LA HABANA, Cuba.- En un interesante artículo publicado el sábado en CubaNet, el colega Jorge Luis González Suárez expresa sus opiniones sobre el dilema que, dada la catastrófica situación que padecen ahora mismo nuestros compatriotas de la Isla, se abre ante ellos. Su título lo expresa todo: “Rebelarse o resistir: la disyuntiva que enfrentan hoy los cubanos”.
El autor describe los pasos dados por los castristas desde el instante mismo de su trepa al poder, a comienzos de enero de 1959, con un objetivo central: de inicio, entronizar el miedo entre sus súbditos, y después, reprimir a aquellos que se animasen a protestar o simplemente discrepar. A todo ese pasaje del ameno escrito me animo a darle un solo calificativo: Excelente.
Coincido con él cuando expresa que no considera factible “la solución que algunos proponen: la anexión a Estados Unidos o la conversión de Cuba en un Estado Libre Asociado, al estilo de Puerto Rico”. Pero al tema de estas dos posibles variantes ya consagré un artículo publicado aquí mismo en CubaNet el pasado 21 de mayo, y no vale la pena que yo repita lo mismo.
Sí discrepo del pesimismo que confiesa González Suárez en su parrafito final: “Pienso que, con mis casi 80 años, no veré el final de esta pesadilla”. ¡Imagínense ustedes, amigos lectores, si eso piensa el colega, que aún no merece el calificativo de octogenario, qué quedará para el autor de estas líneas, que tiene 82 ya cumplidos!
Tampoco estoy de acuerdo en que las alternativas fundamentales sean las que se deriven de la decisión que adopte el pueblo cubano: “rebelarse o resistir”. En su texto, el colega Jorge Luis parte de un supuesto: la existencia, en las esferas del poder, de un bloque monolítico, sin fisuras, consagrado a atropellar de mil modos a “las masas populares” (frase predilecta de los mismos comunistas) a ellos sometidas.
Eso es lo que los castrocomunistas quieren que nosotros, los cubanos de a pie, creamos. Pero esto no significa que sea verdad. Y menos en la situación que existe ahora mismo, cuando, como bien señala González Suárez en su artículo, “el malestar general es enorme. Basta escuchar en la vía pública las quejas y los insultos contra los mandamases”.
Es verdad que el todopoderoso Partido Comunista (que se autoproclama —¡y nada menos que a nivel constitucional!— como “único”), así como muchos de sus miembros, gozan de extraordinarios privilegios. Pero eso no significa que sus militantes (cuyo número disminuye de año en año, aunque los castristas traten de ocultar ese hecho elocuentísimo) radiquen en una especie de compartimiento-estanco, aislados del resto de sus conciudadanos.
Por supuesto que el “enorme malestar general” que señala con acierto el colega Jorge Luis es conocido también en las filas del bolchevismo criollo. ¡Sería imposible que no lo conocieran! ¡Si entre sus propios parientes (al menos, entre los menos cercanos, los cuales, por eso mismo, son también los menos beneficiados con los privilegios comunistas) los hay también afectados y que, aunque sea en términos comedidos, expresan asimismo su desacuerdo con el abominable estado de cosas imperante.
En ese contexto, me animo a insistir en un tema que he planteado ya, en diferentes ocasiones, en estas mismas páginas. Resulta razonable esperar que, en medio del rechazo generalizado hacia el sistema impuesto que exterioriza la generalidad de los ciudadanos, llegue un momento en que, dentro de las mismas filas comunistas, encuentre acogida ese mismo repudio extendido.
Esto no sería nada nuevo. Dentro de la treintena de países actuales que en todo el mundo, felizmente, se han librado del yugo comunista, la regla ha sido que, en un momento determinado, dentro de las filas del mismo partido único se realice un cambio de dirigencia. Este último, a su vez, puede abrir los cauces para iniciar reformas económicas y políticas que permitan al pueblo expresarse con libertad.
¿Quién se acuerda ahora mismo de los regímenes aparentemente monolíticos y eternos que imperaban en —digamos— Polonia, Checoslovaquia o Mongolia! De ellos queda apenas el triste recuerdo que los historiadores, los políticos y las personas de bien en general, procuran que no caiga en el olvido, para evitar que los respectivos pueblos se vean de nuevo bajo la férula de esos regímenes que, so pretexto de brindar “justicia social”, lo que hacen es someter a sus súbditos a la opresión y la explotación más desenfrenadas.
En el caso de Cuba hay determinadas dificultades específicas. Cabe destacar, ante todo, la falta de democracia interna en las mismas filas comunistas. So pretexto del llamado “centralismo democrático”, someten a las células o núcleos a la voluntad de los organismos dirigentes de nivel superior. No olvido que, en la época en que yo aún trabajaba en los bufetes colectivos (en el pasado siglo) y junto con otros colegas abogaba por el restablecimiento del libre ejercicio de la abogacía, la generalidad de los militantes de filas estaban de acuerdo con nosotros.
No obstante, entraron en funciones los mecanismos coercitivos comunistas que operan en el propio seno de la organización, y aquellos deseos de los simples abogados que contaban con un carné rojo se convirtieron en sal y agua. En las reuniones de los núcleos no faltaron los fatídicos “instructores”, que so pretexto de transmitir las “orientaciones” de las altas esferas, abortan cualquier iniciativa que desagrade a estas.
En el caso de Cuba, habrá que tener presente asimismo el carácter dinástico del régimen impuesto. Y el notable peso específico que, en ese contexto, posee el apellido Castro. Esta realidad (que podemos calificar de “bien poco comunista”) se ha puesto de manifiesto con las recientes polémicas que han tenido como centro la figura de Raúl Guillermo Rodríguez Castro (alias “El Cangrejo”), nieto favorito del actual jefe de la dinastía.
Esa realidad, así como el notable peso específico que, dentro del régimen, poseen los uniformados, pueden hacer necesario que, antes de que se inicie el anhelado cambio, haya que esperar a que fallezca el General de Ejército. Un desenlace natural, por supuesto; y que, por lógica de la vida, no debe tardar demasiado en producirse, pese a la asombrosa longevidad de que ha dado muestras ese personaje.
Esas realidades, en medio del contexto internacional caracterizado por las firmes presiones ejercidas por la Administración de Trump-Rubio para lograr cambios sustanciales en el régimen de La Habana, deberán conducir —creo— al inicio de los cambios que, en medio de la situación catastrófica que enfrenta Cuba, propiciarán que se adopten pasos democratizadores que permitan a nuestro pueblo salir de la furnia en que lo tienen metido los castrocomunistas.









