LA HABANA.- Luego de un mes de junio con récord de manifestaciones antigubernamentales en Cuba (252 en total, más de treinta en una sola jornada), y julio con casi doscientas a pesar de la represión desplegada en vísperas del quinto aniversario del 11J, agosto ha registrado un descenso en el número de protestas públicas, aunque los problemas que las motivan no solo se mantienen, sino que empeoran. Hasta el 18 de agosto la ong Cubalex tenía registradas 68 protestas contra 111 acontecidas durante ese mismo lapso del mes anterior. En comparación con picos previos, como los de marzo y junio, durante los cuales se produjeron las revueltas ciudadanas más numerosas desde el estallido social del 11 de julio de 2021, el mes de agosto ha sido tranquilo a pesar del calor, de la inflación nuevamente alcanzando cifras demenciales, de que los apagones en La Habana superan las 24 horas consecutivas y en provincias ya olvidaron qué es la luz eléctrica.
Esta calma aparente en medio de un escenario que se agrava de la mañana a la noche, pudiera responder a diversos factores. La fatiga ciudadana, en primer lugar, hace imposible mantener el ritmo de protestas contra un azote cotidiano. El impacto de la crisis en la salud tanto física como mental de los cubanos es evidente y atroz. La mayoría de las personas procuran reservar su escasa energía para sobrevivir un día a la vez, sosteniéndose a sí mismas y a su familia inmediata, sin demasiada esperanza en una acción colectiva que sacuda el tablero político nacional.
A un período de protestas intensas puede sucederle un momento de calma, sobre todo si el cuerpo y el cerebro encuentran la forma de aclimatarse a la adversidad hasta que esta alcance otro nivel, lo cual podría ocurrir a partir de septiembre, cuando comiencen a efectuarse los mantenimientos programados a varias centrales térmicas. Ese instante llegará con La Habana como único foco de rebeldía, donde un apagón, además de movilizar a cientos de vecinos en toques de calderos y protestas directas en las sedes municipales del gobierno y el Partido, es respondido por pintadas antigubernamentales, quema de basureros y daños a la propiedad estatal o privada.
No es de extrañar que el gobierno concentre sus recursos y estrategias en mantener La Habana controlada, monitoreando el nivel de tolerancia de los barrios, poniendo aquí y quitando allá horas de fluido eléctrico, pero también cables, breakers y transformadores; desvistiendo un santo para vestir otro si alguien paga por ello, y si los residentes son tan pasivos como para permitir que desmantelen la infraestructura eléctrica comunitaria porque “ya aquí apenas ponen la corriente”.
Otro elemento que probablemente ha influido en la reducción de las protestas es la programación de los apagones por circuitos en lugar de bloques. Si antes se apagaba un consejo popular completo, ahora es posible ver una calle en penumbras y la siguiente iluminada, cientos de vecinos atormentados por el calor y otros tantos durmiendo cómodamente o mirando televisión, desentendidos de lo que ocurre en la franja oscura y seguros de que, en pocas horas o la semana próxima, les tocará a ellos el tormento. Es otro mecanismo para dividir a los ciudadanos, “pacificar” a una parte de la población y asegurar una frágil tranquilidad en zonas céntricas de la capital.
En adición a este nuevo método de distribución de los apagones con el fin de evitar un estallido social de gran magnitud, la presión selectiva de la seguridad del estado sobre manifestantes previamente señalados por los delatores del barrio, funciona como un escarmiento para mantener a raya la insurgencia. Se ha hecho habitual que, en los días sucesivos a la protesta, los esbirros vayan puerta por puerta en busca de quien empezó o convocó la acción, de la voz que más alto gritó, del que dijo que no iban a parar hasta que no volviera la corriente, de quienes no callaron sus calderos cuando se hizo la luz y, especialmente, de quienes clamaron libertad.
La policía política no discrimina en sus atropellos. Lo mismo carga con un adolescente que se sumó a la protesta espoleado por el mal vivir generalizado y la rebeldía propia de su edad, que con una madre y su hijo pequeño. Calabozo, acta de advertencia, multa de miles de pesos y amenaza de cárcel los devuelven a sus casas con la rabia intacta, pero sosegados a la fuerza porque ir preso en Cuba, en estos momentos, es peor que la muerte.
Si bien es cierto que la conjunción de los elementos mencionados hace comprensible el declive momentáneo de las protestas, el silencio ciudadano podría ofrecer una impresión errónea de conformidad o resignación. Algunas opiniones apuntan a que la pasividad de la población podría retrasar o llevar a descartar una acción externa contra el régimen de Díaz-Canel, que insiste en presentar la grave crisis humanitaria que atraviesa la isla como resistencia heroica, masivamente elegida y respaldada. Esta clase de juicios condiciona el apoyo de la comunidad internacional a la prolongación del enfrentamiento desigual entre un pueblo desarmado, que ha soportado casi siete décadas de represión, y un gobierno que lleva igual período perfeccionando sus métodos de hostigamiento y control.
Las manifestaciones regresarán porque la situación económica y social en Cuba seguirá precarizándose. Las reformas anunciadas, por atrevidas que parezcan, no constituyen per se la solución. Hay un timing en política que el régimen cubano eligió ignorar una y otra vez. Ese mismo timing aplica para quienes, desde fuera, observan el devenir de los acontecimientos a la espera del estallido definitivo. Si dentro de unos meses el silencio apreciable hoy se mantiene, no será porque nos hayamos resignado, sino porque estamos muertos.









