LA HABANA.- En semanas recientes han proliferado en las redes sociales y en la prensa independiente numerosos pronunciamientos a favor de la anexión de Cuba a Estados Unidos. Tampoco han faltado artículos de opinión que defienden esa tesis, aunque, entre los que personalmente he escuchado o leído, predominan los que se oponen a esa idea.
Uno entiende que, en medio de la situación catastrófica en que décadas de políticas castrocomunistas desacertadas y contraproducentes han hundido a la desdichada Cuba, muchos compatriotas, incapaces de imaginar una salida a esa realidad —y un retorno de nuestra patria a tiempos de prosperidad y esplendor—, opten por renunciar a la independencia.
No deja de resultar irónico que esa situación extrema se produzca justamente tras décadas de ejercicio del poder por el régimen más antinorteamericano de nuestra historia. El mismo instaurado por el hombre que, en una carta enviada a su amiga, secretaria y confidente Celia Sánchez, meses antes de hacerse con el poder, expresó que entreveía su verdadero destino en luchar contra Estados Unidos. De ese propósito el pueblo cubano ha terminado convertido en rehén.
En lo personal, no comparto esas ideas anexionistas. No sé si la edad desempeñe un papel importante en este tipo de decisiones, pero lo cierto es que, tras décadas haciéndome a la idea de una Cuba independiente y soberana, no me resulta fácil —¡en absoluto!— cambiar de opinión y aceptar como propia una bandera distinta a la diseñada por Narciso López.
Otra cosa muy distinta, claro está, es ser partidario de normalizar relaciones con nuestro gran vecino norteño. Es absurdo —pienso— que nuestra pequeña Cuba mantenga relaciones tensas con la primera potencia mundial, que además es nuestro mercado natural y uno de los países más cercanos a nosotros. Se trata, por añadidura, de la nación que ha acogido generosamente a un par de millones de compatriotas.
Sobre el tema de la anexión quisiera compartir con los lectores una idea que considero brillante y esclarecedora, aunque debo aclarar que no me pertenece. Su autor es un compatriota fallecido hace ya varios lustros, y creo justo hacer antes una breve semblanza suya para quienes no tuvieron el honor de conocerlo. Después reproduciré su agudo comentario, que adquiere ahora —me parece— especial actualidad.
Me refiero al jurista e intelectual Jorge Bacallao Pérez. Tuve el honor de conocerlo más de cerca cuando ambos trabajamos en el Bufete Colectivo “José Martí”, ubicado entonces en el edificio Miralda, en Galiano entre Concordia y Virtudes. Al tratarlo conocí diversos detalles de su biografía.
En su juventud fue seducido por los cantos de sirena del marxismo-leninismo. Su etapa como militante comunista duró varios años. Finalmente se desencantó y “el camarada Bacallao” pasó a convertirse, con más rapidez que lentitud, en “el tránsfuga Bacallao”. Cuando, tras el triunfo de Fidel Castro, los “rojillos” accedieron al poder, el jurista dejó de ser objeto de predilección para convertirse en blanco de su ojeriza.
Sufrió prisión por una causa contrarrevolucionaria que, según aseguraba él mismo, no fue más que un vulgar “paquete”. Fue liberado pocos meses después, detalle que parece confirmar la inconsistencia de la acusación formulada en su contra. Ya reincorporado al foro habanero, fue uno de los abogados a quienes se les retuvo el carné profesional: una maniobra burocrática aplicada por el entonces ministro Yabur para impedirles ejercer la profesión.
Recuperado finalmente el documento que le permitía practicar la abogacía, el doctor Bacallao continuó atendiendo a su amplia clientela. Cuando en 1974 se prohibió el ejercicio privado, se incorporó a los bufetes colectivos. Y cuando estos fueron “reorganizados” en 1984 mediante la creación de la nueva ONBC, don Jorge fue uno de los juristas —aproximadamente el 10 % de los que ejercían entonces— víctimas de aquella verdadera purga estalinista.
A partir de entonces profundizó sus vínculos con organizaciones de la oposición y la disidencia. Al constituirse la Corriente Agramontista como la primera agrupación de abogados cubanos independientes, Bacallao pasó a ser uno de sus miembros más prominentes. Para mí, como presidente de aquella organización, su presencia constituyó un verdadero honor.
De Jorge Bacallao puedo decir que era un maestro de la ironía. Los abogados más jóvenes —y otros que ya no lo eran tanto— aprendíamos muchísimo escuchándolo. Fuera del ámbito profesional, era un conversador extraordinario. Rara vez una charla con él no terminaba acompañada de sonoras carcajadas provocadas por sus ocurrencias.
Pues bien, ¿qué decía este jurista brillante sobre el tema de la anexión? Debo aclarar antes que, aunque no con la intensidad actual, en los años en que él aún vivía este asunto también surgía de vez en cuando. Eso explica el comentario que hizo entonces y que ahora comparto con los lectores.
Decía el doctor Bacallao:
“Supongamos que toda la población de Cuba se reúna en un lugar capaz de contener a millones de personas —digamos, en las llanuras de Camagüey—. Imaginemos también que todos, arrodillados y de manera unánime, supliquen la anexión a Estados Unidos. ¿Cuál sería la respuesta norteamericana a esa petición? Un ‘no’ rotundo…”
Resulta evidente que el comentario de Bacallao no estaba exento de cierta truculencia. La súplica presencial de los cubanos buscaba, claro está, evitar cualquier duda sobre la autenticidad del pedido. Y la imagen de millones de personas de rodillas pretendía recalcar la profundidad de aquella decisión, descartando cualquier idea de entusiasmo pasajero.
Pero más allá de la exageración, creo que la idea queda clara. Y espero que lo concebido hace tantos años por el fértil cerebro del doctor Jorge Bacallao pueda resultar útil para algún compatriota que, en medio de la dificilísima coyuntura actual, contemple la posibilidad de solucionar los infinitos problemas de Cuba mediante la anexión.







