KEY BISCAYNE, Estados Unidos ― Me encontré con Clara María del Valle ―nacida como Clara María Carrera Jústiz― en su apartamento de Key Biscayne. Allí, rodeada de pinturas cubanas, de fotos y otros recuerdos familiares, evocó a grandes rasgos los momentos cruciales de su corta vida en Cuba y de sus 66 años de exilio.
A Clara María me instó a entrevistarla Sylvia Iriondo, con quien comparte lazos familiares y toda una vida consagrada a la lucha por los derechos humanos en Cuba. Durante la conversación resultó que habíamos sido vecinos en la Isla, pero tras su partida al exilio toda aquella memoria del barrio de su infancia quedó borrada intencionalmente.
En la conversación, supe que yo había nacido ocho años después de la salida de Clara María de Cuba y que ella estudió su primaria en el mismo colegio en que hice la secundaria. Dicho colegio se llamó Las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús hasta que el régimen castrista lo cerró y confiscó. En 1960, las autoridades cubanas expulsaron a las monjas que habían construido y fundado el colegio y el edificio lo convirtieron en una escuela secundaria básica que bautizaron con el nombre de Manuel Bisbé, un diplomático del régimen cubano fallecido a causa de un infarto en 1961 tras una sesión de trabajo en la sede de Naciones Unidas en Nueva York.
Aunque quisieron borrar casi todo lo que tuvo que ver con el pasado de Las Esclavas de Miramar, no pudieron retirar las cruces talladas en la piedra, tanto las del frontón como las situadas a lo largo del alto muro. Tampoco cerraron la capilla que siguió funcionando con las pocas viejitas del barrio que se atrevían a asistir a la misa semanal que oficiaba allí el párroco de la vecina iglesia de San Antonio de Padua.
―Cuéntanos de tus orígenes familiares…
―Mi padre, Ignacio Carrera-Jústiz Fernández de Velasco, fue abogado y juez correccional. También músico e intelectual. Debía su educación muy completa a su propio padre, Francisco Carrera-Jústiz, nacido en Guanabacoa en 1857. Este fue el primer embajador de la República de Cuba en Madrid, además de decano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de La Habana, eminente pedagogo, profesor emérito, miembro de la Academia de Ciencias, de la Academia Real de Jurisprudencia y Legislación de España y embajador en Washington, México y Holanda. Mi abuelo falleció a los 90 años en 1947. Un hermano de mi padre, Pablo Carrera-Jústiz, también fue abogado y ministro. Mi propio padre, por sus ideas y sus posiciones, fue detenido y encarcelado, primero en el conservatorio de Quinta Avenida, luego en la fortaleza de La Cabaña durante la invasión de bahía de Cochinos.
Mi abuela paterna, María Teresa Fernández de Velasco Lacoste-Ramírez, fue una de las primeras mujeres en graduarse en Farmacia en la Universidad de La Habana. Mis abuelos vivían en Manrique y Malecón, en un edificio llamado justamente Carrera-Jústiz. El único recuerdo que tengo de mi abuelo paterno data de cuando yo tenía unos tres años y ―no me preguntes por qué― lo asocio a una gallina que teníamos en el patio.
Mi madre, Clara María Rodríguez Bacardí, nacida en La Habana, era la hija del coronel Gustavo Rodríguez Pérez, originario de Sagua la Grande, y de la santiaguera Prudencia Susana “Carmen” Bacardí Lay (también llamada “Nena”), nacida en 1884 y fallecida en el exilio, en Miami, en 1978. Prudencia Susana era una de las hijas que Emilio Facundo Bacardí Moreau, hijo del fundador de la marca, tuvo con María Inocencia Lay Berlicheau, su primera esposa. Emilio tuvo una segunda esposa llamada Elvira Calpe Lombard, con quien también tuvo cuatro hijos, pero todos eran una gran familia unida.
Mi padre se graduó en Derecho y luego se casó con mi madre. Ambos vivieron en Nueva York, donde él estudió Derecho Internacional y Música en Columbia University. Después de cuatro años en la Gran Manzana regresaron a Cuba.

―¿Qué recuerdos tienes de tu infancia en Cuba?
―Nací el 5 de junio de 1944 en La Habana. Primero viví en la calle 28, entre Primera y Tercera; luego nos mudamos a Séptima Avenida, esquina a 36, en el reparto de Miramar, donde tenía como vecinos a los Navarrete, cuyas hijas, Julieta y Ana Lourdes, eran mis compañeras en el colegio de Las Esclavas de Miramar; el padre, Jorge Navarrete, era abogado. A unas casas de allí vivían Millie y Lucky Schuman de la Pezuela, cuyos padres eran dueños de una floristería, y en la otra esquina estaban el abogado Rubén Cruz Planas, su esposa Emma Ortiz y su hijo Alberto Cruz Planas, que era amigo mío. También vivía allí el ganadero y terrateniente Remigio Fernández Blanco, propietario de los mataderos RF y casado con María Luisa Quirch Moller. Se trata de los fabricantes de aquellos embutidos cuyo famoso lema era “RF, en la sartén y todo queda bien”.
También recuerdo que iba siempre con mis padres y amigos al Havana Yacht Club, al que pertenecía mi familia. Durante las temporadas de playa nos instalábamos en nuestra casa de Varadero, llamada El Vaivén, sita en la calle 12 del balneario. Todo esto lo tengo muy claro en mi memoria.

―¿Puedes hablarnos de tu escolaridad en Cuba?
―Estudié en un colegio de monjas que no eran de clausura, aunque vivían casi como tal. El colegio pertenecía a la Congregación de las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús y fue construido en 1949 en un lote donado por Natividad del Valle, una religiosa perteneciente a la orden, en la calle 62, entre Quinta A y Quinta B, en Miramar. No estaba lejos de la casa de “Nena” Bacardí, mi abuela materna, quien vivía en Séptima y 62. El colegio de Las Esclavas ocupaba la manzana entera y tenía un enorme patio rodeado de muros, una iglesia o capilla que daba a la esquina de Quinta B, una gran biblioteca y un fabuloso teatro.
Allí tuve compañeras inolvidables como Julieta Navarrete, Anie Mendive, Ceci de la Torriente, las Padilla, Maggie Casteleiro, Micaela Carrillo, Lourdes Abascal, entre otras. Las monjas eran sumamente estrictas, pero muy buenas pedagogas. La escuela tenía laboratorios de química y biología, talleres de manualidades y un sinfín de ventajas. Recuerdo incluso que mi taquilla de alumna era la 17.
Años después, ya en el exilio, viajé con mi esposo [Mario Luis del Valle Cervera] a Panamá, donde él había inaugurado un banco. Buscando dónde matricular a mi hija Ana María, me enteré de que había un colegio Las Esclavas allí. Entonces fui a verlo y cuál no fue mi sorpresa cuando la madre Esther Gall, que había sido monja y profesora de mi colegio de La Habana, al reconocerme, me llamó por mi propio nombre. Ambas estábamos asombradas de encontrarnos en aquel país tantos años después.
Luego, para que cursara mi bachillerato, me inscribieron en el Instituto de Marianao, en el que pasé las pruebas de ingreso, pero nunca pude asistir pues ya el régimen castrista estaba haciendo de las suyas y me sacaron de Cuba a los 16 años.

―¿En qué momento saliste de Cuba y en qué condiciones?
―La situación ya era crítica antes del 1 de enero de 1959, pues ponían bombas en los cines y ya no nos dejaban salir.
En 1960 ya se sabía que aquello era comunismo y mis padres tomaron la decisión de sacarme de la Isla. Me dijeron que iba a pasar una temporada en Puerto Rico con mi abuela Nena. No me preguntes la fecha porque no la sé. Es como si hubiera borrado esto de mi mente. Imagínate que soy capaz de recitarte el número de teléfono de nuestra casa en La Habana (B-4520), pero soy incapaz de recordar esa fecha.
Lo que sé es que ya mis hermanos estaban estudiando en la Universidad de Auburn, en Alabama, y a mí me mandaron directamente a San Juan de Puerto Rico, donde ya estaba mi abuela tras la confiscación de sus cuentas en Cuba.
―¿Tienes anécdotas de ese primer tiempo en el exilio?
―Te advierto que en ese momento pensábamos que era un exilio muy temporal. Nos mandaron a vivir a casa de mi tío materno Guillermo Rodríguez Bacardí y al mes nos mudamos a los Gallardo Gardens, una urbanización moderna de cuatro edificios en Bayamón. Allí vivían muchos cubanos como Jerónimo Estévez y Manolín Ferro.
Ni mi abuela ni yo sabíamos hacer estrictamente nada. Tampoco me matricularon en ningún colegio porque, como ya dije, estábamos seguras de que en unos meses estaríamos de vuelta a Cuba. Entonces me pasaba los días jugando a la baraja con mi abuela y, como el tiempo pasaba, el propio Jerónimo Estévez me consiguió un trabajito en una tienda muy elegante por departamentos llamada González Padín, que se hallaba en la Parada 20, y en la que no duré mucho, por cierto.
En Puerto Rico me quedé hasta finales de 1961, cuando mis padres salieron de Cuba en el último ferry con destino a West Palm Beach.

―¿Se fueron a Estados Unidos?
―Mi padre conocía a Salvador Díaz Verson, a su esposa Teresa Bana y a su hija Elena, cubanos exiliados que vivían en Columbus, un pueblecito de Georgia. Fue gracias a Elena que nos instalamos en ese sitio. John Beverly Amos, su esposo, fue el principal fundador de American Family Life Insurance Company of Columbus, creada en 1955 y conocida posteriormente como AFLAC. La compañía comenzó a ofrecer seguros contra el cáncer en 1957 y, por eso, empecé a trabajar para ellos poco después de mi llegada a Georgia. Elena fue una de las grandes filántropas de Estados Unidos y también la mujer hispana más rica de todo el país. Los Amos fundaron junto a Goizueta el fondo cubano de la Universidad de Miami, entre muchas otras obras.
Como dije, mis dos hermanos, Ignacio y Francisco, estudiaban arquitectura y administración de empresas en Auburn. Entonces estábamos allí esperando a que ellos se graduaran. En ese pueblito había muchos cubanos debido a la proximidad de la base militar de Fort Benning, donde se formaron muchos militares latinoamericanos.
En cuanto terminaron los estudios, mandaron a Ignacio a trabajar como arquitecto de Bacardí en Puerto Rico y a Francisco a trabajar en el First National City Bank de Nueva York. Por cierto, Ignacio (fallecido en 2023 a los 85 años) fue el que diseñó en 1973 el anexo ―ese cubo que descansa sobre un zócalo naranjo― en la parte posterior de la sede de Bacardí en Biscayne Boulevard.
Entonces nos fuimos a vivir a Nueva York, donde me casé en 1965 con Mario Luis del Valle Cervera, otro cubano exiliado, cuyo padre dirigía en Cuba, en 1958, el central azucarero Australia, cerca de Jagüey Grande. Recuerdo que Mario no había terminado sus estudios y, cuando anunciamos nuestro compromiso, mi madre le dijo: “Y de los estudios, ¿qué?”. Había estado en los campos de infiltración preparándose para la tan anhelada reconquista de Cuba. Fue entonces cuando empezó a estudiar por las noches Administración de Empresas en Nueva York, mientras trabajaba de cajero en la Manufacturers Hanover Trust Company. Yo trabajaba en Young & Rubicam, una compañía publicitaria y de comunicación en la que también estaba Alberto Abel Mestre, hijo de Abel Mestre, uno de los hermanos que adquirieron y desarrollaron la cadena CMQ en Cuba.

―¿Qué sucede después?
―Mario terminó finalmente la carrera en Miami en 1966, donde nació en 1972 Mario Luis, el primero de nuestros tres hijos, viviendo ya entonces en Di Lido Island, en Miami Beach.
Mi esposo iba a los estudios y yo a trabajar en una tabaquería llamada Tropicana Cigars, propiedad de Luis E. del Valle, un tío de Mario, y de Lulú Camacho. La tabaquería estaba en la calle 8 y la 17 avenida del suroeste. Allí aprendí a hacer capas de tabaco y me hice amiga de todos los tabaqueros. Trabajé porque tocaba: había que salir adelante con la familia y también por respeto y educación.
Cuando Mario se graduó volvimos a Nueva York, donde Mario trabajó en la sede de Manufacturers Hanover Trust Company, en Park Avenue, y donde nació Ignacio, nuestro segundo hijo, en 1974.
―Tengo entendido que vivieron muchos años en América Latina.
―A Mario lo enviaron como representante del Banco Hanover en Bogotá en 1975. Es por eso que nuestra hija Ana María nació allí. Fue un periodo muy interesante de nuestras vidas porque, como banquero, Mario tenía muchas relaciones y conocimos a todos los representantes del cuerpo diplomático y a los presidentes y personalidades de diferentes gobiernos colombianos. Por cierto, nos tocó el momento en que el grupo guerrillero M-19 tomó la Embajada de República Dominicana en febrero de 1980. Tomaron como rehenes a 14 diplomáticos que estaban celebrando en la sede la independencia de la República Dominicana. De hecho, el desenlace de todo aquello fue que se acordó que tanto secuestrados como guerrilleros saldrían hacia Cuba, donde liberarían a los primeros. Nosotros vivíamos al lado de la Embajada de Estados Unidos y ya Mario estaba también en la lista de los secuestrables del Country Club de Bogotá.
Por esta razón nos tuvimos que ir de Colombia. Fue entonces que Mario abrió Bancolat en Panamá, país al que llegamos antes de que llegara Manuel Antonio Noriega al poder.
―¿Fue en Colombia donde empezaste a realizar labores sociales?
―En Colombia, el padre Charles Bean, un misionero norteamericano, me pidió que lo ayudara en temas sociales relativos a la prostitución. Entré en un ámbito que no imaginaba y aprendí muchísimo pues creamos talleres para darles un oficio a las mujeres que se prostituían para sobrevivir. Viajaba entonces a Estados Unidos y le pedía a la tienda Sears, por ejemplo, que nos regalara telas con las que se enseñaba la confección y venta de servilletas, guantes de cocina y todas esas cosas a aquellas mujeres. Entonces las vendíamos al Hilton de Bogotá, cuyo presidente, José Zavaleta, era cubano. Al taller de confecciones le pusimos “El Cristo viajero”.
La labor la continué en Panamá con la obra El Minuto de Dios. Me fui a trabajar a El Chorrillo, una de las zonas más pobres del país, donde hicimos un asilo de ancianos y un hogar para madres solteras. Con los religiosos de San Juan Bosco creamos talleres de oficio para formar en herrería y plomería a personas sin oficio alguno.

―¿En Panamá te vinculaste al tema cubano?
―En efecto. Estando en Panamá me llamaron Pepe Hernández y Jorge Mas Canosa para que prestara apoyo a los cubanos que no paraban de llegar a ese país. Ya la Fundación Nacional Cubano Americana (FNCA) había sido creada (en 1981). Yo empecé a utilizar un comedor que había en El Chorrillo para repartir alimentos a los cubanos recién llegados. Entonces surgió el Programa Éxodo, en el que me impliqué de lleno con la Fundación y gracias al cual pudimos reunificar a 10.000 familias cubanas de Panamá, Costa Rica, Venezuela y España, sin costos para los contribuyentes, con el objetivo de que pudieran llegar a Estados Unidos y reunirse con sus allegados.
Pero a partir de 1985 las cosas en Panamá empezaron a degradarse. Un día Mario se enteró de que yo andaba con nuestros hijos protestando contra el gobierno de Noriega a lo largo de la calle 50 y hasta ahí duró nuestra aventura panameña. Decidió venderlo todo y salir con nosotros rumbo a Miami, donde hemos vivido desde entonces. Así pusimos fin a siete años de vida en Panamá.
―¿Qué hacen en Miami? ¿Sigues trabajando en la causa cubana?
―Mario trabajó de 1989 a 1997 como vicepresidente del Republic National Bank. Yo me convertí en vicepresidenta ejecutiva de la junta directiva de la Fundación Nacional Cubano Americana ayudando a los presos políticos en Cuba y trabajando siempre con la oposición.
Trabajé mucho con los detenidos de Krome, en Miami, cuando la crisis de balseros de 1994, específicamente en el traslado de muchos de ellos a Panamá. No he parado de participar en ruedas de prensa a nivel internacional denunciando los atropellos del régimen comunista impuesto en la Isla.
En 2013 fui con Irma Mas y Laly Sampedro al Parlamento Europeo para las ceremonias en las que las Damas de Blanco y Guillermo Fariñas recibieron finalmente los premios Sájarov que les habían sido concedidos en 2005 y 2010, respectivamente.

―¿Has vuelto a Cuba?
―¡Ni que estuviera loca! No solo no he vuelto, sino que no permito que nadie de mi familia lo haga. ¿Para qué voy a ir? ¿Para ver una casa en la que viven personas desconocidas? ¿Para humillarme tocando a la puerta de la nuestra y pidiendo de favor que me dejen entrar para ver no sé qué? Allí solo quedaron unos primos maternos comunistas a los que les di cruz y raya.
Solo volvería a una Cuba libre para ayudar a su reconstrucción. A mí no me hace falta regresar a un país oprimido. Es más, te invito a que mires por los ventanales de mi casa y me respondas sinceramente si acaso no ves a Cuba del otro lado del mar.
―¿Conservas las esperanzas de un cambio?
―Déjame decirte que a mí lo único que me mantiene viva es la esperanza en la libertad de Cuba. Estoy segura de que Cuba va a ser libre y de que va a florecer. La reconstrucción va a ser lenta y difícil porque el daño ha sido muy profundo. Lo peor será, sin dudas, la reconstrucción moral, pero lo lograremos. La próxima entrevista me la vas a hacer en el Hotel Nacional y viajarás desde París para verme allí, en La Habana, trabajando desde el primer día a favor del renacer de toda nuestra nación.

