I
Quizás Fina García Marruz haya dado con una mística extraña: en lugar de partir de lo humano (incompleto y anhelante), o de un confinamiento en la materia del mundo y en la especificidad (genuina, carnalmente mística), contempla, en cambio, desde un espacio abierto. Desde la beatitud final y el prodigio de la conciliación de carne y espíritu, y con igual angustia y deseo, se acerca, como quien regresa, a la prisión de las cosas nombradas, a la lentitud de los días. Para el amante de Dios, el tiempo es la dolorosa expresión de las distancias; el paisaje, el decorado inevitable en que el amor se encarna y ocurre la visión. Pero en la espera desgarradora vuelve los ojos y goza los árboles y las fuentes. Fina García Marruz ha consumado el amor (ha vistoya), y se vuelve a mirar como quien añora la pasión y la fiebre. Hay en ella temblor y deseo, mirada amorosa, pero hacia los objetos e instantes pobres, terribles y materiales, porque en una anticipación ha visto en ellos la encarnación de la plenitud, el origen. Como quien llega de la muerte (de “qué lejos”, como su “Huésped”), los redime. Desde la “vida verdadera” de santa Teresa, ha recordado y salvado el principio: la pequeñez y la mortalidad. Su poética de lo exterior, nacida junto al ensayo “Lo exterior en la poesía” (1947), y reencarnada inevitablemente en su obra, lleva acaso la profunda y velada huella de esta mística extraña.
“Pero, ¿qué es lo exterior?”, se pregunta seguidamente Fina García Marruz en ese año de 1947. Acaso sea la profundidad o esencia manifestada, de pronto perceptible, objetiva y enemiga de una separación entre materia y trascendencia. Exteriorización de lo esencial, asomo del espíritu a un plano sensible y concreto, y, por tanto, una imagen trascendente de la materialidad de las cosas (en este sentido “exterior”: el afuera). La propia superficie y las posibilidades de los sentidos adquieren valor en cuanto tal, se redimen, se traspasan y se habitan a un tiempo. “Lo profundo es lo que se manifiesta”, se lee en un soneto de esos años.
Pero lo exterior busca una elocuencia y una verdad otras en Las miradas perdidas (1951), y en sus cuatro secciones hechas casi enteramente de sonetos. Lo esencial a un tiempo velado y aparente de “Una dulce nevada está cayendo” y “Ama la superficie casta y triste”, la orfandad misteriosa de los dones de “Príncipe oscuro” y “Gloria de Dios”, y la certeza de una oscuridad distinta, a la vez anunciadora e impenetrable, en y por las cosas cotidianas de “Y sin embargo sé que son tinieblas” o “La noche”, comienzan a revelar esta otra enunciación.
Y es esta oscuridad rara (la “calidad nocturna de la vida”, la Tiniebla interminable de la casa) la imagen más originalmente mística que pueda hallarse en este primer cuaderno, junto a la intuición de la miseria divina que habita los “Sonetos de la pobreza”. Así como Claudel se atrevió a tener a Rimbaud por un místico en estado salvaje, quizás yo deba atreverme a sentir a Fina como otra mística moderna, ocupada en otras cosas, otras pasiones, pero acaso siempre cegada (cuánto hay de ceguera vidente, de “visión de los ojos cerrados”, en el misticismo) por la misma visitación.
II. Lo cotidiano es una oscuridad diáfana
“Algo se mueve en lo cotidiano”, escribe Michel de Certeau sobre la mística. Algo semejante puede decirse de la (re)invención de lo cotidiano (para emplear otro término de Certeau) en la obra de Fina García Marruz.
Las pequeñeces diarias de Las miradas perdidas han experimentado aquella fase unitiva de la mística que también evoca la encarnación. Lo cotidiano no es solo la intimidad familiar, los “interiores mágicos” (nótese, a propósito, el adjetivo), las tardes, los objetos y paisajes diariamente vistos, sino también, tras una amorosa unión con lo distante, la dimensión inabarcable del espíritu, los misterios, súbita y parcialmente descifrados por la palabra: entrevistos.
No solo lo familiar es “generalizado” (término maravilloso de María Zambrano) por medio de la encarnación, sino que también lo trascendente es por ella redimido de una carencia: la mundanidad. Lo cotidiano es también una teofanía, y lo trascendente / divino entrevisto, a su vez, una hilefanía. Lo cotidiano es habitado por el espíritu, se torna su morada, mientras lo esencial, ya familiar, ya íntimo, no se librará nunca de la angustia de la fuga y la parcialidad. Extraño y doloroso movimiento por medio del cual lo trascendente se acerca sucesivamente al hogar sin perder su lejanía, sin abandonar aquella “distancia mágica” que cifra los misterios.
La trascendencia de lo cotidiano ha hallado espejo en la oscuridad, puesto que es oscuro, huidizo e impenetrable, el rostro divino que se dibuja en sus límites. Pero se trata de una oscuridad otra, diáfana, anunciadora, entreabierta, y no profundamente hermética; como la penumbra conocida del hogar: “Y sin embargo sé que son tinieblas / las luces del hogar a que me aferro, / me agarro a una mampara, a un hondo hierro, / y sin embargo sé que son tinieblas”.
Y la noche es el símbolo total de la oscuridad parcialmente traspasada que se abre al encuentro de lo exterior. La noche semeja la densidad expresiva de lo indecible finalmente pronunciado. Hora que consiente lo que no soporta la claridad del día. Hora de revelación por excelencia (tal en San Juan de la Cruz), de misterio (como quería Fina García Marruz, de aparición, fugitiva y remota): donde lo ininteligible se manifiesta sin hacerse más claro. Materialización inasible, luz oscura. Noche como clímax de la aspiración trascendente, en que la imagen de lo desconocido aparece a un tiempo más viva y más lejana:
He aquí la noche bíblica de Job y de amaranto,
la noche desvestida de las noches, la pura
y originaria. Oh vedla inmensamente desnuda
saliendo de las manos de Dios: es sólo un canto
de terrible alegría ensordeciendo el llanto
de la carne mortal, enseñando a la oscura
luz de los hombres lo que es la luz oscura
de Dios. Ella es Penélope y nosotros el manto.
Distinta a las tinieblas es su luz despiadada:
más bien es un blancor absoluto y distante
que nos da contra el muro de la piel y nos mueve
cuando el viento atraviesa su sombra levantada
a ser un ígneo espejo.
III. La “casa cerrada”
Fina García Marruz contempla desde el Espacio abierto de una Casa Cerrada. Después de la pasión, la agonía y el deseo (que es la falta), ella, como Claudel, ha llegado a la casa que es el “número perfecto al que nada puede sustraerse o añadirse”, un “mundo inagotable y cerrado”, paradójico.
Si bien a veces, como los grandes místicos, García Marruz habla desde la añoranza insólita y la búsqueda terrible del Amado, su pregunta se dirige siempre hacia lo exterior, que no es otra cosa que echarse hacia la envoltura material (que no se separa del centro) y la pobreza del interior, del yo contaminado con el mundo, de la casa en la que una vez ha entrado ya toda la luz y la gente y ahora tiene solo ventanas cerradas. lo exterior es la casa y el mundo.
Es un vacío pleno. El Espíritu se cierra al encarnarse en las cosas, se define y se repliega al interior del hogar: ahora es en los objetos sabios, en la luz de qué lejos y en las maderas desafiantes. La materia pone el límite que al Espíritu falta, la puerta traslúcida a la casa soleada. La casa se cierra después de alojar el todo, difícil huésped. Ya no tiene necesidad de abrirse, porque ya hay dentro, en una soledad otra, “alguien que cierre”.


Muy bien que los jóvenes escritores cubanos se acerquen a la obra de Fina García Marruz. Otras consideraciones estilísticas exigirían un trabajo que corresponde a los editores de Rialta.