Utópico

Como la anterior, esta criatura con la que arrancamos el 2026 es una bestia buena. Una que conozco bien, porque representa a mis amigos. Y a ellos les dedico esta entrega.
El utópico es un bicho idealista. El idealismo suele ser peligroso por su propensión a cruzar los límites de la razón, desbordándose hacia la crueldad o la estupidez. Pero no es ese tipo de idealismo el que padece el utópico. Su idealismo está lejos de la ingenuidad o el fanatismo; es el producto de una conclusión tan elemental como resbaladiza: podemos ser buenos o, al menos, mejores. Nuestras palabras y acciones, fácticamente, pueden hacer pequeñas y grandes justicias.
El utópico ha entendido que la vida es no solo un hecho biológico, sino también histórico. No es solo un reto personal, sino colectivo. Se ha empeñado en que su vida, incluso en las circunstancias más adversas –sobre todo en las circunstancias más adversas–, tribute a la verdad, aunque esta demore en hacerse valer. Los cínicos pensarán que su empeño es inútil, una condena al absurdo, un derroche de energía resultado de la ingenuidad, pero el utópico no es como Sísifo, sino como un escarabajo pelotero. No es una condena lo que carga, sino un deber. No es un sinsentido ni un imposible lo que empuja, sino la mierda del mundo. Porque con la mierda hay que hacer algo, no se puede ignorar ni esconder por muy conveniente que resulte. Hay que asumirla, hay que procesarla, hay sacarle algún provecho para que, aunque ensucie, comience de una vez a fertilizar.
A los utópicos que conozco, ustedes saben quiénes son, todo mi agradecimiento.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

