En mayo del 2020 lo entrevisté para Hypermedia Magazine y ahora, seis años después, aprovecho la publicación de su última novela Desfila La Habana (Tusquets) para robarle otra entrevista.
Antonio José Ponte vuelve con un libro juguetón y serio. Desde la primera página entramos en un mundo de un caudal de conocimiento apabullante, donde la fiesta, la ironía y las ganas de contar la historia de otra manera (su manera) satisfacen nuestras ansias de voyeurs chismosos. Pero no: este libro no solo se queda en lo anecdótico o en el cotilleo. El autor nos regala un retrato. Nos habla de algo que muchos no van a querer escuchar. Le hace una radiografía a un país. Un país que ha sido secuestrado y contado por mucha gente con intereses varios. Nos han tratado de meter por la cabeza una imagen; lo han intentado cambiar, enmascarar su esencia; y Ponte, finalmente, nos dice: “Ptttsss, es por acá”.
¿Por qué contar una historia como esta? Porque pedía a gritos el toque Ponte.
Antonio José nos invita a su Pontelandia, donde la realidad palidece y la nueva, que él construye y nos devuelve, es mucho más exacta, rica y real. Como dice un meme por ahí: nos ha dado algo que no sabíamos que necesitábamos.
Este no es un libro para estar cazando a ver qué pasó de verdad y qué no; de hecho, esas especificaciones a mí, modestamente, me sobran. En Pontelandia no importa si es ficción, ensayo… Da igual… En el presente y en el futuro, para saber de la Cuba de 1958 y 1959, este es el libro al que vamos a acudir.
Ponte, un rara avis en la literatura cubana y un ser más raro aún en la vidilla literaria de Madrid, alejado de modismos, sigue haciendo lo que le da la gana. Para alegría y disfrute de todos.
El libro lo leí rápido, de corrido. En par de días. Todo el tiempo sentía que me llevabas de la mano por una serie de personajes, situaciones, anécdotas, y algo en mi interior estaba encendido: ¿Qué me está contando este tipo? Lo disfrutaba, pero estaba tratando de desentrañar algo. Algo que finalmente apareció en mi mente un rato después de que lo solté. Cuando pones el último punto final y me doy cuenta de que así se acaba, ahí dije: “Ah, espera, esto va por acá. Los tiros son estos. Esto es esto”. Me metí en el baño, me di una ducha y, desde ese entonces, llevo una semana con el libro pegado en la mente.
Ese despertar que te llega con el final hubiera sido un gran error tenerlo antes. Es algo que pasa con muchos textos que uno lee ahora. Para no alargarme, te pregunto: ¿Cómo llegaste a esa estructura? ¿Desde el primer momento sabías que el libro se iba a acabar así? No quiero develar mucho, pero es un libro que todo el tiempo parece que no va a cerrar y es un libro redondo. Muy redondo. ¿Cómo fue tu trabajo? Háblame un poco de la organización de los materiales, de las historias. ¿Tenías claro cómo iba a ser el tejido de esa trenza hasta el final? ¿Surgió con el propio trabajo? ¿Hubo una chispa inicial? Algo que te pasó, o algo que llevabas dentro, o leíste, que dijiste: “¡Quiero contar esto!”
El libro empezaría con una fiesta, eso lo sabía. Me gustan las fiestas en las novelas. La de la princesa de Guermantes, donde el narrador de Proust descubre su propio libro. La fiesta para la cual, sin delegar en nadie, compra flores la señora Dalloway. La que ve Tonio Kröger a través de una ventana. La fiesta donde Natasha baila con el príncipe Andréi y la fiesta aldeana donde baila sin saberse los pasos… Esta que iba a poner al inicio de mi libro, fiesta de una editorial en Londres, sería más modesta, pero haría viajar a La Habana a uno de mis personajes.
En la vida real (siempre me hace gracia esta expresión), Norman Lewis fue un escritor británico de libros de viajes. Leí sus crónicas cubanas y las disfruté hasta el punto de querer parafrasearlas, con lo cual empezó para mí la vida irreal de Norman Lewis. Su interlocutor en esa fiesta londinense era ni más ni menos que el creador de la saga de James Bond, Ian Fleming. Y en una biografía de Fleming di con su receta para acabar con Fidel Castro. De modo que tenía para el comienzo de la novela la misión habanera que Fleming encarga a Lewis de averiguar quién es ese Castro, y para el final de la novela, en otra fiesta en Londres, la receta de Fleming para acabar de una vez con Fidel Castro.
Conocía dos de los libros de la corresponsal en La Habana de The New York Times, quien firmaba como R. Hart Phillips para que no se supiera que era una mujer. Graham Greene se encontraba por esos años en La Habana, filmando el guion basado en su novela Nuestro hombre en La Habana. Errol Flynn se proponía hacer una película sobre los rebeldes cubanos. Y estas y otras historias iba a entrecruzarlas con aquellas que contaba Norman Lewis. Fui descubriendo esos entrecruzamientos mientras los escribía, porque ni siquiera ahora podría alardear de tener las cosas claras.
¿Cómo llegaste al título? Hay un desfile de personajes. Los más interesantes son extranjeros, británicos, norteamericanos… pero me quedo con que, al final, la que desfila es La Habana, e incluso el país. Es un retrato de una época, pero también de la manera de ser de una isla, de nosotros. ¿Manejaste otro título?
Habría sido fatal privilegiar desde el título una de las historias que cuenta la novela, así que se impuso una visión general, semejante al “París a vuelo de pájaro” con que Víctor Hugo tituló un capítulo de Nuestra Señora de París. Porque, tal como dices, quien desfila en la novela es La Habana. No por gusto en sus páginas se cuentan diversos planes para el futuro de la ciudad: el de Fulgencio Batista, el plan de Meyer Lansky de levantar la mayor ciudad de juego del planeta, los planes –también de preponderancia mundial– del recién llegado al poder Fidel Castro…
Sí. Lamentablemente a mí lo que me tocó vivir fueron los planes del comandante. Sin hacer spoilers de tu libro: la última vez que aparece Finca Vigía y la familia Hemingway, ha habido un cambio.
Hay que agradecer el buen tino, de que no cargas la mano. Con tremenda sutileza nos haces ver que ya nada va a ser lo mismo: ni las entonaciones, ni los temas. En un sentido se acaba la fiesta, la recholata… o simplemente pasa a ser clandestina. A hacer las maletas y a otra cosa, mariposa.
Uno de los invitados le hace un regalo al Nobel: un tocho, un muro, una lavadora o refrigerador que tiene el peso de un oso de tierras lejanas. Gente extraña, a las que le cuesta, y mucho, bailar el danzón. Después, ya casi llega el fin, y ya sabemos cómo siguió la cosa.
La pregunta es esta: ¿Qué crees que pasó a un nivel personal con Castro?
¿Crees que, si en la primera visita, ya como barbudo, a Estados Unidos, lo llega a recibir el presidente en vez de Nixon, su ego no se hubiera sentido dañado?
Te hago esta pregunta porque uno de los logros de tu libro es que vemos a todo el mundo muy humano: con planes locos, con temas de ego, pescando vellos púbicos…
Es una historia alejada del podio, del busto…
El tema, en verdad, da para todo un seminario. Fidel Castro fue un huérfano profesional y, en esa orfandad profesional suya, no habría cambiado nada que lo recibiera el presidente Eisenhower en lugar del vicepresidente Nixon. Ya de niño le había escrito a Franklin D. Roosevelt una cartica de jinetero pidiéndole diez dólares con el pretexto de que nunca había visto un billete de esa denominación (qué criatura tan numismática, ¿verdad?) y ofreciéndole el secreto de las mayores minas cubanas de hierro.
A vuelta de correo recibió una respuesta presidencial estándar, nada de dinero, y no sería de extrañar que al desaire de Eisenhower él sumara, tanto tiempo después, el desaire que Roosevelt le hizo no enviándole sus diez dólares.
En esa visita de 1959, su mayor anhelo debió ser, no que lo recibiera el presidente de Estados Unidos, sino ser el presidente de los Estados Unidos. Vivió obsesionado con la Casa Blanca desde antes del triunfo de su guerrilla. A la entrada de Villa Marista está inscripto (supongo que no lo habrán borrado) un mensaje suyo en el cual avisaba a Celia Sánchez que cuando terminara la guerra que ellos hacían en la Sierra Maestra empezaría la verdadera guerra, contra Estados Unidos.
El libro nos acerca a varios escritores que en algún momento de sus vidas fueron espías, o escribieron sobre espías, jugaron a ser espías. He conocido a par de espías que tenían el “bichito del arte” adentro y que, como nunca pudieron poner una palabra en la hoja en blanco, prefirieron pasarse al espionaje.
Quiero que me hables un poco de esa relación entre escritores y espías en tu obra. No tanto en cómo unos vigilan a otros, sino en esa amalgama que llega hasta nuestros días. Pienso en García Márquez jugando a llevarle mensajes a Clinton, en escritores de la UNEAC que han vigilado… ¿Por qué crees que pasa esto? ¿Conociste, cuando vivías en Cuba, a algún escritor espía? ¿Y conoces a alguno en Madrid? ¿Te sientes vigilado aquí?
Estas preguntas vienen con otra, y es que de toda la vida (de hecho, lo menciono en nuestra primera entrevista) me has resultado un misterio. Cuando hablamos para Hypermedia te comparé con un cura: andas bien vestido, callado; llegas, entras, miras, te vas… Bien que podrías ser un espía. ¡No para Cuba! Para los británicos o los americanos… Pero, al mismo tiempo, los tiempos (valga la redundancia) están cambiando. ¿Crees que en este momento puede haber espías como los de antes? Con el garbo de Bond. Esa línea de la Guerra Fría entre los americanos y los rusos ya no parece ser igual. Se perdió una gracia. Rescatas una época, pero rescatas también un “saber estar” que parece haberse extinguido.
Somerset Maugham, Graham Greene, Ian Fleming, Roald Dahl, Frederick Forsyth y John Le Carré… todos fueron espías y, con la excepción de Dahl, autores de novelas de espionaje.
Esta nómina británica podría ampliarse y extenderse hasta servicios de inteligencia de otras nacionalidades. Durante la Segunda Guerra Mundial y en los años que siguieron, los servicios secretos se dedicaron a reclutar escritores. ¿Por qué? Porque los escritores eran sagaces en la observación de los hechos, sabían sacar conclusiones y, a la hora de mentir, resultaban verosímiles. La verosimilitud es siempre un problema a resolver para los escritores. De manera que, con bastante probabilidad, quien sabía ficcionar sabría espiar.
Por su parte, para los escritores reclutados eran recompensa suficiente la aventura, los viajes, la ganancia de historias que contar y la sensación de poder. Por no hablar de las retribuciones económicas y el patriotismo.
Gabriel García Márquez no habrá pasado, en este campo, de ser un recadero. Entre altos mandatarios, pero recadero al fin. Alguien con suficiente peso como para llevar y traer, y con suficiente prestigio que perder si acaso jugaba la carta de la traición.
En cuanto al caso de los escritores cubanos, sería preferible no confundir chivatos con espías. Lo digo, no por la superioridad de los segundos sobre los primeros, sino por el alcance del trabajo que cumple cada uno.
James Bond, por su parte, no es más que una estilización, una compensación para el ego de su creador, Ian Fleming. Porque hasta donde he leído, no abundaban agentes con esa puntillosidad de miembro de un club exclusivo. Los verdaderos espías se acercan más al Smiley que es Gary Oldman en Tinker Tailor Soldier Spy, basada en la novela de John Le Carré.
En cuanto a mí, yo no he sido espía más que para lo que escribo.
La intervención de Villoro sirvió para que Herralde leyera La fiesta vigilada, después que Anagrama te dijera que no. ¿Cómo es tu relación actual con las editoriales españolas? ¿Siempre hace falta una palanca? Tengo la sensación de que todo el mundo te conoce, sabe lo bien que escribes, pero al mismo tiempo te evita. ¿Cómo ves el mundo editorial español de la actualidad? Y su relación o no contigo.
El mundo editorial español ha cambiado mucho en estos últimos años. La fiesta vigilada se publicó hace veinte, gracias a la intercesión de Juan Villoro. Desde entonces Herralde decidió jubilarse, cambió Anagrama, y no creas que soy tan conocido en las editoriales españolas.
Tampoco creas que vale de mucho escribir bien, como me dices. Para ser publicado hoy vale más insistir sobre lo consabido, no desmentir los tópicos y no entrar en demasiadas sutilezas. Aunque mejor que una palanca servirá un agente literario. El agente permite que al autor no se le pelen los nudillos tocando puertas. Y, encima, puede brindarle al autor algunas recomendaciones útiles acerca de su manuscrito.
Dicho lo cual, el problema sigue sin despejarse, porque pasamos de la dificultad de encontrar un editor a la dificultad de encontrar un agente.
Una de las voces que más me llegó fue la de Hemingway. Cuando hablaba, sentía que era él: corto, duro, americano, como un iceberg. ¿Cómo te ayudaste para dejarlo hablar? ¿Viste películas documentales? ¿Su manera de escribir? ¿Leyendo testimonios de quienes lo conocieron? Es impresionante. Se apodera del Ponte escritor para hablar él.
Como reconozco en la página de agradecimientos de la novela, leí varias biografías de Hemingway, las tres o cuatro que declaro allí y otras leídas hace algún tiempo. Volví también a sus cuentos y a su primera novela.
El suyo es un fraseo reconocible, altamente pegajoso e imitado. Junto a Samuel Beckett y Marguerite Duras, él es uno de los grandes telegrafistas del estilo. Aunque, más que su estilo, me interesaba su temperamento: su egoísmo, su competitividad, su fanfarronería, pero también su fragilidad y paranoia. Y, por sobre todo, el dolor de tener que dejar Finca Vigía atrás, en tierra enemiga.
Quise escribir un Hemingway que, sin dejar de ser un tipo insoportable, estuviese teñido por una nostalgia a la Dinesen: “I had a farm in Africa, at the foot of the Ngong Hills”. Finca Vigía es su granja al pie de las colinas Ngong. Por cierto, él admiraba a Isak Dinesen y se acordó de ella, candidata en ese mismo año, en su discurso de agradecimiento del Nobel de Literatura.
Rápido, sígueme la rima en este juego: de los escritores, artistas, políticos o personalidades que desfilaron la Habana …
¿Con quién pelearías a los puños?
Descontado Fidel Castro, con quien tenemos tantas cuentas pendientes, déjame esa pelea en discusión fuerte con Herbert L. Matthews.
El hombre que inventó a Fidel Castro, titularon una biografía suya. Matthews fue un admirador de la campaña abisinia de Mussolini y luego un enamorado entrevistador y biógrafo de Castro. Un enamorado rastrero, capaz de perdonarle el engaño y la burla.
¿A quién dejaste fuera del libro a propósito? Extrañé a Cabrera Infante. ¿No estaba en la isla en ese momento? (Perdona mi laguna histórica).
Toda historia que transcurra en La Habana de esos años nos hará extrañar a Guillermo Cabrera Infante, esté incluido en ella o no. Él se encontraba entonces en La Habana, por supuesto. Pero habrás notado que el grueso de mis personajes son extranjeros de visita o extranjeros asentados en la ciudad.
¿Pernod, Martini? ¿Cuál es tu veneno?
Vinos del Duero (¡por ese río en Oporto!), vinos de Burdeos (¡por el alcalde Montaigne!), maltas de Islay Island (¡por el sabor a turba!).
¿Cuál es la receta de Ponte para acabar con el castrismo?
Desafortunadamente, no la tengo. Y, afortunadamente, no necesité de ninguna para acabar con el castrismo que hubiera sedimentado en mí.
Si fueras un personaje de tu libro, ¿dónde te encontraríamos: en la terraza del Presidente, en el Bikini, en casa de los Loynaz?
En la piscina del club Bikini está sonando Paul Anka y son hermosos esos clavadistas que saltan desde el trampolín. La terraza del hotel Presidente está llena siempre de turistas americanos. Y no es la casa de los Loynaz la que aparece en la novela, sino la del general García Vélez, a quien visita el general Loynaz del Castillo y se ponen a discutir de viejas campañas compartidas. Pero mejor que todos esos sitios son los bares habaneros donde Vic se dedica a escuchar lo que dice la victrola. De él se dice al inicio: “Allí donde hubiera una victrola, su rincón era el rincón de la victrola”.
¿Con cuál de tus personajes tratarías de construir una amistad?
Con Ruby Hart Phillips. Con Norman Lewis.
¿A quién te llevarías a la cama? (Ya en nuestra primera entrevista evitaste estas cosas).
Primera opción: estrellas. Ava Gardner no está muy presente que digamos, pero me queda Errol Flynn, pese a que ya no se encuentra en óptimas condiciones. Así luce en su parte de la novela: “Tenía cuarenta y nueve años, más de cien libras de sobrepeso, bolsas en los ojos, el rostro caído, y tan mala memoria que le resultaba difícil recordar los diálogos”.
Pero, si igual se pedía un chance a los guagüeros para que abrieran fuera de parada, tú me das un chance, que sea el Errol Flynn de una década antes.
¿A quién vigilarías?
A ese Fidel Castro treintañero, a ver si podemos evitarnos algunos males.
¿A quién le haría Fermín Gabor un post?
Ian Fleming.
Hablando de pelos, ¿los de Catalina, los de Napoleón, los de Castro?
¡Salvar a Cuba por los pelos! (Perdónenme quienes lean esta entrevista por hablar aquí en enigma).
¿Te motiva la Habana actual como para escribir de ella? Tu novela es como una rueda de casino, un juego de las sillas, donde pasan y pasan seres… pero se quedan las sillas, se mantiene el terreno. Ahora ya ni quedan sillas. Pero al mismo tiempo uno quiere ver tu toque Ponte en los 70, 80, 90… ¿Cómo ves hoy tu país?
Escribir La Habana de hoy o La Habana de esas décadas haría que me enredara en la nostalgia. Y hablando de nostalgia, tengo un recuerdo de mi infancia en Matanzas donde me advierten que si pesco en el río y el anzuelo se traba, no se me ocurra zambullirme para recuperarlo. Porque es mejor perder un anzuelo que terminar ahogado.
Cortar la línea y olvidarse del anzuelo: sigo el consejo ahora.
Ya que, refiriéndote al universo de Graham Greene, hablas de un Greenlandia, me atrevería a decir que existe un Pontelandia. No he leído todos tus libros, pero sabes que soy fan. Creo que en esa Pontelandia hay una obsesión por La Habana (por supuesto), por la fiesta, por el cine (Nuestro hombre en La Habana se repite), por las sombras y las ruinas, y sobre todo por los fantasmas. En Desfila La Habana, la tierra, el territorio de la capital de la isla, es testigo de los pasos, las idas y venidas de un montón de turistas que llegan buscando algo y luego desaparecen. Después de este libro, que hay como un cierre, una llegada al pico de la montaña, ¿qué podemos esperar tus lectores en el futuro? Los próximos libros que van a venir (y formarán parte de esa Pontelandia), ¿llegan con nuevas obsesiones, temas, escenarios?
Mil gracias por esta adjudicación de tierra que me haces. Es sumamente generosa. Aunque, después de un par de reformas agrarias y tanto marabú floreciente, tener tierras es tener miedo a perderlas.
Me temo que, a partir de la publicación de esta novela, me esperarán algunos enredos. Porque cuando salga una noveleta que escribí antes, centrada en la vida y obra de Nitza Villapol, podrían hacérsele exigencias equivocadas. Y vendrá un libro entre ensayo y narrativa y memoria —La revolución sin mí— que estará lejos de ser un divertimento como Desfila La Habana. No obstante, me corresponde no defraudar a los lectores y, a la vez, no repetirme a gusto de ellos.
Ojalá encontrara tiempo para ordenar el libro de poemas del cual he publicado varios textos sueltos y que va a llamarse Quien en una emboscada nocturna.
Como ves, con cambios de género y cambios de prosa a verso intento burlar ese alpinismo del lector que llega a la cumbre y todavía cuenta con esperanzas de seguir ascendiendo.
Pues a esperar ansioso. Sabes que me gustan muchos tus poemas, y espero que en ese futuro libro esté el del músico que va en la parte de atrás, en la cama del camión, cuando su cuerpo levita. Tienen una visualidad muy cinematográfica, muy tuya. Gracias.
Gracias a ti por recordar ese poema, que va sin falta en el libro. Muchas gracias por tus preguntas, por tu curiosidad y tu lectura generosa.


Me encantó esta entrevista