Protesta del 27 de noviembre frente al Ministerio de Cultura en La Habana

El jueves 3 de diciembre, por la mañana, no hacía aún una semana que agentes de las fuerzas del orden habían entrado, vestidos con batas sanitarias, a la sede del Movimiento San Isidro en Damas 955, y extraído a la fuerza a sus ocupantes, entre quienes se encontraban cuatro huelguistas de hambre. Lo que sucedió al día siguiente fue histórico: algunos cientos de manifestantes se congregaron frente al Ministerio de Cultura para reclamar derechos y libertades, principalmente relacionadas con la expresión y asociación.

Sin embargo, no más el grupo de 30 representantes elegidos por los congregados para dialogar con el viceministro Fernando Rojas abandonó, ya en la madrugada del 28 de noviembre, la sede del Ministerio con la promesa de un diálogo –si bien menos inminente, sí más comprometido– con condiciones y agenda que deberían ser posteriormente pactadas, y en donde los diferentes actores de la sociedad civil que habían entrado a dialogar iban a tener cabida, el gobierno cubano comenzó una campaña mediática de descrédito de muchos de los participantes tanto del encuentro con el viceministro como de la sentada frente al Ministerio.

Pocas horas después del encuentro, el mismo 28 de diciembre, la televisión cubana transmitió un programa especial donde calificó de mercenarios a algunos participantes del diálogo celebrado la noche anterior, principalmente a los miembros del Movimiento San Isidro, cuya huelga había dado origen a la protesta del 27 de noviembre. Durante los días siguientes, la campaña mediática de desacreditación, y el hostigamiento y secuestro policial de muchos de quienes se reunieron frente al Ministerio de Cultura o participaron de la protesta de San Isidro, mecanismos ambos mediante los cuales se intentó vincular a estos individuos con actos de sabotaje y desestabilización nacional, pusieron de relieve el carácter de farsa del encuentro previo con el viceministro Rojas.

Del otro lado de las redes, muchos en el exilio se llenaron el pecho –y sus muros de Facebook– cuestionando, en algunos casos desde posiciones moralizantes, la posibilidad de diálogo que por unas horas se había perfilado y a la que se aferraban quienes en la Isla pretendían transformar la sociedad cubana haciendo uso de los mecanismos legales a su alcance. Si bien estas voces argüían, con razón, la poca disposición al diálogo históricamente manifestada por el gobierno cubano, de la que una vez más estaba dando muestra, ninguna alcanzaba a proponer otras soluciones viables en el momento actual.

Antes la alternativa de cruzarnos una vez más de brazos insinuada en muchas de las quejas que leí en mi muro de Facebook, o de llamar a un alzamiento popular, quimérico y moralmente insostenible desde este lado de la cerca, o de dejar en manos de la comunidad internacional un problema que, en primera instancia, pertenece a los cubanos, redacté una carta abierta que circulé con mis amigos y conocidos más o menos cercanos de la comunidad académica.

No hubiera dicho esto ni reclamado autoría de esa carta si no hubiera leído en la prensa oficial cubana críticas dirigidas a colegas del claustro universitario, en donde se acusa al gremio de intentar orquestar lo que allí se califica como Tercera Opción, definida como una estrategia de subversión en Cuba que busca “sumar líderes intelectuales, periodistas y académicos” para “mover las tornas de la ideología revolucionaria al centro, sumar los más a la ambivalencia ideológica, cómoda y oportunista, y desde una posición de aparente neutralidad socavar los pilares de la Revolución”. “Contrarrevolucionarios” y “mercenarios” llama la prensa oficialista a los terceropcionistas, mientras que en algunos posts de Facebook se cuestiona la ausencia de cartas defendiendo cualquier otro tipo de causas más o menos relacionadas con la actual situación política cubana.

En respuesta a unos y otros, y en defensa de los 209 académicos que firmaron la carta que circulé entre la medianoche del 3 de diciembre y la mañana del 9 de ese mes, quiero dejar constancia de:

  1. La “Carta abierta de la comunidad académica por el diálogo en Cuba” la escribí yo, a instancias mías y sin ayuda de nadie. Contados amigos personales revisaron luego el texto en español y en inglés y tradujeron la carta al francés. También me ayudaron a circularla entre sus contactos y amigos.
  2. Escribí la carta como gesto político y obligación moral desde mi doble identidad de cubana emigrada y académica cubanista, tras haber abogado desde mi muro de Facebook, la acera frente a la Misión Permanente de Cuba ante las Naciones Unidas y a través de un texto publicado en Rialta por el diálogo abierto, plural e inclusivo en Cuba; creado un grupo de Facebook para articular demandas ciudadanas (M-26-11), e intercambiado ideas con amigos dentro y fuera de Cuba, algunos bajo asedio mediático del gobierno de la Isla.
  3. Antes de que la lista inicial de nombres fuera publicada el lunes 7 de diciembre por diferentes sitios de noticias y revistas, ninguno de los firmantes de la carta –que en 24 horas llegaban al centenar– conocía la cantidad o identidad de los demás firmantes. Esta solo se dio a conocer ese día 7 de diciembre por medios de prensa (Rialta, El Estornudo, Hypermedia, Letras Libres).
  4. Ni yo ni ninguno de los firmantes recibió, recibe o recibirá remuneración alguna por este gesto que, repito, responde en mi caso a, primero, una obligación moral como académica cubanista involucrada con los problemas –aquellos que entiendo más perentorios– de los sujetos que estudio, y, segundo, un gesto político de apoyo a quienes hoy se arriesgan en Cuba para obtener una sociedad más inclusiva, democrática y plural.

En 24 horas la carta contaba con cerca de cien firmas de profesores e investigadores vinculados a universidades de Estados Unidos, América Latina y Europa. Muchos, amigos queridos. Otros, colegas admirados. Otros más, personas de quienes desconozco hasta su obra. De mis amigos académicos residentes en Cuba, sólo uno me escribió posteriormente por WhatsApp para explicar la ausencia de su nombre en la lista.

Durante el fin de semana comprobé uno por uno la autenticidad de los firmantes. Actualicé sus instituciones docentes. Averigüé la especialidad de muchos. Con dolor saqué de la lista a más de cien firmantes que no tenían un claro perfil académico. Ayer cerré la recogida de firmas, pues la compilación de estas me toma más tiempo del que puedo dedicarle.

Esta es la historia de la carta y de la causa que la anima. Es la que sin dudas vieron en ella sus 209 firmantes, personas comprometidas con una Cuba inclusiva y plural, y dispuestas a avalarla desde la tribuna del saber académico acumulado a lo largo de décadas de estudio y análisis de la sociedad y la cultura cubanas.

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