El más reciente poemario de Gleyvis Coro Montanet (Pinar del Río, 1974) se titula La catedral de la mujer y ha visto la luz (aquí la frase hecha es un doble sentido) bajo el sello asturiano Bajamar Editores, que lo cataloga como “un libro de sonetos sobre la naturaleza femenina”.
Según la autora, a quien entrevisto, la idea era escribir un libro de totos y de tetas. Y escribió, qué duda cabe, un libro de totos y de tetas. Y también un libro de poemas femeninos y femíneos y femeniscientes y feministas, o quizás eso último no. Depende.
Lo que está claro es que todo el flujo fem –me lo acabo de inventar–, el poemario de Gleyvis lo desnuda o lo destila o lo condensa como fe. Una cosa no se entiende sin la otra. Fe en el cuerpo, en unos cuerpos, en partes de cuerpos: una corporalidad hecha ritmo y lenguaje poéticos. Una fe que de tan religiosa se vuelve blasfemia, y que de tan blasfema se vuelve religiosa.
Desde el título, el libro es su propia iglesia, y está dividido en secciones que subrayan esa naturaleza de culto, ya sea devoto o hereje: “Capillas y campanarios (orgullo de género)”; “Ábside”; “Deambulatorio”; “Coro (himnos, salmos, cánticos y voces)”; “Transepto (identidad)”; “Crucero (seno y pechos)”; “Nave central (ovarios, útero y vagina)”; “Nártex (vulva)”; “Criptas (matrias eternas)”; “Naves laterales (piernas y pies)” y “Confesionario (pecados capitales)”.
No creo que se pueda explicar mejor de qué van estos planos. Hay milagro y felicidad, alumbramiento y feligresía, más cierta nana de incunable y códice caribeño.
El poemario concluye con una “Homilía” a manera de postscriptum; en ella se lee:
“Están lloviendo mujeres / trisexuales, antimiedo. / Caramba, yo me las quedo, / machango, si no las quieres. / No hay réquiem, ni misereres, / ni daño que disminuya / esta brusca lluvia cuya / nube pare amaneceres / magníficos ¡Aleluya! / Y mil veces ¡Aleluya! / ¡Están lloviendo mujeres!”.
Primero pensé preguntarle a Gleyvis dónde estaba cayendo esa lluvia, pero de inmediato di con la respuesta. Y tú también. Así que le preguntaremos otras cosas.
La catedral de la mujer se organiza como una antología, un espacio que abre las puertas al final de un peregrinaje. ¿Cómo surgió la idea? ¿Los poemas ya escritos te guiaron hacia la catedral, o fue la analogía de la catedral y sus interiores la que te llevó a seleccionar y disponer de este modo los poemas?
La idea del templo integrado al circuito de viaje no estaba desde el primer momento. Empecé por los sonetos del transepto –sitio en que la nave transversal se encuentra con la principal y le da a la iglesia, a vista de planta, su forma de cruz latina– en una sección que no sabía todavía cómo se llamaría –siempre escribo libros por secciones– y que fue ocupada por las piezas más desasidas: los sonetos mamíferos.
La mejor especie dentro del soneto.
En principio, yo quería escribir un libro de tetas y totos en sus diferentes circunstancias. El juego con la analogía con las partes de la catedral vino después, por la tristeza que comenzaron a mostrar los sonetos del cáncer de pecho.
De pronto, me vi en una disyuntiva: o seguir por la pasarela triste de las terapias de mama o abrir las alas del relato poético. Opté por lo segundo y se convirtió en un libro de peregrinación para lectores más activos que pasivos.
La idea de la catedral integrada de forma intencional a un itinerario espiritual no era propia, ni nueva, ni poco frecuentada; estaba en mi día a día español, en la gran cantidad de iglesias de todas las épocas que he visitado en los últimos 16 años. También se complementaba con la figura del soneto –una estructura próxima a cumplir sus 800 años–. A partir de ahí, los comodines de ambas arquitecturas clásicas guiaron, con sus formas cuadriculadas, los contenidos. El epicentro no dejó de ser lo femenino. En todo caso, se potenció, se expandió.
Sobre esa figura que acabas de mencionar: desde la más profunda ignorancia métrica, a mí me parece que tus composiciones se toman muchas libertades con respecto al modelo clásico…
Es un libro de sonetos. La estructura lleva las riendas del animal creativo todo el rato. Y sí, varias piezas se abandonan a juegos menos lícitos con la forma: el verso quebrado, el estrambote, la modificación del orden tradicional de la rima o de la consonancia ortodoxa… Cosas que un purista –con una regla en una mano y un látigo en la otra– catalogaría como juegos sucios y que, en este cuaderno, como en otros míos, responde a una decisión asumida a favor del contradiscurso, como guiño a lo deconstructivo para dinamitar el argumento.
A su favor, debo decir que la principal línea roja fue no afectar el sonido: que al oído musical nada le faltara ni le sobrara. Lo digo porque perpetro rimas desde los 7 años y sé que lo académico a menudo califica como verso corto (o largo, o mal rimado) líneas que en lo oral suenan estupendas.
Este libro encontró en este cimarronaje otra explicación que es cubana, que es antillana y que es, por supuesto, feminista.
¿Qué encuentras en el trabajo con las estructuras rimadas que no te dan otras formas del verso?
Barra libre para la vehemencia, atajos para una comunicación tremenda con los lectores, plataforma para la sátira, la caricatura, el doble sentido y accesos para algo tan grave como el humor en la poesía.
La rima ha sido mi mejor entrenamiento para aprender a decir, con claridad, cosas que no me atrevería a pensar siquiera sin el favor de sus andamios. Encima, tiene un sustrato cultural muy grande –campesino y lingüístico– que facilita, más que cualquier otra estructura literaria, el tránsito de la obra escrita hacia la oralidad cantada, recitada o contrapunteada en foros sociales (redes, recitales, tertulias online o presenciales), cosas clave para actualizar y mantener con vida el discurso poético.
De hecho, en muchos de tus poemas suena de fondo cierto aguaje de trova popular. Lo digo como elogio: catedral más cancionero, o confesionario con cantautora dentro…
Coincidimos en lo que suena. Estos poemas vienen de ahí, pero no creo que vayan hacia la trova. Y lo digo como crítica. Son más sones y guarachitas. ¿Pasan la trova tradicional y la Nueva Trova por ellos? Sí, pero sin encajar del todo, por un defecto de arritmia, de incompatibilidad con el verso más libre que le viene de fábrica a los primeros trovadores y de Vallejo, a los segundos. Yo he copiado mucho a Vallejo en lo deconstructivo, pero esquivo sus salidas y sus entradas por cuestiones de cadencia. ¿Has visto algo más fuera de ritmo que el disco Noel Nicola canta a César Vallejo?
Noel Nicola y César Vallejo no deberían estar en la misma oración… ¿Qué otras músicas, silenciadas o cantadas, han sonado en tu cabeza a lo largo de la escritura de este libro?
Hay mucha música silenciada y cantada y músicas mandadas a silenciar por mí misma, más otras que perdí con el exilio y asoman y suenan por detrás de casi todos los versos. Cualquier cubano de a pie puede dar con ellas: Arsenio Rodríguez, Miguelito Cuní, El Guayabero, Chavela Vargas, Pedro Luis Ferrer, Frank Delgado, Guillén –sí, Guillén–, Luis Carbonell, José Tejedor… Siendo siempre el timbre más agudo el literario. Porque he leído más poesía y escuchado menos música. Y así nos va.
Háblame por favor del poema titulado “Medieval”. ¿Está escrito de verdad en castellano antiguo?
No, es un juego paródico. Toma algunos arcaísmos bastante simplones y obvios y los mete en un poema a ritmo de guarachita trasnochada. Me encantan esos juegos.
Al hacerte esa pregunta, he recordado que eres profesora de una universidad madrileña cuyo nombre rinde homenaje al padre de la gramática castellana. ¿Cuántos castellanos hay en ti? ¿Qué otras gramáticas se hacen sitio en tu cabeza? Entiendo que una de ellas es la ciencia médica…
A Nebrija llegué dando tumbos (me explotaron y me dejé explotar muchísimo en las universidades previas). Allí no trabajo menos, pero es el primer lugar –de la península y del planeta– que abraza mis dos vertientes de expresión: la estomatológica y la literaria. Algo que muchos ven como ejercicios desconectados tienen, en mi vida, una correspondencia feroz. Y efectivamente, ninguna sería lo que ha llegado a ser sin la otra. Ambas se han pulido y condimentado de una manera magnífica. Suelo decir –en broma o no– que se entienden tan bien porque tienen, como centro, la lengua.
También opino que esta pregunta ayuda a cerrar no solo una sino las dos respuestas anteriores y quisiera sumarle una declaración pública de mis fórmulas. Perdona que me ponga a recitar en medio de la entrevista.
Adelante, esta entrevista es pura recitación.
Receta para rescatar la rima
Por proteger su legado,
frenar el escepticismo
y disparar el lirismo
del buen poema rimado
en un litro de Machado,
vierto un huevo de Darío,
una Sor Juana al vacío
un Lorca y una Mistral.
Les mezclo y juego, con sal,
a darle ese punto mío.
Mido a ojo y echo a dedo,
en un sartén de los grandes,
cebollas Miguel Hernández
y tequilas José Alfredo.
Sumo picantes Quevedo.
Cuezo, lo pruebo, sonrío.
A veces te sirvo un frío
Alberti al Vallejo en crudo.
Hay en prosa, pero dudo,
que esos gusten más que el mío.
Cocino sobre un tiznado
Calderón el sueño interno
de que vuelva a ser moderno
el buen poema rimado.
Prueba el verbo emocionado
con Lope y Nervo relleno.
Degústalo ya, sin freno,
comensala, comensalo.
Si un verso me sale malo
verás que el siguiente es bueno.
Una de las secciones de tu catedral está dedicada a los pechos. “Soy de tetas porque soy de oxitocina”, escribes. “Soy de tetas porque gusto de chupar. / Soy de tetas porque serlo determina / una forma ¿más progre? de pensar”. ¿A qué te refieres ahí con progre, y que hay (o no) de progre en unas tetas?
Ese día, cuando escribí “progre” pensaba en lo woke. Un enfoque que, más allá de las críticas o defectos que se le atribuyan, le hacía falta a la mujer que retrata el libro. Eso no quiere decir que sea una alusión estanca, ni que el primer impulso de un autor permanezca inalterable. De hecho, no suele tener relevancia alguna después.
Ahora, ¿qué hay de woke en unas tetas? En las contemporáneas, mil cosas: lo woke, lo antiwoke, lo clásico, lo barroco, lo que hubo antes y lo que vendrá gravita sobre las mamas, las inyecta con su tacto y su leche. Las mamas son, junto al clítoris, las estructuras humanas más fascinantes de la naturaleza. Todo las influye y ambas, dispares, sintéticas o con cicatrices impactan sobre lo vivo. Me encantaría tener tiempo (y dinero) para escribir un tratado al respecto.
Como me comentabas antes, en ese mismo conjunto de poemas le escribes también al pecho enfermo de cáncer, al pecho sometido a tratamiento, al pecho que, o se mutila, o te mata. En un libro que por lo general sostiene un tono gozoso, estos textos aportan sombra y tristeza; quizás la contracara a cierta idealización erótica.
Ese enfoque está en las antípodas de toda idealización erótica o poética y el libro nace de ahí. Lo gozoso vino después. Debo reconocer que hubo una necesidad de mujer-autora de salir de ese poso a buscar la alegría. Sin ser, ni uno ni lo otro, concesiones comerciales. La tristeza de la enfermedad aleja al lector de cualquier parte. La gozadera y lo poco serio –al menos en el mercado donde se iba a publicar el libro– era jugar con otra baza en contra. En España, la poesía que no muestra una seriedad marcada tiende a ser considerada menor porque los editores no tienen los paladares abiertos a la sabrosura.
En la serie de poemas titulada “Matrias eternas”, le cantas a Cleopatra, Gabriela Mistral, La Macorina, Maria Curie, Tina Turner, Broselianda Hernández… y Miguel Hernández. ¿Qué hace el poeta de El rayo que no cesa entre esas mujeres? También, en un poema anterior, tu yo lírico se define, entre otras cosas, como “medio hermana de Miguel Hernández”.
Miguel Hernández fue mi mayor descubrimiento literario en España. En primer lugar, me reconocí en su trayectoria. Ambos empujamos la carreta del desarraigo por las mismas calles madrileñas. Ambos lloramos de frustración en la ribera del Manzanares, ambos fuimos despreciados como rurales y autodidactas. A los dos nos rechazaron las mismas élites.
En el colegio, yo había leído sus poemas. Pero al releerlos aquí cobraron profundidad y grandeza. Por otro lado, no quería una catedral negada a la polla ibérica, ni a la pinga cubana. ¿Pude meter a Lorca o a Martí en sendas criptas? Sí. Lorca y Martí se me antojan más feministas que Miguel. Pero el de Orihuela es un machirulo que escribía nanas y en ese brinco materno hay una superación más meritoria de lo patriarcal que la que me da Lorca y –lo siento si parece herejía– con poemas menos afeitados que los de Martí al Ismaelillo. Por eso también las pingas cubanas de este libro cuelgan de los pubis ordinarios de las gentes sin nombre. Creo que son, a la larga, las más ricas.
Al poema titulado “Mi coño contra el machismo de izquierdas” le sigue otro poema titulado “Mi coño contra el machismo de derechas”. ¿En qué se asemejan y en qué se diferencian esos machismos?
Se parecen tanto que no logro hallarles una diferencia de peso. Quizás el machismo de derechas sea menos hipócrita. No sé. Con independencia de sus polos opuestos destilan discriminaciones gemelas.
Por eso escribí esos dos poemas siameses, enfrentados desde esquinas contrapuestas –como en un ring de boxeo– que utilizan los símbolos cromáticos de los bandos en pugna: por una parte, el rojo vivo o mate de las banderas de la izquierda, de sus políticas de Estado y de las cortinas de damasco ruso de mi cuarto en Cuba, con todo su merchandising diluido en el rojo carnal de la vulva; por otro lado el negro de la derecha, con el mismo color del luto de las tragedias lorquianas, que es el machismo de mi exilio, enfrentado al negro crespón del vello púbico.
Ambos poemas unidos impactan de manera deliberada contra el discurso culto, tiran de la vulgaridad como estrategia y hacen que la parte más reprimida del cuerpo oprimido encare a los dos poderes.
Escribes: “Sé que van a venir los muy cabrones / cuando esté muerta, sepultada, muda, / a joder la vejez sin pretensiones / de mis dos exparejas y mi viuda”. Escribes: “De mis jueces de ahora y sus agravios / no quedará ninguno, ni el más duro. / Pero mis versos vencerán. Lo juro”. Me dan curiosidad esas figuras de jueces y cabrones que asoman en tus versos.
Bueno, son trasuntos diferentes que manejo a la largo del libro y, en estos casos, responden a circunstancias distintas: en el primero, soy yo misma metida en una cripta, ya para siempre tranquila en mi no-ser, vencedora en el no-haber-sido. El soneto rezuma una paz victoriosa.
La segunda cita –ubicada antes en el poemario, acaso no prevalezca tanto en una lectura lineal– narra un enfado monumental con los ninguneadores. La escribí bajo esos estados de excepción que sufre una mujer, tras los que es necesario abrir de golpe un paraguas de autoestima.
En cada caso, terminan con la victoria sobre los jueces de la censura y los cabrones del apabullamiento.
¿Quiénes son ellos?
La lista es larga. Los hay a paladas en todas las geografías. Están ahí para jodernos. Representan la derrota y me los imagino sonriendo cada vez que se salen con la suya. Así de simplones son. Y aunque use el genérico, no todos son hombres. Hay mujeres de libro.
Contra todos, la victoria por vía de una vida feliz, al margen de cualquier presunción de gloria y la trascendencia a través de una obra honesta son los antídotos más al uso. Sueño con un postmortem sazonado con cualquiera de esos dos equilibrios.
Con el wokismo y la movida transgénero (tema al que también dedicas un par de poemas), en medio del choque de militancias (la pancarta que reza “Las mujeres trans son mujeres” frente a la pancarta que explica “Ser mujer no es un sentimiento”), se ha politizado hasta el absurdo una pregunta que no tengo más remedio que hacerte, porque de algún modo también sobrevuela tu catedral: Gleyvis, ¿qué es una mujer?
Ser mujer es un estado de gracia que no tengo manera de expresar en prosa. Por eso, atando cabos, puse poema sobre poema en este libro. Un poco harta, también, de todas las confrontaciones que señalas.
Opino que las mujeres trans son mujeres y que ser mujer es también (aunque no solo) un sentimiento.
Tengo más argumentos y están en el poemario.
En otro orden de cosas: ¿qué estás leyendo ahora? Coméntame sobre libros, autores, temáticas, poéticas, etc., que te hayan interesado especialmente en los últimos tiempos.
Atravieso una nueva etapa de poquísimas lecturas tradicionales. Estoy montando la carrera de odontología en Nebrija, me acabo de matricular en un máster de humanidades contemporáneas y en los tiempos libres, en lugar de leer historias en letra impresa, leo series en las plataformas de streaming, escucho podcasts o vídeos (son las más potentes formas de narrativa contemporánea). Y escribo, que para mí es leer dos veces.
Por la vía tradicional, buscando muestras de insolencia narrativa me he bebido El desbarrancadero, de Fernando Vallejo. Para una reproducción de enfoques feministas y rurales me he acercado a Ellas hablan de Miriam Toews y a Los suicidas del fin del mundo de Leila Guerriero (audiolibro). Leo y releo muchísimo los ensayos de Joseph Brodsky, trato de entender la narrativa breve de Samanta Schweblin y estoy pensando –muy seriamente– mudarme al audiolibro porque mi visión está poblada de moscas volantes (miodesopsias) y la escucha me permite aprovechar los tiempos vetados a la lectura con ojos.
No sé si recuerdas una novela titulada La burbuja.
La recuerdo. Fue la primera de una bilogía sobre el abzurdo cubano. Me dio muchas satisfacciones, o todavía me las da. Después vino el tajazo del desarraigo y tuve que abandonar la narración en prosa.
¿Pero tienes pensado volver a la escritura de ficción?
Me he mantenido en el relato poético, escribiendo tragicomedias en verso y publicando en redes mucho verso narrativo que es ficción. También comencé a escribir la segunda novela proyectada, que en este momento está detenida porque ha brotado el impulso de contar (con endecasílabos y heptasílabos) la historia de dos guajiros homosexuales bajo la dictadura castrista, una suerte de Brokeback Mountain criollo. Hago énfasis en estas iniciativas porque deseo que se note y se popularice el uso del verso para narrar.
Voy a mencionar dos topónimos y una distopía. Dime, en dos o tres líneas, lo primero que se te venga a la cabeza:
Pinar del Río
En las tinieblas.
Madrid
El vagabundo.
El futuro de Cuba (o La burbuja)
Como nave sin rumbo.
(No son respuestas. Son boleros de José Tejedor).
Antes de terminar, quiero que me digas cuál es tu poema favorito de La catedral de la mujer, para copiárselo aquí a los lectores de Rialta.
Sería injusto seleccionar uno solo. Te diré dos y me quedo corta: “Devocional por la teta pequeña” y “Olor y sabor de mujer”. Elige y copia el que más te guste.
Ya hemos hablado mucho de tetas y no tanto de totos, así que me inclino por el segundo:
Olor y sabor de mujer
¿A qué huele, a qué sabe la sudada
mucosa de tu coño y tu vagina?
¿A canistel? ¿A almendra? ¿A golosina?
¿A qué tipo de fruta en temporada?
Esa rampa, esa alfombra que es entrada
a la ciudad del gozo y de la vida.
Ese puente colgante que es salida
¿a qué sabe? ¿a qué huele su mojada,
su sinuosa silueta de ukelele,
su trayectoria musical, su clave,
su terciopelo oscuro, su jarabe
qué aroma o tipo de exudado expele?
Dime a qué olor que nada huele, huele.
Y a qué sabor que nada sabe, sabe.

