MIAMI.- Hay hombres cuya vida queda marcada por un solo acontecimiento. La de Héctor Maseda Gutiérrez, en cambio, estuvo atravesada por varias batallas: la del ingeniero que renunció al silencio, la del preso político que sobrevivió a la Primavera Negra, la del esposo que vio nacer a las Damas de Blanco y luego tuvo que despedir a su fundadora, y la del intelectual que convirtió la prisión en un espacio para escribir y resistir.
Maseda murió el 30 de mayo en Miami, a los 83 años, poco más de una década después de abandonar definitivamente Cuba. Con su fallecimiento desapareció uno de los rostros más representativos de la disidencia cubana y uno de los sobrevivientes de la ola represiva desatada por el régimen de Fidel Castro contra la oposición pacífica.
Su nombre quedó ligado para siempre a la Primavera Negra de marzo de 2003, cuando 75 periodistas independientes, bibliotecarios, activistas y opositores fueron arrestados en redadas simultáneas y condenados a largas penas de prisión bajo acusaciones de actuar contra la seguridad del Estado. Pero para Maseda la historia no comenzó aquel marzo.
Ingeniero de profesión y hombre de profundas inquietudes intelectuales, había decidido cuestionar públicamente al sistema cuando hacerlo significaba perderlo todo. Su activismo lo convirtió en un objetivo de la Seguridad del Estado mucho antes de que un tribunal lo condenara a 20 años de cárcel.
Durante una entrevista concedida a CubaNet en 2016 recordó que, de todos los momentos vividos en prisión, hubo uno que aún lo estremecía.
«El momento más difícil que tuve allí fue cuando trataron de acusarme de espía», confesó. Hasta entonces estaba convencido de que pasaría varios años encarcelado. Lo que nunca imaginó fue enfrentar la posibilidad de una condena mucho más severa.
«Yo siempre pensé que iba a estar unos cuantos años preso, pero nunca jugarme la vida al frente de un tribunal que me pidiera pena de muerte por hacer espionaje en contra de mi país.»
Maseda relató que fue sometido a un régimen de interrogatorios prácticamente ininterrumpido que apenas le permitía descansar. «La tortura a la cual me sometieron era que prácticamente no podía dormir», recordó. «Llegaban a hacerme entre once y trece interrogatorios cada veinticuatro horas.»
Su activismo le costó una condena de 20 años de prisión en marzo de 2003. Las autoridades cubanas lo acusaron entonces de actuar como “mercenario al servicio de una potencia extranjera” y de cometer actos contra la seguridad del Estado.
Mientras permanecía bajo estricta vigilancia logró redactar varios libros, entre ellos Enterrados vivos, uno de los testimonios más conocidos sobre la experiencia de los presos políticos cubanos. También escribió Lunas del Escambray, Selección de ensayos masónicos.
La prisión no consiguió quebrar otra de las columnas de su vida: Laura Pollán. La historia de ambos había comenzado muchos años antes, lejos de la política.
«Laura y yo nos conocimos porque éramos asiduos, sobre todo, a los museos de artes plásticas», contaba con una sonrisa durante aquella entrevista.
«Ella era muy capaz, muy inteligente. Yo la ayudaba en unas cosas y ella me ayudaba a mí en otras.»
Ninguno imaginó entonces que terminarían convirtiéndose en uno de los matrimonios más conocidos de la oposición cubana. Fue precisamente el encarcelamiento de Maseda el que cambió el rumbo de la vida de Laura Pollán.
«Ella se inició dentro de la oposición por lo absurdo de mi detención», explicaba.
De aquella indignación nació, junto a otras esposas y familiares de presos políticos, el movimiento Damas de Blanco, que durante años desafió al régimen caminando pacíficamente por las calles de La Habana con un gladiolo blanco entre las manos.
La muerte repentina de Pollán, en octubre de 2011, fue uno de los golpes más duros que recibió.
«Imagínense lo que significó para mí el fallecimiento no anunciado de ella», dijo entonces.Nunca dejó de hablar de ella.
Cuando recuperó la libertad siguió trabajando en nuevos proyectos. Soñaba con publicar un libro construido a partir de la correspondencia que ambos intercambiaron durante los años de prisión.
Desde el exilio continuó denunciando la represión en Cuba, defendiendo a los presos políticos y participando en iniciativas en favor de los derechos humanos, convencido de que la lucha por una Cuba democrática no terminaba al cruzar el estrecho de la Florida.









