El castrismo y sus más de seis décadas de bandazos económicos

Presionado por la crisis, el régimen parece inclinarse ahora hacia la visión economicista, aunque su miedo a ceder espacios amenaza con dejar nuevamente las reformas a medias.
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Una cola en Cuba. (Foto referencial: CubaNet)

LA HABANA, Cuba.- El paquete de 176 medidas tomadas por el régimen de la continuidad castrista para destrabar las fuerzas productivas e intentar una improbable recuperación económica del país, cuando tiene el agua al cuello y todo se le ha puesto más difícil, no solo por el recrudecimiento de las sanciones norteamericanas, sino también por sus propios disparates, es el más reciente de los bandazos económicos dados por el castrismo en 67 años.  

El régimen que instauró Fidel Castro en 1959 y que hoy pretenden mantener a toda costa sus herederos lleva más de seis décadas dando bandazos, rodando de babor a estribor, yendo de fracaso en fracaso y condenando a los cubanos al hambre y la miseria.

Desde 1960, tras el reacomodo y absorción de las fuerzas que participaron en la insurrección, primero en las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI) y luego en un partido único, luego de las nacionalizaciones y de la Reforma Agraria, que marcó el inicio del tránsito de las formas de propiedad y producción privadas a las colectivistas y estatales, comenzaron los vaivenes económicos de Fidel Castro.

De muy poco sirvieron para definir un rumbo en la economía, los servicios prestados a Fidel Castro por Ernesto Guevara, a quien nombró primero presidente del Banco Nacional y luego ministro de Industrias.   

Guevara, que no era un economista, mucho habló de economía, pero no logró concretar un pensamiento económico claro y coherente. Advirtió sobre “la posibilidad de zarpar hacia el comunismo y nunca llegar a la meta”, pero al considerar banal el planteamiento de la economía socialista sin la moral comunista, solo logró mostrar la desmesura e impracticabilidad de su idealismo estatista y suprahumano.

Entre 1963 y 1964, los criterios heréticos de Che Guevara sobre el socialismo soviético al que consideraba como un incongruente híbrido (“una vía no capitalista de desarrollo que no se puede precisar y una clase obrera dirigente donde prácticamente no existe clase obrera”) provocaron una fuerte polémica con los más ortodoxos seguidores de los lineamientos de Moscú, encabezados por Carlos Rafael Rodríguez, acerca del modo de organizar la economía socialista en Cuba.

A partir de aquel debate y particularmente después de la Ofensiva Revolucionaria de 1968 que arrasó con la propiedad privada en Cuba y del fracaso de la Zafra de los Diez Millones en 1970, durante las siguientes tres décadas, Fidel Castro se debatió, dando bandazos, entre el sistema presupuestario de la época estalinista basado en la planificación centralizada y el cálculo económico de la época posestalinista, que concedía autonomía a las empresas estatales para decidir la producción y las inversiones y obtener un porcentaje de las utilidades.

Esos alocados vaivenes, más que por el pragmatismo o el sentido común, se debieron a los caprichos del terco y voluntarioso Máximo Líder.  

Luego de los once años, entre 1975 y 1986, en que Humberto Pérez —fue secretario ejecutivo para la implantación del Sistema de Dirección y Planificación de la Economía y después ministro presidente de la desaparecida Junta Central de Planificación (JUCEPLAN)— trató de adaptar el modelo económico soviético a las circunstancias de Cuba, en 1986 Fidel Castro viró “de palo para rumba”, como se dice en buen cubano, al iniciar, a contracorriente de la Perestroika, el Proceso de rectificación de errores y tendencias negativas y proclamar que “ahora sí vamos a construir el socialismo”. 

Después de 1999, cuando Fidel Castro contó con el petróleo venezolano que le garantizaba Hugo Chávez y las ganancias derivadas del turismo y las remesas de los emigrados, dio marcha atrás a las reformas de mercado que se había visto obligado a adoptar durante el Período Especial y se lanzó a la llamada Batalla de Ideas.

Hasta que se retiró por enfermedad y cedió el poder a su hermano Raúl Castro, los criterios y las órdenes de Fidel Castro eran indiscutibles. Lo fueron incluso después de 1975, durante los diez años de cierta estabilidad institucional determinada por la adhesión de Cuba al Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME). El funcionario que dudara, preguntara demasiado o se equivocara, solo se salvaba de ser definitivamente tronado y era perdonado si Fidel Castro consideraba que le era incondicionalmente leal, sin importar su aptitud o eficacia en el desempeño de su cargo.

Después de Fidel se ha ido debilitando el poder de los ancianos miembros sobrevivientes de la llamada “dirigencia histórica”. Pero aún ejercen como retranqueros del inmovilismo, al frenar las reformas y la liberalización propuestas o insinuadas por algunos de los cuadros partidistas de las generaciones recientes.

El régimen de la continuidad pos-fidelista dista de ser un bloque monolítico. Dentro de él hay al menos dos posiciones, cuyos partidarios no logran ponerse de acuerdo acerca de la economía a la que aspiran y el método para conseguirla: la estatista y la economicista.

La estatista, regida por la subordinación vertical, apuesta por la reducción del déficit fiscal y comercial a través de la imposición de elevados impuestos tanto a las empresas del Estado como a las no estatales y la reducción de gastos mediante el recorte de servicios sociales.

La economicista, para desarrollar las fuerzas productivas, crear más riqueza material y acelerar el desarrollo económico, tomando como modelos las reformas de China y Vietnam, apuesta por la privatización, la mercantilización, los incentivos materiales, la disciplina de mercado, la inversión extranjera y la inserción de Cuba en el mercado internacional.

Los mandamases de la continuidad, que se debaten desde hace años entre ambas tendencias, ahora, a regañadientes, sin más a qué echar mano, parecen inclinados a la visión economicista. Pero, como siempre, por su proverbial ineptitud y su miedo a ceder espacios que les hagan perder el poder, se quedarán a medias, harán mal lo poco que puedan hacer porque es demasiado tarde para parar y enmendar el desastre que provocaron. Y fracasarán. Tienen el juego perdido de antemano.

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