LA HABANA.- Me atrevo a asegurar que cada vez que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, menciona a Cuba, el consumo de ansiolíticos se dispara en las dos orillas. El nuevo amanecer, la ocupación amistosa, la pronta caída y, más recientemente, la toma “casi inmediata” de la isla –con el USS Abraham Lincoln a cien metros de las aguas territoriales-, son frases que demandan un extra de Xanax para los de allá, y de Alprazolam para los de aquí. Conozco un par de cubanas residentes en la Florida que están agotando las reservas de Clorodiazepóxido que pudieron acopiar en su último viaje a Cuba, antes de que las medidas del republicano las disuadieran de venir, como tenían por costumbre, dos veces al año.
Miguel Díaz-Canel, con expresión mortecina pese a las capas de maquillaje, ha confirmado lo que ya todos sabíamos: el combustible traído desde Rusia se está agotando porque, y eso también es un secreto a voces, dicho crudo llegó a puerto cubano con el permiso de Trump, y no por la soberana voluntad de Vladimir Putin. Ocupado con Irán, el equipo que se encarga del tema Cuba quizá consideró factible darle un poco de oxígeno al castrismo a ver si se decidían por la salida correcta. Unos días de distensión para que los de allá arriba reflexionaran tranquilamente y los de aquí abajo disfrutaran de una quincena sin apagones. La benevolencia de la Casa Blanca permitió a la cúpula celebrar su jornada por el aniversario de Girón, organizar una recogida de firmas por la Patria y realizar el desfile del primero de mayo para demostrar que la Revolución goza del mismo apoyo popular que hace veinte años, y que más de seis millones de cubanos están dispuestos a dar su vida por defenderla.
Fue un resultado tan aplastante y veraz que no habrá necesidad de mandar el portaviones. Si lo que exige Estados Unidos para levantar el cerco energético es celebrar elecciones libres, cabe esperar que la convocatoria sea anunciada, a más tardar, mañana, pues ya el régimen sabe que tiene la partida ganada. Otra cosa no puede inferirse de la “masividad” captada en cámara el Día de los Trabajadores y del grosor del libro de firmas que, con afectada alegría y números de carné incompletos, fue entregado en manos de Raúl Castro.
Semejante respaldo no deja brecha al temor de una posible derrota, así que ya pueden irse preparando los observadores internacionales para venir a monitorear el sufragio con esos ojos que tienen ahí, mientras los cubanos de todas partes se tragan puñados de ansiolíticos y desfallecen de angustia porque el castrismo volverá a ganar, quién puede ponerlo en duda. Seis millones y tantas rúbricas es una barbaridad, somos todos nosotros, nuestros clones y nuestros muertos, nuestros familiares y amigos residentes en el exterior que aquí no ponen un pie hace meses, años, pero igual firmaron, busquen sus nombres y garabatos –perdón, firmas- en el susodicho libro para que vean.
Donald Trump se va a quedar con las ganas. Díaz-Canel le va a callar la boca a todo el mundo cuando se sepa que los cubanos refrendaron, mediante voto directo y bajo observadores imparciales, el sistema socialista. El presidente número 47 tendrá que conformarse con Irán si finalmente logra pactar, y es recomendable que lo haga rápido, pues algunos revolucionarios de baja estofa están amenazando con cerrar el Estrecho de la Florida o canibalear el USS Abraham Lincoln y venderlo por piezas en la zona especial de desarrollo de La Cuevita.
Así de envalentonados andan después de los millones de firmas a lápiz y bolígrafo, inviolable evidencia del compromiso ciudadano en la era del voto electrónico, pero quién necesita de la precisión de los ordenadores en el país de la verdad y la democracia de partido único. Llegados a este punto toca detenerse para agradecer a Federica Mogherini por esa disparatada definición que otros eurodiputados simpatizantes del régimen no han podido superar, y no por falta de esfuerzos.
En medio de lo que dicen aquí y allá estamos nosotros, el relleno del sándwich más rancio de la política occidental. Nosotros, que sabemos lo que hay detrás de esas firmas y del desfile. Nosotros, que ya empezamos a morirnos de calor apenas iniciado el mes de mayo, con los apagones arreciando y las cisternas vacías. Nosotros, que seguimos soñando con Cuco Mendieta y oteamos el horizonte buscando el portaviones para ver quiénes se van a poner de verdad en primera fila, dispuestos a morir por esta cosa. Nosotros, que tenemos tanta fe en Trump como en la Virgen de la Caridad (por el cromatismo, quizás), pero tememos que a veces “perro que ladra no muerde” y están ladrando demasiado en ambos lados. Nosotros, en fin, que no queremos ver el fulgor de nuestro momento entre tanta negrura y seguimos esperando que desde Mar-a-Lago, donde hay corriente y todos los demás, alguien de la orden.









