Este lunes hizo uso de la palabra el ciudadano que, por ocupar los cargos de Primer Secretario del único partido y Presidente de la República, se supone que fuese el supremo detentador de la autoridad en Cuba, Miguel Díaz-Canel Bermúdez. No obstante, para los lectores foráneos conviene aclarar que ese mismo señor, todo el tiempo, reconoce que hay una autoridad superior a la suya: la del general de ejército Raúl Castro, a quien él atribuye el título no oficial de “Líder de la Revolución”.
El marco adecuado para la peroración fue la inauguración del I Coloquio Internacional Fidel: legado y futuro, que tuvo lugar el 10 del corriente en el habanero Palacio de las Convenciones. Como dato curioso que nos indica cómo evalúan los propagandistas del castrocomunismo las palabras de sus jefes, conviene mencionar que en Cubadebate, la “muela” de Díaz-Canel (como se diría en lenguaje popular cubano) no recibió la calificación de discurso o alocución, sino la de “conferencia magistral”.
Quien lea el texto completo solo atina a quedarse pasmado ante la inagotable capacidad de los jerarcas cubanos de hoy (en este caso, de quien ocupa la cúspide de la pirámide burocrática del castrocomunismo) para repetir una y otra vez los mismos lugares comunes; para actuar como si ellos mismos y sus compinches nada tuviesen que ver con la situación catastrófica en la que está sumida la desdichada Cuba de hoy.
Verdad es que hay que reconocer que el orador hablaba para un público especial: integrantes de los que en China, en los tiempos del “Gran Timonel” Mao, recibían la denominación certera de “burocracia viajera” (esto, claro, cuando se referían a quienes se identificaban con las políticas soviéticas, no si los aludidos eran seguidores de la línea china).
Estamos hablando de unos señores que, sin estar obligados a identificarse con el inmovilismo de quienes en nuestra Patria predican la “Continuidad” (pues no son cubanos ni ocupan un puesto en la pirámide insular del poder), no tienen a menos respaldarla de todas las maneras imaginables. En justo pago reciben las invitaciones que, con el dinero del pueblo cubano, formula y financia quien lo personifica: el famélico Liborio Pérez.
El orador, en su afán de describir la situación de la Cuba prerrevolucionaria, no tuvo a menos pronunciar el siguiente parrafito: “Tres millones de personas, de una población total de algo más de 6 millones, no disfrutaban de luz eléctrica ni de ninguno de los beneficios y comodidades de la electricidad”.
Se trata (a no dudarlo) de unas palabras que pueden concitar la atención de un puñado de extranjeros hospedados en hoteles de lujo en los que no sufren apagones ni las restantes calamidades que constituyen el pan de cada día para la generalidad de los cubanos. ¡Pero que le hablen de eso a compatriotas de a pie, que apenas cuentan con un par de horas de fluido eléctrico al día!
Pero lo más suculento del discurso es cuando el orador afirma que “ha llegado a su punto más agudo” la “crisis sistémica” del… ¡capitalismo!…
¡Menos mal que Díaz-Canel reconoció también lo que calificó como “tormenta que vive el pueblo cubano”! Aquí mencionó “los apagones”, “la inflación que erosiona el poder adquisitivo del salario”, “la escasez de combustible”, “las dificultades para completar la canasta básica”, “la emigración que nos arranca a los jóvenes”.
“No estamos aquí para negar esa realidad”, dijo, “sino… para encontrar en el pensamiento de Fidel las claves para transformarla”. ¡Pero si es que el hundimiento de Cuba en la furnia en la que está metida se debe precisamente a haber seguido, durante decenios, las líneas trazadas por el fundador de la dinastía!
El conferencista, puesto a describir los supuestos efectos del “bloqueo yanqui”, no hace ni el menor intento por explicar la falta de exportaciones de esta Gran Antilla. ¡Pero si es que nuestro país, otrora la “Azucarera del Mundo”, tiene que realizar importaciones puntuales del dulce producto para satisfacer la demanda interna! ¿Y acaso no fueron los mismos castristas quienes arrasaron con esa primera industria nacional?
Otro pasaje exquisito es cuando Díaz-Canel trata de especificar algunos efectos del llamado “bloqueo yanqui”. Habla de unas “islas de generación” creadas “con un enorme esfuerzo” y con “más de 1 400 megawatts de potencia”. Y se lamenta: “Si tuviéramos disponibles cada día esos 1 400 megawatts, los molestos apagones en Cuba solo tendrían una duración de tres horas”.
Es decir, que para el perorador, un apagón diario de tres horas (en la capital, supongo, pues en el interior serían mucho más prolongados) ¡sería algo aceptable y meritorio! ¡Casi que habría que catalogarlo como un “logro más de la Revolución”! ¡Que el gobernante de un país catalogue como algo normal que sus súbditos carezcan de fluido eléctrico durante tres horas de cada día!… ¡Era algo que nos faltaba por oír y leer!
En el campo de la salud, el conferencista menciona casi 100.000 pacientes “en lista de espera quirúrgica”, “34.000 embarazadas a las cuales no les podemos realizar las ecografías prenatales suficientes”, “67.000 menores de un año que han nacido… sin esquema de inmunización actualizado”, más de 100.000 cancerosos “que no tienen los tratamientos primarios adecuados”.
A lo anterior hay que sumar que “solo el 30 % del cuadro básico de medicamentos está disponible”, y que la “disponibilidad técnica de las ambulancias solo alcanza el 22 %”. Para culminar, la tasa de mortalidad infantil “se nos ha duplicado y en estos momentos es de más de 9,8”. Y pese a todo ello, ¡el orador tiene la osadía de afirmar que “los índices de salud… siguen siendo mejores que en otros países de similar desarrollo”!…
Reconozco que la lectura de peroraciones como esta representa una tarea nada grata, pero en ellas resulta posible encontrar elementos adicionales que fundamentan las críticas que los observadores objetivos tenemos que hacer a la catastrófica realidad que padece la Cuba de hoy.









