LA HABANA.- Los ridículos ditirambos de Abel Prieto dedicados a Raúl Castro por su 95 cumpleaños no dejan lugar a dudas de que el exministro de Cultura y actual director de la Casa de las Américas nunca dejará de ser un saltimbanqui en la carpa del circo del régimen castrista.
Luego de administrar la cultura oficial durante años, emprendió la batalla contra la “cultura chatarra”, ungido en una especie de Petronio de solar y árbitro del buen gusto revolucionario. A título de Cid Campeador, asegura estar empeñado en reconquistar la doncellez y la pureza de la cubanía, la identidad nacional y los valores patrios.
Empeñado en desterrar, mediante su “acción descolonizadora”, la reproducción de “ciertos patrones de consumo y comportamiento ajenos a las tradiciones cubanas que muestran algunos jóvenes”, el autor de Los bitongos y los guapos y El vuelo del gato cree que, a fuerza de un férreo programa de adoctrinamiento político e ideológico, logrará erradicar los desvaríos capitalistas de los que hoy hacen gala muchos cubanos.
Hace varios meses, durante una intervención en el panel El debate en la Cuba de hoy, realizado en el Palacio de las Convenciones, Prieto afirmó que “cuando la ignorancia y la colonización cultural se unen, pueden tener consecuencias iguales o similares al fascismo”, una sentencia que alarmó a varios de los asistentes al evento.
Para ilustrar sus argumentos acerca del crecimiento inquietante de patrones asociados a la colonización cultural en Cuba, expuso un hecho ocurrido en Holguín en octubre de 2022, cuando varios jóvenes aparecieron en una plaza pública de esa ciudad oriental disfrazados con capuchas del Ku Klux Klan.
También pudo haber mencionado el escándalo que se produjo durante la competencia de disfraces por Halloween organizada el 30 de octubre de 2023 en el Maxim Rock, en La Habana, cuando un joven participó y ganó el primer premio vestido con un uniforme nazi. El hecho provocó, días después, el cierre del local por funcionarios del Instituto Cubano de la Música (ICM).
Pero esos no son signos de colonialismo cultural ni de fascismo. Son actos de jóvenes que, asfixiados por tantas imposiciones sobre lo que deben vestir, celebrar, comer y pensar, se rebelan irreflexivamente con lo primero que encuentran a mano para sentirse libres, diferentes, y tomar por un instante las riendas de sus miserables vidas.
Los verdaderos colonizados por patrones de consumo y comportamiento ajenos a las tradiciones cubanas no son los Pérez cualquiera que sobreviven con las racionadas migajas materiales y espirituales que les ofrece el régimen, sino los descendientes de los Castro y otros apellidos “ilustres” de la cúpula gobernante.
Que no se desgaste Abel Prieto viendo fantasmas. Que deje de fingir alarma y desconocimiento acerca de las causas de estos penosos hechos.
Verdaderos actos de colonialismo y sometimiento fueron los que el castrismo permitió que impusieran los soviéticos. Porque espero que Abel Prieto no haya olvidado la época en que los soviéticos nos avituallaron las vacías alacenas con latas de carne rusa, ajíes y coles rellenas, pepinos encurtidos y sopas lubianka en el restaurante Moscú; las calles con motos Berjovina y automóviles Volga y Moskvich; y las casas con lavadoras Aurika, radios VEF y televisores Krim 218. A cambio, estuvimos a punto de vernos obligados a que nuestros hijos, llamados Iván, Katiuska o Vladimir, entonaran las notas de nuestro Himno Nacional en idioma ruso.
Eso sí fue colonialismo, y no solo cultural. Lo demás son hechos aislados que únicamente resultan inquietantes para el régimen que defiende Abel Prieto, atrincherado entre los muros de una ideología perversa que ve un enemigo en cualquier cubano que desdeñe un tambor, no integre una comparsa o no baile rumba o guaguancó alrededor de la olla colectiva donde se prepara la caldosa en los festejos por cada aniversario de la fundación de los Comités de Defensa de la Revolución (CDR).
Para su falsa y patriotera guerrita cultural, Abel Prieto recibió la orden de combate. Junto a toda una troupe de fantoches en defensa de la supuesta pureza de la cultura cubana, deberá librar una batalla que, a sabiendas, está condenada a perder.









