SANTA CLARA, Cuba. – A finales del año pasado, la intervención pública de un concejal uruguayo del municipio de Santa Rosa desató una fuerte controversia en redes sociales y medios locales. El funcionario afirmó que los vecinos de este lugar “no aguantaban más” el comportamiento de un grupo de cubanos que provocaba “ruidos molestos” y “manejo inadecuado de residuos”. El canal regional Anpi TV, que le dio cobertura a la polémica, recogió el criterio de la contraparte: los cubanos asentados en esta comunidad, perteneciente al departamento de Canelones.
“Nuestro país atraviesa por una crisis que engloba todo. Hemos llegado con ánimo de construir”, dijo al medio Mario Echevarría a modo de comunicado grupal en nombre del más de un millar de migrantes de la Isla que reside allí. “Hemos venido aquí a trabajar”, recalcó otra entrevistada.
El episodio puso en evidencia un fenómeno que se ha intensificado en los últimos años: la llegada de cientos de cubanos que se establecen definitivamente en la pequeña nación del sur, sobre todo a raíz de la reciente recesión del programa estadounidense de parole humanitario. De hecho, el último censo confirma que Cuba es el tercer país con mayor número de migrantes radicados en Uruguay después de Venezuela y Argentina, y desde 2024 ocupa el segundo lugar en cuanto a residencias concedidas, de acuerdo con datos públicos de la Dirección Nacional de Migración.
Hace tres años que la actriz de teatro santaclareña Lizandra Martín tomó rumbo a Montevideo por travesía junto a su esposo, vía Trinidad y Tobago y Guyana, uno de los principales puntos de partida de los cubanos hacia Sudamérica puesto que no exige visado de entrada. “La travesía fue como un campismo por toda la selva directo a Brasil”, recuerda. El trayecto se realiza generalmente en pequeños grupos que son trasladados en buses hasta ciudades como Boa Vista, Manaos o São Paulo, donde suelen permanecer por algunas horas o días, para luego ingresar a las fronteras uruguayas. Una vez allí, tienen derecho a una solicitud de refugio en los puestos de control y a obtener una cédula provisional en trámite. “Escogimos Uruguay porque es un país en el que, aunque no tengas la residencia, sí tienes derecho a trabajar, a vivir tu vida normal”, resalta la entrevistada.

A principios del año pasado ya los cubanos representaban el grupo más numeroso dentro de los solicitantes del programa de residencia por arraigo impulsado por el Gobierno de este país, una disposición aprobada para regular a miles de extranjeros que habían solicitado refugio, pero que no calificaban para obtenerlo. La noticia fue motivo suficiente para que José Carlos Mendieta, un joven informático también de Villa Clara, decidiera pagar la travesía hasta Uruguay a mediados de agosto, tras recibir la negativa de un visado español.
Cinco meses antes, otras tres amistades de su carrera habían llegado a Montevideo por la misma ruta migratoria irregular. En el barrio capitalino de La Comercial lo esperaba, no obstante, un comienzo bastante austero: habitación compartida con sus colegas de estudio, un colchón en el piso, comida enlatada y largas caminatas en busca de trabajo para pagar a plazos las deudas contraídas con la travesía. “Lo hacía para ahorrarme el dólar que cuesta el transporte público aquí. A uno le parece que es mucho dinero, porque en Cuba estás acostumbrado a pasar trabajo”, comenta.
Como casi todos los recién llegados, su hospedaje actual consiste en un cuarto de renta, conocidos allá como “pensiones”, por el que paga unos 250 dólares mensuales. Estos alojamientos de bajo costo suelen recibir a migrantes y trabajadores temporales y, aunque ofrecen las condiciones mínimas para vivir, las habitaciones como la cocina, el baño o el uso del refrigerador funcionan como espacios compartidos. José Carlos detalla que “son como un albergue”, pero para los cubanos, acostumbrados a múltiples precariedades, realmente “parecen un cuarto de hotel”, describe. “En mi pensión hay más de seis cubanos, incluyendo familias con niños que llegaron el mes pasado. Aconsejaría a los que vienen para acá tener algún dinero en mano para el arranque”.
Desde finales del siglo XIX, Uruguay se ganó el epíteto de “la Suiza de América” por sus características excepcionales tanto políticas como por sus altos niveles de bienestar, equiparables al del país europeo. Su prosperidad también se ha visto reflejada en los precios de consumo y en el costo de vida general, que se ubican entre los más altos de la región y superan ampliamente a los de Argentina o Brasil.
Un artículo de AFP publicado en marzo pasado destaca que desde hace un tiempo a la fecha el “American Dream” de los cubanos se ha enfilado precisamente hasta la nación sureña. La búsqueda del “sueño uruguayo”, según reseña este reportaje, está motivado principalmente por la rápida inserción laboral, la tranquilidad y “la profunda solidaridad” que allí se percibe. Sin embargo, en algunos grupos de redes sociales, han aparecido recientemente mensajes hostiles que reclaman restringir el acceso de migrantes provenientes de la Isla. “Es un país pro-migrantes, pero también te encuentras con xenofobia”, aclara Lizandra Martín.
En una de estas comunidades digitales, específicamente en el grupo Cubanos en Uruguay, la también villaclareña Yinet Jiménez, radicada allí desde hace tres años y dedicada a la consultoría de marketing para ventas, hizo un llamado al respeto hacia la comunidad cubana y sobre todo hacia los cientos de profesionales que en ocasiones deben demostrar una competencia que a otros no se les cuestiona. También detalló en su canal de YouTube que llegó con apenas 500 dólares en el bolsillo y el sueño de construir su empresa digital en un país donde pudiera crecer sin esconderse, con libertad.

En uno de sus videos detalla que no considera a Uruguay entre los países donde “no se encuentre algo que hacer para ganarse el pan”. “Aquí siempre vas a hallar en qué trabajar, siempre habrá alguien que te de un empleo. Si me quejara de Uruguay fuese una ingrata”, agrega Yinet, vía WhatsApp. “Aquí se aprende a buscar mejoras salariales, a encontrar oportunidades, algo a lo que el cubano a veces no está acostumbrado”.
Una buena parte de los cubanos que se van a Uruguay terminan insertándose en el mercado laboral gracias a su capacidad de adaptación para “hacer lo que sea”, confirma Lizandra. En redes sociales se pueden constatar experiencias de emprendimientos exitosos y pequeños negocios como peluquerías, restaurantes o agencias de remesas o paquetería a la Isla. “Llegué sin un dólar en el bolsillo y ya tengo mi carpintería propia. No soy rico, pero trabajo para mí”, ejemplificó en Facebook un cubano llamado Wil Urguelles como respuesta a un recién llegado que solicitaba consejos para comenzar a trabajar allí. También en su perfil de Facebook, el youtuber y creador de contenido “Frank El Mákina” ha valorado positivamente su decisión de salir de la Isla hace tres años para asentarse en Uruguay donde logró crear una empresa propia: “Ahora vivo en un país libre, sin dictadura, con una de las mejores democracias del mundo. Un país estable económicamente”.

Aun así, gran parte de los cubanos resalta que lo que más les golpea es el alto costo de las rentas o los alimentos respecto a los salarios mínimos de cualquier recién llegado. “Es duro para un profesional tener que limpiar baños o hacer mandados, pero hubiera sido peor seguir allá comiéndome un cable con un salario de 6.000 pesos”, señala José Carlos, que por ahora encontró empleo en un pequeño restaurante donde le pagan unos 24.000 pesos uruguayos, el equivalente aproximado a 600 dólares. Además de los gastos personales, debe destinar determinado porcentaje mensual para mandar algún dinero a Cuba, “el saco que cargamos todos los que logramos salir de ahí”, lamenta.
“Cuando agarras un trabajo con salario mínimo y pagas tu comida y alguna otra cosa, siempre se puede ayudar a la familia en Cuba”, confirma Lizandra. “A veces estás apretado, pero se puede. Todo va a elección de cada cual”. El año pasado, esta joven actriz se convirtió en madre de una niña a la que nombró Ominira, que en lengua yoruba significa “libertad”. “Hoy estamos aquí, construyendo una nueva vida. Aquí volví a nacer: con más edad, más conciencia y más verdad”, resume. “Uruguay es pequeño en el mapa, pero inmenso cuando se vuelve hogar. Le agradezco que nos acogiera sin etiquetas, como hijos que andaban buscando tierra donde volver a sembrarse”.







