LA HABANA.- No será necesario que vengan a reclutarnos casa por casa para tomar parte en la “guerra de todo el pueblo”, que contará con menos pueblo del que imaginan Miguel Díaz-Canel y otros que siguen celebrando la victoria inflada de Playa Girón, ocurrida hace más de sesenta años. En los listados que hoy convocan a proteger la patria, y que han tenido que llevar hasta la puerta de cada vivienda algunos cederistas destacados, figuran los nombres de quienes, habiéndose ensuciado las manos y la conciencia por este sistema, no tienen más remedio que defenderlo a muerte, y también los de aquellos que se dejan amedrentar por la posibilidad de perder el trabajo, el derecho a continuar los estudios, la jaba de pollo, los diez litros de gasolina, la libertad de viajar al exterior o la tranquilidad de vivir una vida indigna sin el sambenito de “contrarrevolucionario”.
Esas listas son el reflejo de un compromiso que envejeció mal, del terror que llama a la puerta de la gente para que haga por obligación lo que supuestamente es voluntario. Con seguridad también han firmado muchos muertos: nombres y números de identidad que nadie va a verificar serán mostrados a la gran prensa que investiga e informa selectivamente, y a los parlamentarios cómplices de los países democráticos. Gracias a ese método, empleado en todas las elecciones y referendos, el castrismo ha llegado hasta aquí.
Para predisponer favorablemente a las masas durante la recogida de firmas, La Habana lleva más de una semana sin apagones, o con interrupciones breves. La carga del tanquero Anatoly Kolodkin, sin embargo, está a punto de agotarse, las termoeléctricas empiezan a averiarse de nuevo y la oscuridad vuelve a ganar terreno en la capital. En el resto de las provincias los cortes apenas mejoraron y el número de firmantes tampoco da para el alarde. Todo se acaba: el combustible ruso, los guiones del paripé, los intentos de diálogo, la paciencia, la esperanza.
La guerra de todo el pueblo está perdida sin necesidad de que aterrice un solo soldado estadounidense. Eso que llamaban “moral combativa” también ha pagado el precio de la estupidez y la soberbia de quienes gobiernan, así que, en el fondo, los que más alto gritan saben que, ante un ataque eventual, los cubanos harán un triste papel. No obstante, llegado el caso, en la línea de fuego estarán los que firmaron y que, sin duda, asistirán al desfile del primero de mayo ponchados de hambre y extenuados de mal dormir, porque el Ecoflow que les mandó el pariente gusano emigrado no cubre las quince o más horas de apagón. Esos que por miedo o rutina obediente han dejado su nombre en la convocatoria, protegerán con su vida el señorío de los Castro, sus hoteles, sus mipymes, sus mansiones; la hipocresía de Sandro devenido en hermanito de la Caridad que reparte alimentos a los pobres producidos por su abuelo y su tío abuelo; los privilegios de altos funcionarios y de sus hijos residentes en el exterior, sordos al llamado de la patria; los multimillones que ha robado GAESA mientras el pueblo cubano padece en condiciones de miseria indescriptibles.
Defenderán las conquistas del clan Castro con uñas y dientes, pero no con municiones. El régimen sabe que poner un fusil en manos del pueblo que lo odia es tan suicida como enfrentar a los Delta Force. Ningún oficial de alto rango duraría 24 horas sin que cualquier hijo de vecino le pusiera una bala en la sien, así que a pelear irán los confiables, que para nada son confiables y la cúpula lo sabe. Del mismo modo que han vendido el país, están dispuestos a venderse entre ellos apenas tengan garantías de que la justicia no les rozará el pellejo.
Ese es el escenario real detrás de la bravuconería de los últimos días, de Raúl Castro intentando resucitar el orgullo del Ejército Oriental porque su mente senil no le permite recordar que él mismo, hace algunos años, a raíz del éxodo de jóvenes y el decrecimiento poblacional, preguntó con evidente preocupación delante de la Asamblea Nacional del Poder Popular si el relevo en las Fuerzas Armadas estaba garantizado.
El castrismo que por estos días saca pecho y dice estar preparándose para cualquier escenario no aguanta una operación militar quirúrgica, ni una invasión a gran escala, ni un ejercicio público de opinión. Sigue en pie únicamente porque las cuatro metralletas que posee apuntan al pecho del pueblo bajo las narices de la Unión Europea, de Lula da Silva, de Claudia Sheinbaum y de algunos congresistas estadounidenses que parecen haberse puesto de acuerdo con Emmanuel Macron en eso de pedir “gestos” en materia de derechos humanos.
La dictadura, para no decepcionar, se deshace en gestos: Jontahan Muir, un adolescente de 16 años con problemas de salud, está encarcelado por motivos políticos; los padres de los jóvenes del proyecto “Fuera de la Caja” son hostigados por la policía política; el diplomático Ernesto Soberón aseguró en Naciones Unidas que los presos políticos no serán liberados y el atleta Javier Ernesto Martín, quien protestaba pacíficamente desde el balcón de su casa, fue golpeado salvajemente y recluido en Villa Marista –cuartel general de la Seguridad del Estado- bajo “tratamiento psiquiátrico”.
Dichos “gestos” conforman el acontecer cotidiano en la patria que van a defender los firmantes de las listas, los que no verán acercarse el dron ni podrán impedir que sus hijos sean utilizados como carne de cañón por la continuidad y rentabilidad de GAESA.










