Sentada frente al Ministerio de Cultura de Cuba (FOTO Nelson Jalil Sardiñas)

Llevo más de una semana sin trabajar. No se puede escribir un libro interrumpiéndote con intervalo de minutos para chequear Facebook y ver qué se ha dicho de nuevo sobre los huelguistas del Movimiento San Isidro (MSI), sobre el ulterior secuestro de estos por paramilitares al servicio del gobierno cubano, sobre la protesta popular que tuvo lugar frente al Ministerio de Cultura, sobre el resultado de las negociaciones que se llevaban a cabo por treinta representantes de la sociedad civil (más dos artistas famosos que se les sumaron); o para escuchar la última directa desde Cuba por parte de los protagonistas de estos sucesos, leer la última acusación que ha venido a enfangar una de las jornadas más lindas de las últimas décadas, monitorear el último tweet. Este texto es, un poco, un exorcismo que espero me devuelva a la escritura.

Los artistas Luis Manuel Otero Alcántara y Maykel Osorbo continuaban hasta hace apenas unas horas en huelga de hambre. Reclaman la liberación del rapero Denis Solís, procesado de modo sumario y condenado a ocho meses de prisión por el delito de desacato –Solís había increpado y ofendido a un policía que entró sin autorización a su vivienda–. El primer gesto de buena voluntad del gobierno cubano debió haber sido poner fin a estas huelgas para evitar una tragedia. En cambio, no ha cesado el acoso a los miembros de ese movimiento, ni la crítica y el descrédito de sus principales exponentes a través de los medios de comunicación. Las profesoras Anamely Ramos González y Omara Ruiz Urquiola, que se encontraban en la casa de San Isidro al momento de su allanamiento, siguen incomunicadas. También lo está Otero Alcántara, secuestrado en una sala del hospital Manuel Fajardo bajo vigilancia policial. Al periodista Carlos Manuel Álvarez no se le permite salir. Los demás huelguistas se encuentran igualmente bajo vigilancia policial. Sus teléfonos, bloqueados. Sus pertenencias, en paradero desconocido.

Luego está el asunto de los actores y de las demandas. El día 27 de noviembre en la mañana se reunieron ante las puertas del Ministerio de Cultura un grupo de artistas que antes habían realizado otras acciones públicas en La Habana Vieja en apoyo a los huelguistas del MSI. A estos se fueron sumando personas diversas, muchas de ellas jóvenes relacionados con el sector del arte, la cultura y la intelectualidad, provenientes de diferentes zonas del espectro político-ideológico. Al anochecer eran cientos. Las calles del apacible barrio del Vedado, que en el 2016 recorrían mayoritariamente turistas estadounidenses, se llenaron de jóvenes que reclamaban libertades políticas. Pertenecientes muchos a una franja socioeconómica más acomodada que la de Otero Alcántara y Osorbo, se movilizaron sin embargo para condenar la injusticia que se cometía contra ellos.

Nunca antes había sucedido algo semejante en la Isla. No que yo conozca de primera mano. A mi mente viene el Maleconazo de 1994, cuando de los barrios humildes de Centro Habana y la Habana Vieja salieron a las calles hombres y mujeres pobres a pedir a gritos “jama”, como luego haría Pánfilo, pero aquello resultó catarsis más que acción civil. Mucho antes, en 1980, miles de cubanos habían entrado a la embajada de Perú, donde permanecieron por varios días a la espera de un salvoconducto que les permitiera emigrar a Estados Unidos, pero nuevamente se trató de una acción que sólo podía traer el bienestar individual de aquellos miles –pocos– que lograron emigrar. Nunca de demandas políticas para el bien de todos.

Cuando se supo que se les concedería audiencia en el Ministerio, los manifestantes de este 27 de noviembre se agruparon por sectores –el MSI, el Instituto de Artivismo Hannah Arendt (INSTAR), los cineastas, los artistas de la plástica, la prensa independiente– y eligieron a treinta representantes. A estos se les sumaron el director de cine Fernando Pérez, que según sus propias declaraciones se presentó motu proprio, y el actor Jorge Perugorría, a quien el viceministro de Cultura Fernando Rojas dijo haber invitado a dialogar. Cualquiera que hayan sido las intenciones de estos dos artistas, su presencia sirvió de trampolín mediático y de protección contra la violencia policial que amenazaba con caer contra los revoltosos –el perímetro de la zona se encontraba rodeado por fuerzas policiales, que no dudaron en utilizar gas pimienta para evitar que se sumaran más manifestantes.

En ese escenario, tocaba consolidar alianzas y conquistar nuevas lealtades. En las redes sociales, en cambio, se criticó al cineasta y al actor, y también a la marca de ropa Clandestina, por haberse demorado en declarar su solidaridad. Personalmente, pienso, como escribí en mi muro de Facebook, que si la gente de Clandestina, Jorge Perugorría o cualquier otro agente de influencia hace lo que hace por oportunismo –y no faltará quien lo haya hecho o lo haga– ese debe ser por el momento un asunto de la incumbencia de ellos, pues sólo si sumamos voluntades, y en casos como el que nos ocupa, cuerpos, lograremos el cambio.

No se debe perder de vista que los “observadores” del gobierno cubano monitorean las redes y se aprovechan de cualquier debilidad, desunión o tema controversial para socavar la unidad popular, única fuerza de cambio. Es por eso que está de más escamotear de modo público legitimidades y protagonismos, como también se ha visto entre algunos actores y comentaristas del momento. Cierto que se obtuvo poco en términos estratégicos con la “negociación”, y que poco tardó el gobierno cubano en violar lo prometido. Ni siquiera se obtuvo una declaración formal bilateral. Pero el arte de la política es algo que también toca aprender, haciéndola. Estoy segura de que la próxima vez el resultado será otro –debe también tenerse en cuenta que, para algunos de los jóvenes que se reunieron con el viceministro, hablarle sin ambages al poder es ya una gran acción política, como se hizo patente en la conferencia de prensa del 29 de noviembre.

Personalmente, nunca pensé que una sola de las muchas cosas que deben ser cambiadas en la sociedad cubana fuera a resolverse esta semana o en los próximos días. Pero el hecho de que el pueblo haya salido a la calle a reclamar justicia es una gran victoria, como lo es la movilización en apoyo a una causa en muchos casos ajena, ya fuera por razones económicas, políticas o estéticas, y el que actores sociales históricamente invisibilizados hayan sido aceptados como interlocutores del régimen. De la unidad ante esa diversidad, lapidada por décadas, dependerá el futuro político de Cuba.

El éxito del actual régimen cubano ha descansado en parte en el uso efectivo de la ropa, los colores, las imágenes, los nombres y los espacios en tanto símbolos, que han servido para legitimar y consolidar el poder. La lucha política de ahora pasa por la incorporación de nuevos símbolos en el imaginario nacional. Del actual diálogo entre los diferentes actores de la sociedad civil –así como entre estos y el gobierno– y de las narrativas y símbolos que en el proceso se generen están surgiendo un arte, un pensamiento y un accionar político. Gracias a ellos Cuba cambiará y será, por fin, como augura el filtro de moda para las fotos de perfil de Facebook, de todos.

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