En mi barrio volvieron a perder el miedo

Vecinos de Arroyo Naranjo, El Calvario y Reparto Eléctrico volvieron a las calles el 12 de agosto para protestar contra los apagones y la falta de agua.
Protesta en Arroyo Naranjo el 6 de marzo de 2026
Protesta en Arroyo Naranjo en marzo de 2026 (Foto referencial - Redes Sociales)

En la noche del 12 de agosto, a solo horas de que se cumpliera el centenario del nacimiento de Fidel Castro, en Parcelación Moderna, el barrio de Arroyo Naranjo donde vivo, y también en el cercano Reparto Eléctrico y El Calvario, volvieron a haber llamaradas de rebeldía y a sonar los calderos y los gritos en contra del régimen.

A vecinos tranquilos, a los que habitualmente no se les escucha una queja y mucho menos un comentario en contra del Gobierno, se les vio en la calle, coreando a gritos los reclamos de la multitud.

Los varios días en que solo han tenido luz durante tres horas a lo sumo luego de 30 horas y más de apagón, a lo que se une la falta de agua en las tuberías desde hace más de una semana, hicieron que se agotara la paciencia de los pobladores y que vencieran el miedo a las represalias de la policía política, como las que tomaron contra quienes participaron en la protesta del pasado 10 de julio.

Varias decenas de personas, principalmente jóvenes, encendieron una pira con neumáticos y ramas de árboles y bloquearon el tráfico por la calzada de Managua hasta que llegó un carro patrullero de la policía y un camión con ocho uniformados de las Tropas Especiales.

Pero antes de que llegaran los represores y dispersaran la protesta, ya los chivatones del barrio estaban en funciones, tratando de disuadir a los que protestaban y pidiéndoles que no gritaran insultos ni consignas en contra del Gobierno.

A un trabajador civil de las FAR, sus familiares tuvieron que sujetarlo porque quería ir a enfrentarse con los manifestantes y apagar la fogata antes de que, según decía, las llamas alcanzaran el tendido eléctrico y hubiera un incendio. Al tipo le subió la presión, poco faltó para que infartara, pero la hubiera pasado peor si, con lo caldeados que estaban los ánimos, llega a agredir a alguno de los manifestantes.

La luz volvió menos de una hora después del fin de la protesta, poco antes de las 11:00 de la noche. Fue inusual porque habitualmente, desde hace casi dos meses, quitan la luz por la tarde y no la vuelven a poner hasta bien entrada la mañana del día siguiente. Pero fue breve el alumbrón: a las 2:20 de la madrugada del 13 volvió el apagón.

La policía arrestó a dos jóvenes. Uno de ellos fue identificado como Rainel Poll Sarduy, de 32 años. Probablemente fue producto de un chivatazo. Y en los próximos días seguramente habrá más arrestos, porque ahora, como se ha hecho habitual, la Seguridad del Estado, con el auxilio de sus chivatos del barrio, se dará a la tarea de cazar y castigar a los que consideren que más se destacaron en la protesta.

Es posible que, por ser periodista independiente, me toque un pedacito de represión, porque en anteriores protestas y pintadas en las paredes han querido acusarme, sin pruebas, de ser el instigador.

Varias personas se me han acercado en estos días para aconsejarme que me cuide de Fulano y Mengana, que no me confíe, aunque me muestren amistad.

Son varios los vecinos que me tienen miedo, unos porque no quieren buscarse problemas por tratarme, y otros porque sospechan que, si con tantos años que llevo en el periodismo independiente no me han metido preso, es porque soy “un agente del aparato”.

A una muchacha que tomó un video de la protesta se lo pedí porque mi teléfono estaba sin carga, pero, aterrorizada, se negó a dármelo porque no quiere líos.

Un vecino me comenta que sospecha que sean informantes de la policía los tipos que van por la calle pregonando que compran “cualquier pedacito de oro”. “¿Oro en este barrio, con esta miseria? ¡Ni que fuera Miramar!”, dice el aprensivo vecino.

Con las multas de 10.000 pesos y las actas de advertencia impuestas a los que protestaron el 10 de julio, más los arrestados el día 12 y la cacería de revoltosos desatada por la Seguridad del Estado, vuelve a reinar el miedo en el barrio. La gente habla en susurros, desconfía de todos y se encierra en sus casas, si el calor se lo permite, en cuanto anochece.

Con el miedo a la represión, hay flujo y reflujo. Es como la marea, que sube y luego baja. Pero no en dependencia de las lunas, sino de la capacidad de aguantar las penurias que nos impone el régimen.

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