«¡Pero ese muchacho está loco!», grita mi madre en una videollamada desde Tampa. «¿Tú has visto las cosas que está diciendo?» Y normal que lo esté, pienso después de colgar. Normal que esté todo lo loco que se pueda. Hay que estarlo para, primero, hacer lo que él hizo desde el interior oscuro y pestilente de la panza de la dictadura. Hay que estarlo después de poco más de cinco años de cárcel por el único delito de contar a voces su verdad, que es la verdad de muchos en la isla. Hay que estarlo para lograr, en un contexto autoritario, ser consecuente hasta los huesos con lo que se cree.
La llegada de Luis Manuel Otero Alcántara a Miami me pilló en un avión rumbo a Grecia. En esos días de boda espartana y paseos express por una Atenas que me recordaba demasiado a La Habana en toda su decadencia, estuve más lejos de lo que últimamente estoy de la bulla y el dolor que es Cuba. De vez en cuando me llegaban bocinazos de lo que estaba pasando. Allí, más de una vez pensé en el sentido de la palabra democracia. Desde la cuna blanquísima de la cultura occidental, supe que si hoy en Cuba estamos más cerca de entender el significado de esa palabra es, en gran medida, gracias a un hombre negro del Cerro. Un hombre que practica la libertad radical en todos los aspectos de su vida. Desde la manera en que ha decidido amar, hasta cómo concibe el arte, pasando por el lenguaje, y haciendo parada larga en la falta de impostura.
Confieso que yo también me sorprendí de ver a Luis Manuel, su cuerpo, más hermoso y saludable que nunca. Confieso que también cuestioné por un breve instante la verdad detrás de todos los anuncios de huelgas de hambre, de enfermedades, de desgaste físico y mental que fui leyendo en las redes a lo largo de estos años. Supongo que eso que veía ahora tan vivo no cuadraba con mi noción del expresidiario modelo. De la víctima perfecta de un estado opresor. Supongo que esperaba un muerto en vida, un casi mártir con el corazón bombeando solo lo justo. Me tomó unas horas de escroleo entender, de verdad entender, lo que estaba viendo en primera fila desde mi sofá.
La figura de Luis Manuel siempre ha sido incómoda. Un garbanzo debajo de los cien colchones de las princesas y princesos de Nuevo Vedado-Miramar-Kholy, por muy disidentes que fueran. Su verbo, formado en las calles de San Isidro y el Cerro, no podía representarlos por mucho que se ripiaran en el último concierto de Bebeshito. «Un héroe no habla así, no luce así. Un héroe no se parece a eso». La pantalla de la moralidad y la decencia brillando más que nunca. El presidio les calló la boca por un tiempo. «Ahora sí, ahora ya tenemos un mártir». Pero es que desde dentro del tanque la voz se oye filtrada o no se oye. Por eso cuando el héroe sale dando el berro de siempre, hay que sacar la roca y las cadenas y llamar al águila comedora de hígados, sin importar que el héroe les estuviera dando la luz del fuego una vez más.
José Martí, el héroe por antonomasia de la Historia y el imaginario cubanos, repartía su rosa blanca tanto al cruel como al amigo sincero. En 1870, a inicios de sus días de injusta cárcel, detrás de una de las fotografías más tristes que he visto jamás, le escribió a su madre:
«Mírame, madre, y por tu amor no llores:
Si esclavo de mi edad y mis doctrinas Tu mártir corazón llené de espinas, Piensa que nacen entre espinas flores».
En 2026, las pioneritas-beso-de-la-patria de Miami no le perdonan a Luis Manuel Otero que haya decidido ser flor entre tanto marabú. Muy poco martianas han resultado las muchachitas de la Lenin. Todo un clásico.
Pero también muy clásico que, como con Prometeo, el hígado vuelva a salir. Y hay que saber que el águila siempre estará rondando. No puede una dormirse sobre esa roca. Esto me lleva a reflexionar sobre el peso de la responsabilidad de los actos propios. En el caso de Luisma ese peso lo lleva colgando del cuello de la camisa a donde sea que vaya, quiéralo o no. No hay vacaciones para el héroe. Y claro, Prometeo negro debe esforzarse el doble para que la peña crea en él. Su antorcha debe ser dos veces más grande, su calor el de unos tres soles.
Cuando veo las entrevistas hechas a Luis Manuel en las primeras cuarenta y ocho horas de su destierro y las comparo con las de los últimos días, puedo darme cuenta del peso de todas las miradas, de todo el juicio ejercido sobre él. Otero Alcántara ha tenido que madurar su discurso en tiempo récord. No se le ha dado ni siquiera la prerrogativa del descanso. Esto tampoco es nuevo, un cuerpo negro no se supone que pase por ahí. Siempre en alerta, siempre hiperconsciente, el hombre negro no puede tirarse jamás, ni siquiera después de haber cumplido con la más grande de las tareas. Tendrá que explicar su existencia una y otra vez.
Ya lo ha dicho él mismo: la sofisticación del uso de la violencia en dictadura es algo muy complejo. Esta sofisticación de la violencia política pasa también por el hecho de no dañarlo, de no martillar demasiado su cuerpo o su mente hasta el punto de que el daño sea visible, de dejarlo sacar las cuatro mil pinturas que le permitieron hacer en la cárcel, de darle permiso para despedirse de los suyos a golpe de piscina, cerveza y whisky chino. Para la dictadura, dañarlo a él, que tiene encima todos nuestros ojos, en gran medida gracias a la labor de sus amigos del Movimiento San Isidro, es dañarse a sí misma. Dañar la imagen de apertura que llevan fabricando desde hace años y que intentan exportar hoy como último recurso de un sistema que se ahoga en su propio vómito.
Luego de ver en estos días las ideas y venidas de la mente de un hombre que ha pasado por uno de los eventos más traumáticos que pueda existir y su consecutivo linchamiento mediático por ello, vuelvo a una idea que se repite hasta el cansancio en la historia de nuestra isla: la necesidad de un salvador. Cuando dejemos de depositar en una sola figura la responsabilidad y la esperanza de libertad que queremos la mayoría para nuestro país, cuando no necesitemos líderes únicos que carguen con el peso de la reconstrucción de una nación y destronemos al Fidel Castro que nos han inoculado contra nuestra voluntad desde el primer día de formación matutina en el patio escolar, entonces estaremos más cerca de alcanzar lo que anhelamos para Cuba, sin arrancarle la piel a nadie en el proceso.
