Lynn Cruz (FOTO Miguel Coyula)

La actriz cubana Lynn Cruz (La Habana, 1977) se autodevora. En un ejercicio –casi– autofágico utiliza su iPhone 7 para mirar. Para mirarse. Para grabar su cuerpo en medio del cuerpo carcomido de su país.

Tiene un rostro delgado. Aunque aparenta serenidad, su rostro es convulso. Lo que más impresiona de él no son las líneas de su mentón, con curvas suaves y lisas; ni su nariz, pronunciada pero coherente; ni sus labios, sin pintar; sino sus ojos.

Me observa. Es una de las miradas más firmes que he sostenido.

Ahora viste jersey de canalé negro, pantalón de mezclilla azul y zapatos de cuero sintético, altos hasta el tobillo, con un pequeño tacón cuadrado. Trae el pelo suelto, como casi siempre. Un pelo lacio que recoge, a veces, detrás de las orejas. Habla de corrido. Se disculpa por eso.

A veces sonríe; pero a veces la noto nerviosa. Dice que no acostumbra a dar entrevistas. Mientras conversamos siempre tiene los codos sobre las rodillas, excepto tres veces, dos de ellas interpelada por el timbre del teléfono (que responde no sin protestar) y una cuando le abre la puerta a su suegra, que viene a traerle comida para el gato.

Ahora hablamos sobre Desaparecida, el documental que realiza desde marzo del año pasado. Los primeros planos los hizo a principios del confinamiento que impuso la Covid-19. Antes de esas primeras imágenes ella se preguntaba si en Cuba se podría conformar un movimiento de cine independiente, pero de una manera simple, donde no se necesitara ni permisos de rodajes ni grandes sistemas de producción. A ella la parte técnica no le gusta mucho, por eso, asegura, “prefiero hacer teatro”.

Lynn Cruz quiere contar su historia. Quiere decirla, pero suave, en susurros, sin aspavientos. Ya lo ha hecho, en parte, a través del teatro y la narrativa. Ahora lo hace en el cine. En el teaser de Desaparecida la cámara del iPhone 7 se pierde en el mar y escuchamos un sonido como salido del fondo, del lugar donde el silencio es ruido.

Los primeros planos del documental son reveladores. En ellos Lynn siente “el olor a sangre que borbotea desde la Oficina Central”. Eso dice. Eso escuchamos. Después, asegura, “vino la punzada en el pecho, como el signo de una premonición”.

Vino la punzada, el signo, la premonición y el (d)olor –con todo lo que trae consigo el (d)olor–, como una flecha parta que, aun después de ser extraída del hombro enemigo, deja un cuerpo menos en las filas de la contraparte. Lo desaparece.

*  *  *

Ahora la cámara del iPhone 7 sigue dos piernas.

Sigue dos piernas que caminan sobre un muro de concreto. El Malecón. En off se escucha una conversación grabada en secreto. Él, porque no cabe duda sobre su naturaleza (agente de la Seguridad del Estado), le dice a ella, a Lynn, que no puede caminar, que no puede correr, que no puede trasladarse, que es una orden, que cumpla, que sea disciplinada, que lo haga por su bien, que ella no sabe lo que está haciendo, que lo haga porque a él le da la gana, porque él es la ley, porque él es el orden, porque él es un verdadero revolucionario y la calle es de los revolucionarios.

Ahora, esa misma cámara se entrecruza con las flores rojiblancas de un vestido. El vestido de Lynn Cruz. Flores como recién cortadas.

Luego esas dos piernas corren, asustadas, por las calles de La Habana. En el plano, La Habana también parece correr asustada. Montaje paralelo de significados. Es extraño, porque La Habana es una ciudad desmembrada. La Habana apenas se sostiene, flota, sobre un fango salobre. Lodazal. La Habana es una ciudad en ruinas. “Las ruinas son arquitectura torturada”, escribe Antonio José Ponte en La fiesta vigilada.

En Cuba, un cuerpo puede ser eliminado (desaparecido) de “lo público” por disentir de las políticas oficiales; puede desaparecer sin morir; puede convertirse en un no-cuerpo. Es decir, lo que el Poder intenta desaparecer es un carácter, una postura de disenso y transformarla en un estad(i)o liminal entre la vida y la muerte cívicas.

En Desaparecida, Lynn trata de politizar (si entendemos, ahora, lo político como lo trasformador) un sufrimiento: no se puede desaparecer un cuerpo sin, antes, torturarlo. Se puede torturar de muchas maneras, ya sabemos. Aquí, no nos referimos a la noción de tortura más extendida, a la más literal, digamos. Hay torturas de reputación, por ejemplo. (“En el drama existen dos tipos de muertes para el héroe: muerte física y muerte psicológica. En Cuba lo que tenemos es muerte psicológica”, dice.) Si la desaparición es el fin, la tortura es el medio. La tortura es la tecnología del enmascaramiento. Es desaparecer sin enterrar. Es asesinar a un cuerpo vivo, que sigue vivo, pero muerto.

La tortura es la neblina de los (necro)gobiernos.

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Miedo.

Lynn me asegura que ya no tiene miedo. Pero el miedo está en el temblor del iPhone 7 que capta una sombra, la vigila. En Desaparecida, Lynn Cruz se autovigila como en un panóptico autoimpuesto; como en una fiesta, un “motivito” tropical –aquella fiesta de la que habla Ponte.

La cámara del iPhone 7 capta una sombra para, después, perderse en el mar. (¿Y si viene un tsunami?)

Desaparecida es un documental independiente, con todas las obsecuencias del caso. Esa especie de insurrección Lynn ya la había experimentado mientras trabajaba con su “compañero” –como prefiere llamarle mientras conversamos–, el cineasta cubano Miguel Coyula. Con Miguel descubrió una metodología que persigue la total independencia creativa, la que él ha utilizado en todas sus películas, desde Pirámide (1996), hasta la última, Corazón azul (2021), donde ella es protagonista.

A ella, a Lynn, el Gobierno cubano sólo le ha dejado ese nicho para actuar: las películas de su “compañero”.

Ellos se “encontraron” en 2012. Él, Miguel, trabajaba en solitario, “por lo menos fuera de las instituciones”, acota Lynn, y continúa: “el trabajo de Miguel es más extremo que el mío”. Eso se relacionaba, “un poco”, con su manera de enfrentar la creación, por eso no le fue difícil entrar en su dinámica, en sus operatorias, en sus radicalidades.

Quizá se enamoró.

*  *  *

Ahora es martes, 25 de abril de 2018.

Tres golpes.

Un productor toca la puerta de su casa, la de Lynn y Coyula, en El Vedado habanero. Se sienta en el mismo sitio donde ahora estoy sentado conversando con Lynn, desde donde veo a Miguel, en la cocina, cortando unos vegetales. Acaban de llegar del mercado.

El productor viene de la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños (EICTV), donde Lynn, por diecisiete años, había trabajado como actriz. “La EICTV era como mi casa”, me dice. El productor llega y le da un sobre con dinero, el salario, a diferencia de los pagos anteriores, en cheques. Le dice que, por decisiones de “los de arriba”, este pago será así. Será el último, porque ya no forma parte del catálogo de la agencia encargada de “protegerla”.

Nos referimos a la Agencia ACTUAR.

ACTUAR, Agencia Artística de Artes Escénicas, es “una organización empresarial de representación de artistas y comercialización de servicios técnico-artísticos”, como se enuncia en su sitio web. La Agencia fue fundada en julio de 1979 bajo la jurisdicción administrativa del Instituto Cubano de Radio y Televisión. Desde 1986 forma parte de las instituciones dirigidas por el Consejo Nacional de las Artes Escénicas (CNAE) que, a su vez, pertenece al sistema administrativo del Ministerio de Cultura.

Como podemos leer en línea, ACTUAR tiene como “Misión” “representar a artistas de excelencia y comercializar servicios técnico-artísticos de las Artes Escénicas en Cuba”, y como “Visión” se catalogan como “líderes en la representación integral de artistas”.

*  *  *

Ahora es un día después.

Es miércoles, 26 de abril de 2018, en la “lúgubre” mansión, otrora casa de ricos, que ocupa ACTUAR. Lynn llega junto a Miguel. Caminan por un pasillo largo escasamente iluminado. Casi al final se encuentra el departamento de Recursos Humanos; “inhumanos”, rectifica Lynn: “no sólo por la violación de mi contrato, sino porque desde antes me estaban sugiriendo que debía pagarme un seguro de vida, pues los pagos con cheques, como los míos, no cuentan para la jubilación. Y yo les decía: «¿Pero eso del seguro de vida no es del capitalismo?»”.

Ahora saluda a las mujeres que siempre ocupan las oficinas administrativas. Mujeres en apariencia tristes. Sube las escaleras, entra a otra oficina llena de papeles y documentos por firmar y le pregunta a una secretaria si Frías se encuentra. En las paredes cuelgan afiches de divas cubanas como Blanca Rosa Blanco y Nilda Collado. El afi(feti)chismo es propio de la tecnoburocracia cubana.

Dentro de la oficina del Director General, Lynn detiene su mirada en otro afiche, el de la película Los desastres de la guerra, de Tomás Piard, también colgado en la pared. Lynn sale de la oficina, pero regresa para decirle “una última cosa” al director de la Agencia ACTUAR, Jorge Luis Frías Armenteros.

—Frías, perdón, una última cosa.

—¿Sí?

—Hay una ilegalidad. Yo tengo tres meses de plazo para retirar un contrato. Ayer me pagó la escuela directamente el salario sin cheque, argumentando que la Agencia ACTUAR ya me había dejado de representar. O sea, que es ilegal. Yo debería recibir otro cheque en vez de haber recibido el dinero en cash, porque la Agencia es quien me tiene que pagar.

Frías le dice que, ahora, en este preciso momento, no le va a responder. Pero la decisión ya está tomada. Está puesto el punto final. Los revolucionarios –esos que se dicen revolucionarios– son así de intransigentes. Lynn Cruz ya no es actriz, parece decirle, cínicamente, con su silencio, como soplándose las uñas. No lo es para ellos. No lo es para una agencia que se envanece de llamarse ACTUAR.

Ahora esa Agencia, que no es sólo una agencia, sino parte de un sistema de control, manda a Lynn a ese lugar profundo donde el silencio es ruido. La desaparece como se desaparece un cuerpo en las filas de la contraparte.

Veneno en el astil.

Veneno en el emplumado.

Veneno en la punta de la flecha.

*  *  *

Ahora a ellos no les interesa representarla a ella… eh…

20 de abril de 2018, vista del Órgano de Justicia Laboral para dar respuesta a la denuncia de Lynn Cruz por ser despedida, de manera ilegal, de la Agencia ACTUAR.

*  *  *

En el cine, Lynn Cruz ha participado en películas como La pared (2006), Larga distancia (2010), o Eres tú, papá? (2018), pero su “primera obra de teatro fue un desastre”, comenta. Se llamó El regreso (2011), fue un monólogo que escribió –como versión de La indiana, de la autora catalana Àngels Aymar– junto al antropólogo Carlos A. García.

Desde ese principio tuvo “problemas”, pero no sabía por qué: “Fui a hacer una gestión en el Consejo Nacional de las Artes Escénicas con la idea de que me iban a ayudar. La que en ese momento era la presidenta, que hoy está presa por corrupción, Gisela González, me trató mal. En ese momento yo no entendía. Ella fue muy grosera. Fue una reacción muy rara para mí. En ese momento no lograba entenderla.”

Era la primera vez que Lynn Cruz sufría algo parecido, algo parecido a la censura. La primera vez que dirigía una obra y que tenía que negociar con una institución oficial. Después de ese exabrupto con la presidenta del CNAE, la desprogramaron de la sala Adolfo Llauradó. El estreno iba a ser ahí: “Por culpa de ese desencuentro que tuve con ella, con Gisela, no pude estrenar”.

“Me quedé sin teatro”, dice Lynn y mira hacia el suelo y entrecruza los dedos y aprieta los labios.

Aún así, ella iba a estrenar El regreso “lo mismo debajo un puente, que debajo de un árbol. En cualquier lugar iba a hacer la obra”. Pudo presentarla, gracias a negociaciones de la Embajada de España en Cuba, en el Teatro Las Carolinas, en la Habana Vieja. En ese momento dio sólo dos funciones. Con El regreso nació Independiente Teatro Kairós. Luego vendrían Los enemigos del pueblo (2017) y Patriotismo 36-77 (2018).

En Los enemigos del pueblo, un texto escrito por ella, Lynn invitó a Miguel a que la dirigiera. Se estrenó en la galería independiente El Círculo, propiedad del artista visual Luis Trápaga. “Por una cuestión de principios” decidieron estrenar Los enemigos… en ese lugar, porque “nadie tiene el derecho de limitar el espacio privado”. Ahí, ambos, Lynn y Miguel, sufrieron la censura y la represión policial a propósito del estreno –casi– clandestino de Nadie, en abril de 2017, un documental sobre el poeta proscrito Rafael Alcides.

Después de Nadie la vida de Lynn Cruz se transformó. “Mi vida cambió”, sostiene. Cuando veía todo lo que sucedía por una película no podía entender aquella lógica. No podía entender ese despliegue de policías, de agentes vestidos de civil, de autos en la calle… Aquello que pasaba frente a sus ojos era otra película, pero de agitprop.

No lo ha logrado entender. Para poder “soltar todo ese trauma”, Lynn ha tenido que escribir obras de teatro y su novela Terminal (Hypermedia, Miami, 2021). La escritura ha sido su espacio de libertad. Para ella, habitar la escritura ha sido desafiar los límites de lo instituido, fisurar lo que parece inquebrantable, abonar las políticas de las diferencias. La escritura, para ella, ha sido ruptura, desgarradura, sutura, escisión, lo que produce el desplazamiento erótico; desplazamiento que deviene un principio crítico constitutivo.

Lynn Cruz sostiene que el lado oscuro de la sociedad cubana ahora es que empieza a (sobre)salir: “Ese lado oscuro se empieza a ver con mayor claridad en los últimos tiempos. El poder se mantuvo en una posición donde era difícil probar que eras un perseguido político, que estabas siendo censurado, que estabas siendo borrado. ¿Cómo tú pruebas eso? Se enmascaraba de múltiples formas”.

Pero la primera reacción a alguien perseguido y difamado por el gobierno, remarca Lynn, es “la censura e incomprensión de tus colegas”. Y prosigue: “Dentro de un sistema como el cubano el artista vive una doble disidencia. Disidencia con respecto al Estado y con tus propios colegas. Lo primero que sienten los colegas es que te estás buscando eso, porque sabes que hay un límite y si te pasas estás en problemas y lo sabes”.

Quizá por eso piense que sus colegas se preguntan: “¿Por qué se arriesga tanto? ¿Qué quiere lograr? ¿Con quién quiere simpatizar? ¿Por qué está haciendo eso, si sabe que no se puede?”

Lynn quiso transgredir esos límites. Su “desaparición” es una cuestión de límites. Es una cresta, tal vez. Es, quizá, un farallón. Los límites le “empezaron a interesar”, comenta. Le empezaron a interesar esas reacciones liminales, abismales. Le empezó a interesar el porqué: “¿Por qué no se puede ir más allá?”

“El artista –dice Lynn mirándome a los ojos (es una de las miradas más firmes que he sostenido) y como si estuviera leyendo un manifiesto– es la persona que dice la verdad. Ese es el papel del creador. No es que todo el mundo tenga que hacer un arte político, pero si vas a hacerlo no te puedes quedar en los límites. Era lo que yo sentía dentro de los teatros. Siempre tuve problemas para encajar en los grupos de teatro. En los grupos de teatro que estuve muy pocas veces pude experimentar libertad.”

*  *  *

Ahora es noviembre de 2017. Jueves 23.

Antes de estrenar Los enemigos… el enfrentamiento con “las fuerzas del orden fue más agresivo”. La vez anterior, en abril, antes de proyectar Nadie, como no estaban “preparados para esa situación”, Lynn y Miguel no pudieron ni llegar a El Círculo. Esta vez cambiaron la “táctica”, como si de un campamento militar se tratara: “No lo publicamos en las redes sociales”. Aun así, se enteraron: “Evidentemente el lugar estaba muy vigilado”.

La fiesta seguía (y sigue) vigilada.

Los invitados no pudieron entrar. Muchos no pudieron llegar. “Está en YouTube”, me dice Lynn, “lo puedes buscar, se llama Censura a la obra de teatro Los enemigos de pueblo”. En el video (de cámara oculta) podemos escuchar de manera aleatoria:

—Departamento de la Seguridad del Estado, ¿quiénes somos nosotros? ¿Somos una amenaza? ¿Somos un peligro? ¿Somos una amenaza para la Seguridad Nacional? ¿Por qué la Seguridad del Estado tiene que estar en mi casa? ¿Por qué tiene que estar asediándome en mi casa? ¿Por qué tienen que venir con pistolas y uniformados? ¿Qué es esto?

—Es algo tan denigrante que quieran hasta pasar por encima de las personas, de los ciudadanos, siendo cubanos todos. Todos somos cubanos. Deberíamos sentir vergüenza.

—Ustedes también pueden subir.

—Esto es como si fueras extranjero en tu país. Tú sientes que has hecho algo malo, aunque no lo hayas hecho.

—¿Cuál es su nombre? ¿Ustedes tampoco dan su nombre? Delincuentes entonces, porque delincuentes son los que se esconden.

—Ya no es sólo a la oposición. Ya es a los artistas cubanos.

—Es una guerra de ustedes contra todos nosotros.

Al final del video, letras blancas sobre fondo negro informan: “Cubanos, si quieren ver la obra completa es mejor en vivo, en la sala de sus casas. Invítenos y allí estaremos”. Hicieron un total de siete funciones, incluida una en Miami.

“Cuando logramos entrar, después de despedir a los invitados, hicimos la función. Con los agentes abajo hicimos nuestra función”, rememora Lynn. El estreno sucedió con sólo cinco espectadores: Luis Trápaga y Lía Villares –las dos personas que vivían en la casa– y otras tres que habían logrado entrar: Ciro Díaz, Gorki Águila, y Waldo Fernández Cuenca.

Fernández Cuenca así lo narró para Diario de Cuba: “Los enemigos del pueblo tiene como eje central la figura de Fidel Castro en su lecho de muerte y la obsesión de Charlotte Corday –la asesina de Jean-Paul Marat, uno de los protagonistas de la Revolución francesa– por matar a Castro, al sentir que el dictador cubano la ha decepcionado como líder político”.

La actriz cubana reconoce que “Los enemigos… fue una obra de ira”. Reconoce, también, que hacerla era “un suicidio, un suicidio social”.

La arquitectura investigativa y escritural de la obra inició junto al director escénico Adonis Milán, quien un tiempo después se apartó del proyecto. Él mismo confesó que abandonó “la dirección de la obra por miedo a perder mi posición en la Asociación Hermanos Saiz” (asociación oficial que agrupa a una parte de los jóvenes artistas cubanos), pues Lynn se negó a “autocensurar la pieza y desea hablar directamente del asesinato de Castro”.

Sable, espada o florete, da igual. Lynn Cruz, en el personaje de Charlotte Corday, asesina a Fidel Castro (“en su propia madriguera”) como un acto de venganza. Una revancha, pudiéramos decir. El desagravio está relacionado con las víctimas del remolcador 13 de marzo.

(En la madrugada del 13 de julio de 1994, en medio de una de las mayores crisis económicas y sociales del país, el remolcador 13 de marzo fue hundido a siete millas de la bahía de La Habana, en aguas territoriales cubanas. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos lo informa de la siguiente manera: “Cuatro barcos pertenecientes al Estado cubano y equipados con mangueras de agua embistieron un viejo barco remolcador que huía de Cuba con 72 personas a bordo”.

Según afirman los sobrevivientes, en el documento citado, Polargo 2, uno de los cuatro barcos que rodeaban al 13 de marzo, lo bloqueó por delante. Otra embarcación, llamada Polargo 5, “la embistió por detrás, partiéndole la popa”. Mientras, las otras dos embarcaciones, ubicadas en los laterales, lanzaban agua a presión hacia todas las personas que se encontraban sobre cubierta. Chorros de agua a presión, hasta hundirlos.

Murieron 41 personas, entre ellas 10 eran menores de edad, el más pequeño no había cumplido los siete meses. 31 personas sobrevivieron. La versión oficial dijo que las víctimas habían muerto en un “accidente”. Fidel Castro calificó el hecho como un “esfuerzo verdaderamente patriótico”.)

En Los enemigos…, Lynn se muestra con un vestido negro largo hasta el suelo y dice: “Aunque mi padre siempre dice que en el año 59 el que no se incorporara a la Revolución era un insensible, yo me consideraría un ser muy pequeño si no hubiera hecho lo que hice. ¡Yo lo maté!”

Ahora la voz de Lynn Cruz tiene la fuerza de un ariete.

Ahora caen de sus goznes las puertas del alcázar.

*  *  *

Ahora lo que tenemos es una muerte psicológica.

Ahora lo que sucede es un seppuku admonitorio.

En el desangre, Lynn Cruz se pregunta: “¿Qué tipo de ciudadana puedo ser si tengo que esperar a ver esto delante de mí para reaccionar?”

En la agonía tiene algo en claro: “Yo no quería aceptar que vivía en una dictadura. No podía entenderlo. Si en algo fue bueno el discurso de la Revolución fue en hacernos creer que éramos distintos… Distintos sí somos, de eso no cabe duda. Aceptar esa oscuridad me tomó años.”

Veo en Vimeo Patriotismo 36-77. De manera clandestina, un cuerpo rojo, fantasmagórico, traslada a varias personas por un pasillo. Son las ruinas de la Escuela de Ballet –escuela que nunca llegó a terminarse– en la Universidad de las Artes de Cuba. Tres personajes: una activista por los derechos humanos, hija de un miembro del Partido Comunista de Cuba; una estudiante de Humanidades, hija de un disidente político; y un pintor contestatario. Todos presos de conciencia.

Patriotismo 36-77 está inspirada en la Antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters. Ese es un núcleo importante, esa atmósfera, pero el archivo con el que se trabajó es la memoria –si entendemos memoria como memoria histórica– de los tres creadores: Lynn Cruz, Juliana Rabelo y Luis Trápaga.

Patriotismo 36-77 es una obra autorreferencial, “es como una danza de la muerte”…

“Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio. Silencio en el mar. Silencio en las calles. Silencio en la ciudad. Silencio del que huye. Silencio de los pueblos. Silencio de los enfermos. Silencio de los ancianos. Silencio del hambre. Silencio de la cárcel. Silencio del miedo. ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio!”

*  *  *

Ahora la fotógrafa Ulla Deventer lleva de regalo una fotografía a Lynn. Lynn posó para ella meses antes del primer plano de su documental. Ulla escogió una entre decenas para obsequiársela. En la imagen una hoja seca cubre el rostro de Lynn. Una hoja en la cara. Sobre ella. Una máscara. (En su origen etimológico la palabra máscara significa fantasma.) Cuando Lynn vio la fotografía no le gustó y la guardó en el clóset por varias semanas. No quería verla: “Da risa, pero no es risa. Es trágico, es terrible. Esa foto me define. Es lo que soy ahora, una persona sin rostro, desaparecida”.

Lynn Cruz (FOTO Ulla Deventer)

* Este texto fue concebido como parte del laboratorio Periodismo Situado.

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