La izquierda autoritaria en CLACSO. Conversación con Margarita López Maya

¿Cómo el régimen cubano se mueve para controlar el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales? Una historia de prácticas machistas, egolatría y talante autoritario con Atilio Borón, Emir Sader o Abel Prieto.

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Esta entrevista del 6 de abril de 2021 está incluida en mi libro Pensar la izquierda latinoamericana con Margarita López Maya, publicado este 2026 en Caracas por la Editorial Alfa.

Ya hemos hablado de la relación entre el chavismo y los intelectuales, tanto dentro como fuera de Venezuela. Pasemos ahora a hablar de las instituciones académicas latinoamericanistas. Empecemos por el Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (CLACSO). Por muchos años integraste los grupos de trabajo de esa institución. ¿Sigues allí todavía?

No, ya no.

Y llegaste a ser candidata para su secretaría. ¿Podrías comentarnos ambas experiencias, tanto en los grupos de trabajo como siendo candidata a la secretaría? ¿Cómo describirías el funcionamiento de CLACSO?

Vamos a ver si podemos hacer una panorámica. Para mí, fue una experiencia que me marcó sobre todo en mi percepción de la izquierda hegemónica en América Latina.

CLACSO es la institución más importante que tiene América Latina para aglutinar centros de investigación. Se constituyó en los años 70. Lo fundaron algunos centros de investigación, en los cuales estaba el cendes de Venezuela, y otros de Colombia, para proteger a los intelectuales de izquierda, los académicos que estaban sufriendo persecución política en las dictaduras del Cono Sur. Las universidades se cerraban en esos países y los académicos eran destituidos. Hacia 1967 se movieron algunos directores de centros de investigación, como el doctor Luis Lander en el cendes de Caracas, junto con unos colegas en Colombia y de otros países más, y fundaron este consejo, que inicialmente se sostuvo con las cuotas anuales que pagaban los centros de investigaciones afiliados. Creo recordar que eran mil dólares al año.

Con estos recursos, CLACSO daba becas de investigación a profesores; también los ayudaba a conseguir empleos en el exilio, ese tipo de cosas. Esto lo digo porque, desde que llegué al CENDES (1984) siempre estuvimos vinculados a CLACSO. Por eso formé parte de los grupos de trabajo desde los años ochenta.

En ese tiempo, CLACSO era una cosa modesta, porque los recursos los daban los centros y no eran muchos. La sede siempre estuvo en Buenos Aires. Pero, cuando sucedió la crisis de la deuda en la región, los centros no pudieron seguir sosteniendo la institución. Primero CLACSO se achicó y luego, en algún momento de los años noventa, comenzaron a recibir aportes financieros de países socialistas, de Escandinavia, de agencias de cooperación internacional de Suecia (ASDI) y Noruega (norad), entre otras.

¿Y de partidos?

Que yo sepa, no. Solamente esas agencias gubernamentales dedicadas a apoyar proyectos para el desarrollo en países del Tercer Mundo, en áreas temáticas que incluían combate a la pobreza, desarrollo sustentable, educación, desarrollo económico, gobernabilidad y otros. CLACSO comenzó a recibir aportes relevantes de los gobiernos de esos países a través de estas agencias. Con la crisis de la deuda de México y el default de Brasil, Argentina, Venezuela, etc., en los años ochenta, CLACSO estuvo a punto de desaparecer, porque los centros no podían pagar las cuotas. Además, había una cantidad de problemas con los gobiernos latinoamericanos. Lo primero que se hizo fue reducir la nómina de la secretaría. Fue la época de la puertorriqueña Marcia Rivera como secretaria ejecutiva. Se tomó la iniciativa de digitalizar las publicaciones y crear una biblioteca virtual, en un intento de que no muriera CLACSO. Fue la primera biblioteca virtual de América Latina. Sin embargo, los académicos no podían hacer reuniones para desarrollar actividades conjuntas, no continuaron los grupos de trabajo y las publicaciones se minimizaron.

Antes de esa crisis, como miembro de CENDES, participé en varias actividades de CLACSO. La secretaría la ejercía el boliviano Fernando Calderón, pero después con Marcia, a partir de 1991, esas actividades no continuaron. Luego de Marcia, asumió la secretaría el argentino Atilio Borón en 1997 y, en algún momento, empezaron a llegar los recursos de los que estoy hablando. Gracias a estos, CLACSO se expandió en el número de centros afiliados y la secretaría dejó de depender económicamente de las cuotas de sus centros, apoyándose cada vez más en el dinero de las agencias escandinavas. Como esa es una historia similar al rentismo de Venezuela, puedo decir que ocurrió algo análogo. Se hizo difícil hacer contraloría sobre los recursos que administraba la secretaría. Se debilitó la rendición de cuentas que podían solicitar los centros afiliados.

¿Estamos hablando de la secretaría ejecutiva?

Sí, la máxima instancia de dirección de CLACSO se independizó de su base natural, que eran los centros, y tomaba decisiones sin mucha consulta ni empatía con ellos. Con Atilio Borón comenzó esta tendencia. Él incluso hizo aprobar una prórroga a su mandato y permaneció en la secretaría no seis, sino nueve años. Le tocó el colapso de la economía argentina y el derrumbe de la moneda, y como las cuentas del consejo estaban en dólares en bancos del exterior se vivió una bonanza de recursos. Los dólares multiplicaron su valor frente al peso. En ese entonces los sueldos del personal eran todos en dólares, incluido el del secretario ejecutivo.

Por esos años fui varias veces a la sede CLACSO por invitaciones de la secretaría. La oficina en la avenida Callao se veía próspera, en medio de una Buenos Aires donde todo el mundo estaba empobrecido. La gente recogía y comía basura en las calles. Pero en CLACSO se multiplicaron las actividades y empezó a producirse una distorsión entre los objetivos de la institución –muy abocada a investigaciones orientadas por la izquierda hegemónica latinoamericana– y la bonanza que vivía la nómina.

Un ejemplo. Recuerdo que se hizo un evento con el tema del conflicto social en uno de los mejores y más lujosos hoteles de Buenos Aires. Porque para CLACSO eran baratísimos. Los sueldos eran desproporcionados en relación con el resto de los profesionales a ese nivel en Argentina. Si un profesor argentino devengaba entonces como doscientos dólares, ellos estaban ganando como tres o cuatro mil, incluso más. Era una cosa muy contradictoria.

Creo que eso trajo los problemas que después sufrimos, porque Borón comenzó a utilizar su posición como secretario para aupar la incorporación de centros de investigación cubanos y promover un “pensamiento crítico radical” y procubano. Entonces, lo que había sido la secretaría, anteriormente un espacio más diverso, como yo la conocí con Fernando Calderón, Mario Dos Santos o Marcia Rivera, con Borón la orientación ideológica se hizo básicamente con la influencia del gobierno cubano.

No hubo capacidad de hacer contrapeso a esas tendencias por parte de los centros o entre académicos que no compartían esta perspectiva. La secretaría ejecutiva tenía poder y mucho dinero, y los problemas que CLACSO tuvo en los años noventa con los centros cubanos se olvidaron pronto. En esa década, en CLACSO se había tomado la decisión de retirar a los centros cubanos de la institución, después de que el gobierno cubano interviniera y cerrara el Centro de Estudios sobre América (CEA), por considerar inaceptables las críticas que hacían allí sus investigadores. En sus años de gestión, Borón los readmitió. Sin embargo, no es solamente que los regresó ya sin libertad para hacer investigaciones independientes, sino que aumentaron en número y muchos resultaron ser oficinas del gobierno cubano más que centros de investigación. Además, había un funcionario cubano sentado en el comité directivo de la institución, justo uno de los interventores del CEA, Adalberto Ronda. Estuvo allí muchos años. Lo conocí cuando estuve como representante de Colombia, Ecuador y Venezuela en el comité directivo, entre 2006 y 2009.

De manera que, con Borón y más aún con Emir Sader, el siguiente secretario ejecutivo, un académico brasileño, CLACSO adquirió claramente el carácter de una institución hegemonizada por un pensamiento de izquierda marxista-leninista, procubano. Eso continuó con Pablo Gentili. Yo diría que esa es la situación de CLACSO hasta donde seguí su trayectoria.

Borón buscó mantenerse lo más que pudo en el poder, modificó los estatutos y lo dejaron hacer eso. Estuvo nueve años, como ya dije, cuando correspondían seis. Pero llegó un momento en que se tuvo que retirar y la sucesión más natural de eso era Emir Sader, muy marxista-leninista y muy cercano al gobierno de Cuba. En la Isla había hecho su exilio durante la dictadura brasileña. El caso fue que Atilio y Emir se habían peleado –no me preguntes por qué– y, como ambos eran ególatras y machistas, la pelea fue feroz. Y yo quedé ensartada, porque, sin saber eso, un día me llamó Atilio para explicarme que le había propuesto a mi cuñado Edgardo Lander que se postulara como secretario ejecutivo, pero Edgardo no aceptó. Entonces se ofreció a respaldar mi candidatura a la secretaría, y me dijo algo así como: “Tú eres cercana al proceso chavista, a los gobiernos de izquierda, tienes una larga trayectoria”.

Lo pensé y, la verdad, al principio no sabía realmente en dónde me estaba metiendo, pensando que era una candidatura académica, que la invitación de Borón me daba cierta ventaja, por el respaldo del entonces secretario ejecutivo. Pensé que podría ser una cosa institucional normal y esa propuesta fue algo atractivo dentro de mi trayectoria académica.

¿Cómo funciona la elección de la secretaria ejecutiva en CLACSO?

Todos los centros tienen derecho a un voto y la elección se produce cada tres años en una asamblea de centros. Para esa fecha (2006), podría haber habido unos ciento quince institutos de investigación con derecho a voto. Quizás ciento veinte, no recuerdo bien el dato.

¿Centros de investigación?

Centros, sí. Quien alcanza la mayoría absoluta de los votos gana. Yo tenía en CLACSO más de veinticinco años y era una manera de ascender en mi carrera académica. Conocía bastante bien la institución, o eso creía, porque había participado en grupos de trabajos toda la vida. Fui cercana a Marcia Rivera, a Fernando Calderón, Mario Dos Santos, conocía un poco su historia. En CENDES ya había sido jefa del área sociopolítica y representante profesoral ante la máxima instancia, la comisión técnica. Tenía bastantes publicaciones, pertenecía al laboratorio social de CLACSO donde levantábamos información sobre conflictos y protestas en toda la región, en fin, me pareció que yo podría hacer un buen papel ahí y acepté.

Fue una experiencia muy fuerte y descorazonadora. ¡Un viaje al infierno! Antes de la asamblea me conseguí en una reunión con Emir Sader. Pidió hablar conmigo y me dijo: “¿Tú por qué aceptaste? Yo estaría dispuesto a que Edgardo asumiera la secretaría, pero no tú, de modo que me voy a lanzar”. Yo le dije algo como: “Está bien, pero tengo bastante respaldo, y no veo por qué no me puedo…”.

 No me puedo candidatear

Sí, por qué no me puedo candidatear. El pluralismo es sano para las instituciones, la competencia de ideas, un flujo de ideas, todas esas cosas que uno dice y cree que los demás comparten. Fue una gran equivocación, me estaba enfrentando a unas actitudes del pensamiento marxista-leninista más cerrado y procubano. Aprendí de la peor manera esa lección.

Muy verticalista todo

Y machista, súper autoritario ¡Dios mío! Entonces él me dice: “Bueno, Margarita, yo me voy a lanzar y hasta aquí llegamos”. Fue una advertencia. Él había sido amigo mío hasta entonces, habíamos estado en Río de Janeiro con él, nos había tratado fantásticamente a mí, a mi esposo, también académico, y a otros colegas. Pero a partir de ese momento fue un enemigo acérrimo. Empezó a difundir barbaridades sobre mí.

Por ejemplo, debido al apoyo de Borón a mi candidatura, académicos de varios países de la región me invitaron a sus centros para que presentara mis ideas sobre qué hacer si ganaba la secretaría. Fui invitada a México, al Colegio de México recuerdo, a Argentina, a Chile. En Argentina, al terminar una charla que di, tomé el ferry a Montevideo, pagando yo misma mis gastos y me fui a visitar colegas de Uruguay. Fui a Colombia también, no recuerdo a cuál universidad; me invitaron a Brasil. Allí conocí a la profesora María Hermínia Tavares y ella me hospedó en su casa para que yo no tuviera que incurrir en gastos. Entonces, Emir divulgó la especie de que yo viajaba con los recursos de la secretaría, que eran dineros corruptos. Que viajaba con plata que me estaba dando Atilio, es decir, una cosa horrible.

El pleito se extendió a través de las redes de correos electrónicos, que en esa época era el recurso usado por su mano derecha, Pablo Gentili. Este académico argentino era experto en difundir mentiras mediáticas. Lo que hoy en día se llama “desinformación digital”, fake news. Era hábil abultando las proezas académicas de Sader y denigrando las mías: que yo no era nadie, no tenía experiencia. En fin, recuerdo la campaña como una pesadilla y seguí en ella porque Atilio me insistió. El pleito de Emir no era conmigo. Era un pleito personal entre Borón y él. Desafortunadamente, no calculé la magnitud de esa rencilla y caí en esa trampa. Nunca me imaginé que en un espacio que yo consideraba académico hubiera una lucha por el poder tan inescrupulosa y agresiva. Aprendí mucho sobre el poder en esa experiencia y puedo decir que este episodio cambió mi percepción sobre los intelectuales de izquierda de la región, particularmente los radicales que eran hegemónicos.

En medio de la campaña, un día estoy en Nueva York en un evento académico y me llamó Borón: “Mira, Margarita, aquí la única manera de que puedas ganarle a Emir es que te pongas en contacto con el gobierno cubano, porque ya les he dicho quién eres tú, pero necesitan conocerte y saber que no eres solamente venezolana, sino que cuentas con el apoyo de Chávez y que CLACSO también tendrá ese apoyo, si ganas”.

Me explicó que, de esos ciento y tantos votos que tenía la asamblea de miembros, los centros cubanos votaban en bloque y de acuerdo con lo que ordenara el gobierno cubano. Eso es lo que llamamos en Venezuelavotos amarraos, entubaos. En la asamblea, cada centro tenía un voto que ejercía libremente, pero había quince votos amarrados por el gobierno cubano que podían decidir quién ganaba. De allí que Atilio me instaba a contactar al gobierno venezolano. Quería que contactara al gobierno venezolano para que me diera su apoyo. La lógica de Atilio era que, si el gobierno de Chávez me apoyaba, el cubano mandaría a votar por mí. ¿Qué tal? Y le digo: “Bueno ¿y qué tiene que ver el gobierno venezolano con esto?”. Me respondió: “Así son las cosas, si el gobierno venezolano hace un gesto, el gobierno cubano se alinea, porque el gobierno cubano le debe mucho a Chávez, le está dando plata, lo está sosteniendo”. Y yo: “Bueno, ¿qué quieres que haga?”. “Que llames al gobierno”. “¿Cómo voy a llamar al gobierno de Chávez para decirle que una institución académica de América Latina necesita que él respalde mi candidatura? Él no tiene nada que ver con mi candidatura”. “Bueno, Margarita, no sé”. Total… ¡qué sinsabor! Me quedé incómoda y pensando qué hacer. Y pensé: “Puedo llamar a Alí Rodríguez que en ese momento era el canciller de Venezuela y que conocía debido a mis investigaciones sobre la izquierda venezolana. Además, era amigo de Luis, mi esposo. Puedo llamarlo y explicarle lo que está pasando”.

Tragué grueso y llamé a Alí. Él me atendió, estaba en La Habana porque se estaba haciendo un tratamiento médico. Le informé lo que estaba pasando: “El Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales es una institución muy importante para América Latina. Va a haber una elección, nunca ha habido una secretaría en manos de un venezolano, tengo un respaldo importante, de muchos centros, en México, Argentina, Colombia, pero me están diciendo que debo hablar con los centros cubanos y persuadirlos de que voten de acuerdo con lo que les diga el gobierno venezolano… CLACSO es una institución autónoma, independiente, pero eso es lo que me dicen. Te estoy llamando, pero no sé qué pueda hacerse”. Él me dijo: “Déjame pensarlo”. Después me llamó y me dijo: “Sí, vamos a hacer un gesto. Vamos a hacer un gesto”.

Al poco tiempo, me llegó una invitación del gobierno cubano para asistir a un evento que se desarrollaría en La Habana. La invitación fue para mí y para Edgardo Lander. Y salimos los dos ilusos pagados por el gobierno cubano a un evento en la Isla, con la finalidad de reunirme allí con los centros cubanos.

No te quiero ni contar aquello. Llegamos a un hotel en esa zona donde están las embajadas, ahí nos hospedaron. Y nos dieron una cita. Alí Rodríguez, que era el canciller, habló con el embajador de Venezuela en Cuba, Adán Chávez. Entonces, Adán Chávez preparó un almuerzo en su residencia oficial en La Habana. Allí nos reuniríamos con el ministro de Cultura, Abel Prieto, quien decidía por los centros de investigación cubanos.

Nos dirigimos a la mañana siguiente para allá. Nos vino a buscar un chofer. Viene con una señora y –mientras yo estoy en el lobby esperando que baje Edgardo– ella empieza muy sutilmente a hacerme un interrogatorio: “Oye, qué bien y entonces te estás lanzando a la secretaría”. Y empieza a hacerme preguntas: “¿Tú y que tienes dos niñas?”. Respondo: “Sí, yo tengo dos niñas. ¡Ah! Por cierto, menos mal que me hablas de mis hijas, le digo inocentemente, porque es que tengo una estudiando un doctorado en Pittsburgh y me pidió si pudiera conseguirle algún contacto acá, porque ella quiere venir a hacer trabajo de campo en La Habana y entrevistar a unos escritores cubanos para su tesis doctoral”. “¿Tú tienes una hija en un doctorado?”. Le dije: “Sí. Ella está haciendo un doctorado en literatura”. Me preguntó otras cosas, pero ya no me acuerdo qué más quiso saber de mí. Llegamos a la casa residencial del embajador, en Miramar. En efecto, estaban Adán Chávez y Alí Rodríguez. Alí siempre fue un hombre muy discreto, nunca habló en esa reunión, sino que saludó a Adán, se sentaron y esperamos a que llegara Abel Prieto.

Abel Prieto llegó con un colega historiador, quien por cierto había sido uno de los intelectuales a los que el gobierno cubano les cortó su carrera académica cuando intervinieron el CEA en los años 90. Fernando Martínez fue de los que bajaron la cabeza ante tal abuso y en ese momento el gobierno le daba algún carguito por ahí y asesoraba a Abel Prieto. Muy lamentable el papel que él hizo ahí ese día, tomando en cuenta que había tenido una carrera importante antes de su caída en desgracia.

Edgardo comenzó por explicar lo referido a la candidatura. Manifestó que estábamos entusiasmados, pues queríamos abrir la institución al pluralismo, que el debate de ideas era una cosa muy importante… Bueno, las cosas que uno dice en una campaña académica. Abel Prieto, que se las da de chistoso, dijo algo como: “Mira, yo te voy a decir una cosa, sinceramente. Nosotros en Cuba no estamos acostumbrados al pluralismo, ni estamos acostumbrados a decidir. Eso de que haya dos candidatos en CLACSO, eso no puede ser porque divide a la izquierda, nos debilita, produce distorsiones…”. Se reía y siguió hablando: “Desde que nací nunca decidí entre dos cosas y es la primera vez que yo veo eso, a mí me parece eso una cosa peligrosísima para CLACSO”. Y nosotros, en cambio, defendiendo el pluralismo y el debate de ideas… Alí no abrió la boca en ese debate.

Fernando Martínez sí. Dijo que en Cuba estaban demasiado acostumbrados a que los traicionaran los intelectuales de izquierda de América Latina. En el fondo trataba de decirme: “Nosotros no podemos confiar en ti, tú no nos vas a ser leal, mientras que Emir es amigo de acá, él vivió aquí, ya estuvo por aquí hablando con los centros. Mira lo que nos hizo Marcelo Cavarozzi”. No sé a qué se refería, y también mencionó a alguien más que supuestamente les hizo una trastada. “A nosotros nos han traicionado demasiado los intelectuales, nosotros no confiamos en ti, pues”.

Alí no dijo nada, pero se sentó al lado mío como diciendo: “Aquí estoy yo, que soy el gobierno venezolano, estoy al lado de la profesora”. Adán Chávez no dijo nada en esa reunión, simplemente era el anfitrión. Por cierto, había preparado un chigüire que habían traído de Caracas o de Barinas, no sé, para el almuerzo. Su mujer lo había cocinado. Dijo: “Aquí nos mandaron un chigüire guisado para el almuerzo”.

A los cubanos no les gustó mi candidatura. Pero, entonces, cuando nos movemos para la mesa a comernos el famoso chigüire, Prieto expresa: “Es que yo tengo que decirte una cosa: ¿cómo es eso que tú tienes una hija en un doctorado?”. Le respondo: “Sí, tengo una hija que está haciendo un doctorado en Pittsburgh”. “Pero es que aquí vino Emir Sader y dijo que tú no tenías tiempo para ocuparte de la secretaría, porque tenías unas niñitas que atender. Pero no lo tomes a mal, él te respeta, sí, él te respeta”. De verdad, aquello parecía una zarzuela, una mala broma.

Regresamos a Caracas. Para terminar el cuento de CLACSO, yo perdí en la asamblea de Río de Janeiro por diecisiete votos, los quince cubanos y dos más. Lo de los cubanos lo asocio a la salida de Alí Rodríguez de la cancillería. Lo sustituyó Nicolás Maduro. Cuando este entró, ya el gobierno cubano se sintió libre de compromisos con Venezuela e hizo lo que quería hacer: apoyar a Sader. Anunció eso pocos días antes de la asamblea.

El cambio en la cancillería significó una subordinación más clara de Venezuela a la política cubana, particularmente a la política exterior. Ese cambio ocurrió a poquísimos meses de haber llegado Maduro a ese cargo. Al saberse la decisión cubana, el Centro Rómulo Gallegos de Caracas –que era el único instituto afiliado a CLACSO que dependía del gobierno venezolano– sorpresivamente decidió no ir a la asamblea para no votar por mí. O sea, a ese nivel llegaron. Edgardo Lander llamó a Roberto Hernández Montoya, el director, para que le delegara el voto del celarg, ya que él pertenecía al comité directivo de ese centro. Hernández Montoya no atendió el teléfono. Ésa es la historia. Una de las peores cosas que he vivido en mi vida, pero quizá también debería agradecerlo. Son lecciones que marcan.

MAGDALENA LÓPEZ
MAGDALENA LÓPEZ
Magdalena López. Doctora por la University of Pittsburgh, es investigadora del Centro de Estudios Internacionales del Instituto Universitario de Lisboa (ISCTE-IUL, Portugal) y del Instituto Kellogg para Estudios Internacionales (Universidad de Notre Dame, Estados Unidos). Escribe sobre las relaciones entre poder, cultura y literatura en el Caribe hispano. Es autora de los libros El Otro de Nuestra América: imaginarios frente a Estados Unidos en la República Dominicana y Cuba (Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, 2011), Desde el fracaso: narrativas del Caribe Insular Hispano en el siglo XXI (Verbum, 2015) y de la novela Penínsulas rotas (La Moderna, 2020). Ha publicado diversos artículos en revistas académicas y de divulgación y ha sido profesora invitada en la Universidad de Salamanca (España), la Universidad Católica de Córdoba (Argentina) y la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (México).

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1 comentario

  1. Un viejo comentario de HAROLD BLOOM , ni son ciencias ni son sociales… Él prefería la sabia clasificación de Humanidades. Y sí, las llamadas «izquierdas» juegan al multiculturalismo y nociones de la «soberanía» que justifican la corrupción política, la hipocresía y el afán totalitarista. De acuerdo, menos en lo de Ciencias Sociales.

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