septiembre 16, 2026

“Mamá, no llores”: cinco niños frente a la miseria en Cuba

Entre apagones, escasez y una ayuda estatal insuficiente, Gricel Michelena recorre diariamente largas distancias en Cienfuegos para llevar a sus hijos a la escuela y conseguirles algo de comer.
madre Cienfuegos
Foto: Cubanet

CIENFUEGOS, Cuba.— El día de Gricel Michelena comienza alrededor de las seis de la mañana, después de una noche en la que apenas ha podido dormir. Antes de preparar a sus cinco hijos para ir a la escuela, debe encender el carbón, calentar agua y averiguar qué puede servirles de desayuno.

La familia lleva cuatro días consecutivos sin electricidad. Durante la noche, Gricel permanece junto a los niños para espantarles los mosquitos y aliviar el calor.

“Me levanto siempre a las seis o seis y media para encender el carbón y calentarles el agua. Cuando tengo la posibilidad de darles un vasito de leche, me levanto para preparársela y comprarles su pan”, contó a CubaNet.

Los apagones han trastornado el descanso de toda la familia. Los menores llegan a la mañana cansados y deben prepararse para asistir a clases después de pasar buena parte de la noche despiertos.

“No duermen bien con el apagón. Los mosquitos no los dejan dormir. Hay veces que se me cansan las manos de echarles aire. Puedo quedarme hasta dormida, porque es mentira que una persona puede pasar la noche entera despierta”, lamentó.

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Con cinco menores bajo su cuidado y sin un empleo estable, poner el desayuno en la mesa constituye el primer desafío de Gricel. Para conseguir algo de dinero, acepta trabajos ocasionales, como limpiar una vivienda por 500 pesos.

“Voy, la limpio y les compro su pancito o un paquetico de refresco. Si tengo un poquito de aceite, les preparo el pan con aceite y se lo llevan para la escuela”, explicó.

En ocasiones, los niños han tenido que salir de casa sin merienda. Gricel intenta entonces conseguir dinero o algún alimento antes de las nueve de la mañana para llevar algo a cada escuela.

Cuando no encuentra trabajo, recurre a sus amistades y vecinos. Algunos le prestan dinero; otros, conscientes de sus dificultades, le regalan lo poco que pueden.

“Así me paso el día entero, buscando qué darles de comer. Un vecino viene y me regala una latica de arroz; otro, un poquito de frijoles”, relató.

Caminar para poder comer

El transporte representa otro gasto que la familia no puede asumir. Utilizar los pesos que Gricel consigue para llevar a sus hijos a la escuela puede significar quedarse sin arroz u otro alimento imprescindible.

Por eso, la madre recorre largas distancias a pie. Primero acompaña a la hija menor y luego debe regresar para llevar a otra niña a una escuela especial. En ocasiones recibe la ayuda de su madre; cuando eso no es posible, realiza el segundo trayecto cargando a la más pequeña.

“Tengo que caminar rápido porque es una escuela especial. No puedo llegar muy tarde porque la regañan”, explicó.

Uno de sus hijos debe ir solo, aunque Gricel trata de llevarlos y recogerlos personalmente siempre que puede.

“Si consigo 500 pesos y los gasto en un transporte para mandarlos a la escuela, después no tengo cómo comprar ni siquiera una libra de arroz. Por eso siempre los llevo y los traigo yo”, afirmó.

La familia recibe una prestación mensual de la Asistencia Social de 5.519 pesos. Ese dinero está lejos de alcanzar para cubrir la alimentación, la ropa, el calzado y las demás necesidades de los cinco menores. Solamente un pomo de aceite puede costar casi la totalidad de la ayuda.

“Si compras el pomo de aceite, no puedes comprar nada más”, resumió.

“Me siento muy acorralada”

La preocupación de Gricel no termina cuando logra alimentar a sus hijos. La vivienda en la que reside la familia se encuentra deteriorada y la madre teme que pueda derrumbarse mientras duermen.

“Me siento muy acorralada porque veo la situación que tengo, que no avanzo. Tengo a mis niños en esta casa y me da miedo que un día, mientras estemos durmiendo, se nos caiga encima”, confesó.

La precariedad también ha comenzado a afectar emocionalmente a los menores. Ellos observan los esfuerzos de su madre, sus trabajos ocasionales y las gestiones diarias para encontrar alimentos.

“Se ponen muy tristes al verme luchar. Si alguien me llama para que vaya a limpiar una casa, ellos me dicen: ‘Mamá, mira de qué forma tienes que buscarnos la comida para que podamos comer’”, relató.

Gricel también llora al ver a sus hijos afectados por una situación que no puede resolver por sí sola. Son ellos, pese a su corta edad, quienes intentan consolarla.

“Lo único que me dicen es: ‘Mamá, no llores. De esto vamos a salir. Si hay gente más pobre que nosotros que ha podido salir, ¿por qué nosotros no vamos a salir?’”.

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