Alberto Cisnero (La Matanza, Buenos Aires, 1975) es uno de los poetas más originales de su generación. Y esa originalidad radica, en parte, en haber sabido entablar un diálogo sin temores con la tradición. Quiero decir, no solo con aquello que puede adaptarse al gusto de la época, sino con aquello (autores, textos, mitologías) que resulta más distante, más desafiante. En ese sentido, su obra se fue construyendo como un espacio de fricción entre registros: lo culto y lo popular, lo clásico y lo contemporáneo, lo solemne y lo coloquial, sin que esas tensiones se resuelvan del todo, sino más bien funcionando como motor de escritura. Su mirada, desde una poesía con reglas propias, es combativa, elegíaca y ácida, y encuentra en esa mezcla una forma de intervenir en la tradición antes que de simplemente citarla o reproducirla.
Hay una expresión que utiliza Javier Magistris en la contratapa de Roman paladino (Barnacle, Argentina, 2026) que me parece muy certera: “cada libro de su autoría es un enigma que el lector disfruta al tiempo que discierne algo del sentido y el destino común”. Habiendo leído más del noventa por ciento de los libros del autor, que lleva más de veinte títulos publicados, puedo decir que esa idea del “destino común” es una buena manera de explicar uno de los chispazos que se encienden entre el texto y sus lectores. En algunos pasajes se juega por el entorno histórico: vivencias de cercanía, comunes, propias de una clase trabajadora y sus habilidades adquiridas para experimentar el dolor: “contaré una historia sobre todos / nosotros. en aquel tiempo todos / nosotros teníamos menos de treinta / años en el cuerpo y el balbuceo / recurrente de un idiota. la vida valía / menos que un grano de soja / duhaldista…”. En otros, se da en las referencias al oficio de escritor, a sus materiales y sus preguntas: por más que el poeta diga “por qué este entretenimiento / de ociosos habría de producir / algún valor”, se trata de un entretenimiento que no deja de abrir surcos cuestionadores a todo statu quo. A su vez, en momentos claves aparecen las cartas de los afectos y la memoria. Allí pareciera que la palabra fuera siempre palabra de despedida, como si todo significado cargara una cuota de última vez: “ya nada hermoso en el planeta, / en la escala de la vida animal, / vegetal o tras alguna recóndita / mancha del cerebro, alguno / sabrá recordarlo por el otro, / para completar la realidad. / el amor indica adónde vamos”.
La intención de Gonzalo de Berceo, en su Vida de Santo Domingo de Silos, de “fer una prosa en roman paladino / en qual suele el pueblo fablar con so vecino”, es otra de las trampas (o pasadizos) que propone este libro desde su título. A esta definición debemos agregarle un matiz de ironía, el trabajo sesudo con el lenguaje y una filosofía barrial que trasciende a las formas o, mejor dicho, se ensambla con ellas para construir extrañamiento. Con todos esos ingredientes, puede leerse el siguiente poema: 18 “en el hoy y mañana y ayer lo mismo / que nos olvidamos nos olvidaríamos. / o lo mismo que te quiero te quisiera. / entre el bullicio de la selva digno / y su ruido (la producción bélica masiva / de humanos, ilusógenos, autofotos), / irruye un suceso privado, no un dato / objetivo: nadie sabe que estamos acá; / ya declina la luna. aquella misma luz, / aquella misma luna nos orna y colora”.
En este poema, la torsión verbal aparece desde el inicio como un mecanismo de inestabilidad temporal: “en el hoy y mañana y ayer lo mismo” no solo desordena la linealidad, sino que instala una percepción repetitiva, casi gastada, del tiempo afectivo. Esa deriva se intensifica con las formas condicionales (“nos olvidaríamos”, “te quisiera”), que funcionan como ecos debilitados del presente, como si el decir ya llegara erosionado. A la vez, el poema condensa ese cruce temporal en una imaginería donde conviven registros: “autofotos” y “producción bélica masiva” remiten a una sensibilidad actual, saturada y tecnificada, mientras que la “selva” y la escena nocturna recuperan una resonancia arcaica. El contraste no es decorativo, sino productivo: lo barrial y lo ordinario se filtran en esas figuras, desacomodándolas. Así, cuando irrumpe “nadie sabe que estamos acá”, la intimidad se afirma como un pliegue en medio del ruido colectivo. La luna final, con su tono tanguero y borgeano, no recompone una unidad, sino que vuelve extraña la tradición misma, como si ese símbolo heredado, al tocar lo cotidiano, quedara levemente desplazado.
El poema 28, personalmente (porque ahí apunta, a lo inesperado), me remite a múltiples intertextualidades: “te conturba, te inquieta el cielo / y sus albores, que hoy se aja / la flor ayer nacida, pero qué / denota lo que no se mece o tribula; / ayer una sombra un sueño era, / sin más signo que la ceniza. / por el suburbio desierto, un día, / hace muchos años, me sentí / bueno, el más alegre del pasillo. / el tiempo exornaba, ilustre y total, / tapas amarillas, barcos. necesidades / básicas: nunca las tuvimos cubiertas. / nunca fuimos imparciales”. El autor superpone registros y tradiciones: de una dicción elevada, que remite a una retórica casi bíblica o clásica, pasa sin transición al suburbio y a un imaginario reconocible de la cultura del rock, para incorporar luego restos de lecturas (“tapas amarillas, barcos”) que abren la escena a una memoria literaria. Lejos de organizarse como un sistema de referencias cerrado, esas capas funcionan como ecos que se tensionan entre sí y desembocan en una afirmación donde lo social y lo político emergen con nitidez.
Sin dudas, Roman paladino será un libro sobre el que habrá que volver cuando la época se enfríe y podamos (o queramos) transitar sus cicatrices. La poesía tiene esa virtud: ser un mapa de la memoria, suspender la voz de un tiempo para algún futuro más despabilado. Los lectores y lectoras de todas las latitudes sabrán advertir la vecindad de una lengua trabajada con imágenes vivas, palpables. La prosa es solo una manera del ritmo. Y el ritmo en la obra de Alberto Cisnero está marcado al compás de una extrañeza fuera de la moda y el confort.


