El dedo señalado (2026, 91’), largometraje de corte híbrido y filmado en Cuba por el realizador y artista multidisciplinario español (granadino) Valeriano López (Juana la Lorca, 2021), ofrecerá dos pases especiales en los Cines Megarama de Granada, este viernes 20 de febrero, antes de comenzar su postulación a festivales antes de su estreno mundial.
López, también guionista y productor de la cinta, comenzó a filmar la película mientras cursaba la Maestría de Cine Alternativo en la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños (EICTV) en 2024. Entonces presentó como trabajo final un primer corte, a modo de teaser extendido, que dejó claro el planteamento estético-discursivo que regiría los rodajes posteriores durante ese mismo año y gran parte de 2025. Mixturado todo con material de archivo registrado por López en 1994 durante una visita a Cuba.
La película fue rodada –tanto en 1994, cuando López aún no sabía que convertiría en cine las filmaciones “casuales” que hizo con su cámara amateur de turista, como en 2024 y 2025– en La Habana, San Antonio de los Baños y el Pueblo Textil, ubicado en las proximidades de la EICTV.
Todos los personajes, excepto el propio Valeriano y el actor, también español, Juan Herrera, son cubanos. Casi todo su equipo de rodaje y posproducción también son creadores de la isla, como los fotógrafos Dani Arboleda y Alejandro Guirola, los sonidistas Malcom Seven, Nelson Hidalgo y César Parra, la montajista Susel Legón, la correctora de color Claudia Remedios, el músico Chezca Zana, colaborador en el apartado melódico de la cinta y el diseñador Alejo Cañer, autor del cartel oficial. La película tiene como casa productora asociada y distribuidora española a Chichinagranaía Producciones Artísticas S. L., con base en Granada.
El dedo señalado se antoja una suerte de intenso y provocador cuaderno de apuntes en cuyas páginas Valeriano López vierte un torrente de las ideas, angustias y dudas que se agolpan en su ingente percepción de una Cuba a la que visita, explora y regresa desde hace más de tres décadas; como un destino ineluctable, infinito. Cuba parece una inevitabilidad para Valeriano, una predestinación, una deuda impagada.
Los epígrafes, capítulos o estancias de esta película-bitácora, película-mapa, película-collage, pensada, escrita y realizada con apresurada calma, proponen el abordaje a diversas aristas de unas masculinidades cubanas que, desde las primeras incursiones de López a la isla, se le revelaron divergentes de los estereotipos de género, de las éticas heteronormativas, la intransigencia patriarcal. Incluso de la virilidad politizada que ha buscado fomentar –y asentarse sobre– la imagen inexpugnable del tradicional “macho, varón, masculino” isleño.
Esta trinidad redundante y enfática –axioma inexcusable, dogma ingente– se alza como la cúspide doctrinaria de la que sería verdadera gran religión cubana no confesa: el falocentrismo, el culto al macho, la adoración de lo masculino, la idolatría del varón. Este culto inmanente a la condición cubana (y humana) ha determinado y determina los rumbos de la nación y la cultura, quizás con más potencia que las maquinarias políticas.
En vez de pilar ideológico de la revolución “macha” –al decir del compositor e intérprete Ignacio Villa, Bola de Nieve– de Fidel Castro y Che Guevara, la secta de la masculinidad hegemónica deviene médula alrededor de la cual se ha generado y robustecido toda la urdimbre de este proceso.
Plano a plano, secuencia tras secuencia de El dedo señalado, el “hombre de la casa” se transforma en un hombre a la caza: de otros hombres, de otros mundos. Deviene un ser dual, múltiple, un poliedro infinito de deseos, dobleces, hipocresías, secretos, tabúes, dudas, abyecciones, delirios, inseguridades. Las desenfadadas y agudas pesquisas, que emprende Valeriano por las calles habaneras y los campos de San Antonio de los Baños, van develando facetas culposas y desesperadas. Frágiles. Inconsistentes. Justo el reverso de lo aparentado por los paradigmas sociales heteropatriarcales.
Valeriano desuella al macho cubano, lo despoja de sus múltiples epidermis/disfraces, tras cuyas densas capas busca ocultarse la verdadera naturaleza líquida de las identidades de géneros humana y cubana. Los mitos masculinos van revelándose como una metrópolis (o necrópolis) de castillos de naipes y zigurats de azúcar cristalizada, incluyendo el de la virilidad colectiva instrumentada como política de Estado desde 1959. Machos por el comunismo, seremos, ¿seremos?, ¿qué seremos?, ¿somos, acaso?, ¿pensamos que somos machos, luego lo somos?
La película de Valeriano López no cesa de generar preguntas, cada una más incómoda que la anterior, cada una más molesta que la previa, cada una con muchas menos posibilidades de ser respondida que la precedente. El dedo señalado es un interrogante fractal. Se rizomatiza en un cuestionamiento eterno. Las observaciones escritas por él con imágenes documentadas, ficcionadas, alucinadas. No ofrecen conclusiones doctas ni echan luces enciclopédicas sobre una masculinidad laberíntica, pero la pone en evidencia. Se atreve a gritar a los cuatro vientos que el emperador está más que desnudo, y a la vez delata la multitud de silencios cómplices que alimentan la ilusión de unas lujosas y temibles vestiduras.
El tono mordaz, desparpajado y (auto) paródico elegido por el realizador-pesquisador no redunda en detrimento de la discusión. No reduce nunca el “objeto de estudio” a una caricatura. Tal riesgo está evitado. Aunque sí que subraya los muchos aspectos caricaturescos de la masculinidad hegemónica cubana, y todo contribuye a aguzar el escalpelo para que saje bien profundo las carnes de los tantos Renés –con permiso de Virgilio Piñera— que habitan y rebozan la isla, y la levantan en peso. Valeriano consigue levantar al machismo en peso. Y la caída es bien estrepitosa.
El dedo señalado es también un muestrario o cartografía de formas, dispositivos y maneras audiovisuales que tienden muy poco a repetirse en el constante volatín entre territorios genéricos que desafía cualquier taxonomía ortodoxa. Es todo un ajiaco fílmico que emula temerariamente con el ajiaco cultural que Fernando Ortiz divisó en la Cuba que le tocó vivir y redescubrir.

El hieratismo, la monocromía, el estatismo y la inamovilidad que caracteriza la hegemonía estereotípica de marras, son impugnados, más bien exorcizados, con una zarabanda de soluciones chispeantes, alegres, ingeniosas, imaginativas. Es un maremágnum expresivo y proteico que provoca, pero no agota. Transmuta a ojos vistas en un discurso múltiple e ingenioso.
En el epicentro de esta obra que no brinda paz a nadie, ni se permite estar en paz, se halla Valeriano López, afincado (¿parapetado?) en su honestidad, en la legitimidad personal de sus dudas, en su derecho a expresarlas y a señalar, inquisitivo, su propio dedo. La película deviene ritual o conjuro contra todo lo conservador e inmovilista. A la vez que resulta una alegoría-celebración del movimiento perpetuo, de lo vivo, lo mutable, lo dialéctico. Es una intensa fiesta, celebrada a toda máquina justo sobre el caparazón vacío e inerte de lo pretendidamente definitivo.


