Uno de los cineastas más radicales de las últimas décadas, maestro de la desolación, la lentitud y el blanco y negro, el húngaro Béla Tarr (1955-2026) falleció este martes 6 de enero a los 70 años tras “una larga enfermedad”, según la asociación de realizadores cinematográficos de su país.
El director de filmes como Sátántangó (1994; unas siete horas y media de metraje), Las armonías de Werckmeister (2000) o El caballo de Turín (2011) –los dos últimos junto a su esposa, Ágnes Hranitzky– entregó su última obra conocida en 2019, Missing People, una pieza documental/videoinstalación comisionada por el Wiener Festwochen (en Viena) que contrapone la existencia de desclasados, mendigos, migrantes a los más opulentos ambientes de la capital austriaca.
Tras sus primeros cuatro películas, es decir, a partir de La condena (1988), Tarr colaboró –además de con Hranitzky– con el último Premio Nobel de Literatura, su compatriota László Krasznahorkai, en la escritura de sus guiones. De hecho, varias de las novelas de este último constituyeron el fundamento para sus obras cinematográficas más influyentes.
Más allá de las arriba mencionadas, corresponderían a ese ciclo El hombre de Londres (2007) –adaptación de una novela del belga Georges Simenon– y el cortometraje The Last Boat (1990), incluido en el filme coral City Life.
“La colaboración entre el director Béla Tarr, la editora Ágnes Hranitzky y el escritor László Krasznahorkai ha dado lugar a muchos de estos milagros degradados”, ha resaltado el crítico Robert Rubsam. “A lo largo de cinco largometrajes, el trío nos ha mostrado caballos destinados al matadero corriendo por plazas vacías, los cuerpos de niñas muertas levitando en el aire, un hombre que de repente comienza a ladrar como un perro y el mundo de una familia campesina que se desmorona, elemento a elemento, hasta que incluso la luz se ha ido, un desfile de grotescos surrealistas, incluso absurdos, que añaden a estas historias de falsos profetas e inocentes demasiado crédulos un elemento de grandeza, incluso de majestuosidad”.
Luego de leer Tango satánico (1985), Tarr le propuso una adaptación fílmica a Krasznahorkai, quien solo en el primer instante se habría negado.
“Por aquel entonces, ambos eran prácticamente parias en los círculos culturales oficiales húngaros”, cuenta Rubsam: “a Krasznahorkai le habían confiscado el pasaporte en la década de 1970 y había pasado años realizando trabajos humildes en minas y granjas colectivas; Tarr, según Krasznahorkai, era «un hombre odiado en el mundo del cine húngaro», por lo que el gobierno húngaro se negó a autorizar o financiar el proyecto. Así que la pareja escribió en su lugar la retorcida película negra La condena, de 1988, una película que establece las preocupaciones estéticas del trío: una paleta de colores en blanco y negro; largos periodos de silencio; y planos largos y con una coreografía intrincada, que a menudo siguen a los actores durante minutos”.
Para convencerlo, Tarr le dijo famosamente a Krasznahorkai: “Ve mis películas y entenderás por qué quiero adaptar tu literatura”.
Antes, del otro lado del Telón de Acero, había escrito y dirigido los largometrajes Nido familiar (1977), El intruso (1981), Gente prefabricada (1982) y Almanaque de otoño (1985).
Tarr fue siempre un outsider: “Creo que la censura siempre ha existido”, decía. “Antes era la censura del Estado y ahora es la censura del mercado”.
En cualquier caso, medios de todo el mundo destacan hoy su influencia sobre autores vanguardistas como el tailandés Apichatpong Weerasethakul, el portugués Pedro Costa , el estadounidense Gus Van Sant o su coterráneo László Nemes.
Desde el año 2013, Tarr impartió un reconocido curso de cine en la Film Factory de Sarajevo, y fue el productor de varias películas de sus estudiantes.
El caballo de Turín ha sido considerado por algunos su testamento artístico.
Según Tarr, el filme –que glosa largamente aquel célebre episodio de la vida de Friedrich Nietzsche, quien en enero de 1889 presenció los latigazos de un cochero a su caballo y se precipitó en sollozos para abrazar al animal– trata “sobre la pesadez de la existencia humana”; o sea: “Lo difícil que es vivir el día a día y la monotonía de la vida”.
El insensible látigo del viento abatiéndose sobre las soledades de sus protagonistas es una de las grandes metáforas cinematográficas de este siglo.



