son incapaces de lograr lo que consiguieron hace más de 2.000 años los emperadores romanos. Si Juvenal viviese, exigiría: “Pan aunque no haya circo”.









