MIAMI, Estados Unidos ― El Buró Federal de Investigaciones de Estados Unidos (FBI, por sus siglas en inglés) presentó al régimen cubano como un actor especialmente eficaz en espionaje y contrainteligencia contra Washington. Durante una mesa redonda difundida en las redes sociales de la entidad, varios funcionarios sostuvieron que la Isla ha frustrado operaciones estadounidenses, infiltrado instituciones del Gobierno de EE.UU. y desarrollado durante décadas una estrategia de reclutamiento a largo plazo que, a juicio de la agencia, la convirtió en un adversario particularmente difícil de detectar y desmantelar.
En X, el FBI resumió esa tesis en términos directos: “La pequeña nación insular de Cuba se encuentra a 90 millas de Estados Unidos” y “utiliza estrategias eficaces de contrainteligencia para frustrar activos estadounidenses”. A partir de ahí, la agencia desarrolló una conversación centrada en el espionaje como amenaza de seguridad nacional y puso a La Habana como caso emblemático de esa práctica. De acuerdo con Joshua Obstfeld, alto funcionario de la División de Contrainteligencia y Espionaje del FBI, la intención del intercambio era explicar al público cómo opera ese tipo de amenaza y qué hace el Buró para contenerla.
La evaluación más dura vino de una agente especial identificada en el video como Eliza, quien afirmó que Cuba “ha jugado muy por encima de su peso durante mucho tiempo” y que “ha sido realmente una espina” en el costado de Estados Unidos “porque son muy buenos en lo que hacen”. Según esa funcionaria, la cercanía geográfica con Estados Unidos y el temor histórico a una invasión llevaron a La Habana a invertir de forma sostenida en la obtención de información, en el intento de influir en políticas y en el fortalecimiento de sus servicios de inteligencia hasta un punto que, según dijo, Washington no comprendió a tiempo.
El FBI ubicó el punto de inflexión a finales de los años 80. Según la mesa redonda, en 1987 el desertor Florentino Aspillaga Lombard informó a la comunidad de inteligencia estadounidense que todos sus agentes “habían sido doblados”, es decir, que estaban controlados por el Gobierno cubano. La agencia describió esa revelación como “un golpe al estómago”, porque implicaba que la información que Washington creía recibir de sus fuentes estaba siendo alimentada, en realidad, por los servicios de inteligencia de Fidel Castro.
A ese golpe se sumó otro hallazgo: la sospecha de que el Gobierno estadounidense había sido penetrado por una red de agentes a la que los cubanos llamaban “La Red”. Según la agente del FBI, esa estructura no era exactamente un aparato rígido, sino “un grupo suelto de estudiantes” reclutados mientras estudiaban o daban clases en universidades de la Ivy League, movidos por afinidad ideológica o por una visión aspiracional de la Revolución cubana. La clave, sostuvo, era que esos individuos eran captados antes incluso de entrar en el aparato federal, de modo que llegaban al Gobierno “ya reclutados, ya motivados”, sin los cambios bruscos de conducta o de finanzas que suelen activar alertas en investigaciones de espionaje.
En esa reconstrucción histórica, el FBI mencionó varios nombres emblemáticos. La agente recordó el caso de Ana Belén Montes, exanalista de la Agencia de Inteligencia de Defensa; el de Walter Kendall Myers y su esposa, vinculados al Departamento de Estado; y el del exembajador Víctor Manuel Rocha, la pieza más reciente localizada dentro de ese entramado.
La tesis del Buró es que todos esos casos requirieron años de trabajo, cruce de datos y cooperación interagencial porque, según admitieron los participantes, en este tipo de expedientes casi nunca se obtiene “el nombre completo” ni “el cuadro completo” desde el inicio.
La conversación insistió en que el espionaje es una de las investigaciones más complejas que enfrenta el FBI porque no se trata, dijeron, de perseguir delincuencia común, sino de enfrentarse a gobiernos enteros con aparatos especializados en ocultar identidades, proteger activos y explotar vulnerabilidades humanas. En el caso cubano, una de las analistas participantes afirmó que La Habana recibió entrenamiento y recursos de la Unión Soviética y que, incluso en medio del llamado Período Especial, “perdieron todos sus subsidios soviéticos y, aun así, sus servicios de inteligencia siguieron financiados”. Para el FBI, esa continuidad ayuda a explicar por qué Cuba ha sostenido durante décadas una capacidad operativa que, según la agencia, supera lo que cabría esperar de su tamaño.
La funcionaria Tiffany, oficial nacional superior de inteligencia para contrainteligencia, explicó además que, desde el punto de vista legal, el espionaje exige la transmisión de información de defensa nacional a una potencia extranjera o a un agente suyo, con el resultado de ayudar a esa potencia o perjudicar a Estados Unidos. Subrayó que no toda la información tiene que estar clasificada para encajar en esa figura penal: puede tratarse también de información controlada y relevante para la defensa nacional.
La advertencia final del FBI estuvo dirigida tanto a funcionarios como al público en general. Los participantes insistieron en que las operaciones de inteligencia extranjeras pueden explotar la juventud, la ideología o la manipulación personal, y no solo el dinero o el resentimiento laboral. Por eso, uno de los mensajes de cierre fue que “no hace falta ser paranoico, pero sí estar alerta”, y que cualquier conducta sospechosa puede reportarse a las oficinas de seguridad de una empresa o agencia.









