No sería intervención militar cuando el fin es humanitario

En Cuba la situación es extremadamente compleja. No solo somos rehenes de una dictadura, sino que estamos a merced de una izquierda mundial hipócrita, oportunista que no ha tenido compasión ni escrúpulos al ignorar el sufrimiento de los cubanos.
Dos militares en La Habana
Dos militares en La Habana (Foto: CubaNet)

LA HABANA.- ¿Pudieron no firmar y quedarse de brazos cruzados? La realidad es que firmaron, y hasta fueron al desfile. Después llegaron a la casa en apagón y con hambre, contando los dos o tres dólares que van quedando hasta la próxima remesa o maldiciendo lo poco o nada que les sirve el salario o la pensión para comer y vestir, para tener esa vida digna a la que aspiraron alguna vez, y que ahora saben jamás tendrán. Porque lo de la electricidad será para el 2050 y, a lo demás por solucionarse —que es todo— ni siquiera le han puesto fecha, y esa “atemporalidad” quiere decir “nunca”.

Han aceptado una vez más echarle culpas al “bloqueo”, y hasta con la ridícula guapería a distancia, entre palabrotas y chusmerías, han firmado sus sentencias de muerte cuando así de fácil agregaron sus nombres a una lista que la dictadura exhibe ahora como prueba de legitimidad y que mañana usará para justificar el baño de sangre que significa la “guerra de todo el pueblo”.

El concepto parece una tontería, algo dicho así a la ligera, como porque no tienen mucho que decir, pero la “guerra de todo el pueblo” no es una “estrategia defensiva” sino un acto criminal meticulosamente pensado para que cualquier operación militar del exterior o acción interna, por muy precisas o “quirúrgicas” que sean, deriven en una masacre de civiles, a la vez que los jefes de jefes —a salvo en sus confortables refugios, buscando cerrar negocio a última hora o corriendo a montarse en un jet— se venden al mundo como “víctimas”. Y eso es algo que tanto las izquierdas en Europa como los demócratas en Washington siempre están dispuestos a explotar, hoy en favor del antitrumpismo y mañana por lo primero que se les ocurra. 

Veámosla en su verdadera dimensión: La “guerra de todo el pueblo” es una estrategia mediática tan cruel y engañosa o más que las recogidas de firmas y las marchas. Que, por los testimonios de fraude y las denuncias, sabemos cómo se hacen, con qué métodos logran esa foto de “somos felices aquí” y para qué fines luego las usan.

Pero si desfilar y firmar masivamente solo tienen como objetivo enviar un mensaje falso de legitimidad y popularidad a la opinión pública, pretender colocar civiles en primera línea de fuego, haciéndoles creer que con un par de lecciones de tiro y armamentos viejos tendrán alguna oportunidad, es algo más miserable que publicidad engañosa y golpes en el pecho, es la demostración más clara de cuán abusadores y cobardes son los militares cubanos, de cuán sanguinaria es la dictadura y cuán necesaria y humanitaria sería cualquier acción militar o diplomática desde el exterior que tenga como fin un cambio político que favorezca el bienestar del pueblo cubano.

Eso únicamente puede ser posible poniendo fin al castrismo. Pero, teniendo en cuenta ese mismo nivel de abuso, es algo que no se puede lograr sin el apoyo externo, más cuando a lo interno el daño ha sido tan sistemático, severo y permanente que la mayoría de las  personas carecen de la voluntad individual para propiciar el cambio que necesitan, que desean entre murmullos, plegarias y lamentos al interior de sus hogares pero más de sesenta años de dictadura han hecho lo suyo en las mentes más viejas, y en medio de la apatía de los mayores han crecido las generaciones más nuevas aceptado esa “imperturbabilidad” como “normal”.

Así como la dictadura los conmina a firmar y a marchar como un “deber” pero al mismo tiempo haciéndoles creer que son acciones inofensivas, que no tendrán consecuencias más allá de la farsa populista. Muchas de las personas que firman y asisten lo hacen como resultado de habérseles sembrado en sus mentes la idea de que da igual lo que hagan, porque no valdrán los esfuerzos ni individuales ni colectivos para acabar con un poder que, no por casualidad, ha usado y abusado de las palabras “inmortal” e “invencible” en sus consignas, y que se esfuerza por divinizar a Fidel Castro, en adjudicarle un “legado” de inmortalidad e infalibilidad para así transferirlo a lo que llaman su “obra” y su “continuidad”, pero que, siendo puro discurso, carece totalmente de materialización.

Parece una idea fácil de desmontar pero los comunistas la han elaborado aprovechando determinados componentes culturales y espirituales nuestros que la vuelven muy efectiva como “freno mental”, así como la insistencia en que un cambio  político solo puede ser consecuencia de la obra de un líder mesiánico capaz de superar en pensamiento y acción a José Martí y a Fidel Castro. Lo anterior no es la tontería que piensan algunos cuando la realidad demuestra que les ha funcionado, pero que les funcione tampoco puede ser una justificación para decir que, entonces, esas personas tienen lo que se merecen porque marcharon y firmaron.

Quienes han vivido en Cuba y pueden observar con mayor objetividad desde el distanciamiento y desde su experiencia personal podrán reconocer que no todos los que firman y marchan lo hacen porque realmente creen en lo que hacen, y que también muchos de los que dicen “creer en lo que hacen” en realidad lo afirman desde un automatismo o deformación mental. La cual es consecuencia de años de abusos, de encierro, de incomunicación, de ausencia de contacto con el mundo exterior, de ausencia de libertades y de aceptar la represión política y el sometimiento ideológico como el estado natural de las cosas.   

En Cuba la situación es extremadamente compleja. No solo somos rehenes de una dictadura, sino que estamos a merced de una izquierda mundial hipócrita, oportunista que no ha tenido compasión ni escrúpulos al ignorar el sufrimiento de los cubanos y cubanas por tal de mantener a la Isla bien como ese falso “ejemplo de resistencia” que usa en sus discursos políticos para engañar o bien como ese rincón del mundo “fuera del radar” donde dar rienda suelta a sus verdaderas ambiciones y apetitos personales.

Ambas cosas, junto con la manipulación ideológica de los comunistas cubanos, son componentes de esos frenos mental y real que les han funcionado y continuarán funcionando mientras fuera de Cuba no entiendan que, a pesar de firmas y marchas, liberar a los cubanos del régimen que los oprime es el más urgente acto humanitario. Que regalar alimentos y combustibles lejos de aliviar la situación la hará mucho más compleja con el paso del tiempo, puesto que refuerza el discurso victimista del régimen donde evade su responsabilidad y la transfiere a terceros, incluso al propio ciudadano, mientras bloquea la única posibilidad de ser derrocado, que es una acción militar humanitaria externa.

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