En nuestro amado país, donde ya tan pocas cosas nos resultan honorables, atentar contra la Muestra, de la forma que sea, con dolo o sin él, es demasiado grave, demasiado fula.
La Muestra va siendo una de las obras más grandes y perdurables que el ICAIC puede exhibir ante Cuba y el mundo. Cuando muchos cuestionan su preeminencia, el ICAIC, serenamente, nos apoya y muestra.
Este instituto estatal, que en plena crisis se elevó a ser nuestro, que nos acogió y puso de su parte, no debería regatearnos su confianza. Ni lo merecemos, ni lo merece, después de todo, él.
Esta institución de la cultura, que tuvo ayer la fuerza moral para hacer frente a parametraciones y disoluciones, debería hoy, más que nunca, dar otra prueba de soberanía y madurez.
Esta cinematografía y sus funcionarios, que tan pocos paradigmas vivos pueden tender como puente, deberían honrar más a nuestro Fernando, no por infalible, sino por limpio.
Nosotros, jóvenes realizadores, cubanos habituados a la omisión culpable, a la queja de temporada, a otra cosa mariposa, deberíamos estar de luto. Un luto también por nuestra cuota de ocio y tardanza.
Ahora me pregunto, ¿tendría el ICAIC la capacidad de sentarse con nosotros, de propiciar un diálogo donde podamos escucharnos mutuamente y hacer algo que repare el daño o evite nuevas heridas?
En lo que nos toca, no nos quedemos tranquilos nunca. No confiemos ni en estas ni en otras palabras. Pero desaprendamos a callar, como ayer aprendimos a acatar.
Por la Muestra, TODO.

