Odiológico

El odiológico es un ser cada vez más fácil de encontrar en este mundo polarizado en que vivimos. Y es el augurio de un futuro que no me gustaría ver. El odiológico decidió envolverse con retazos de algún manual de ideología y se ha convertido en un Frankenstein de consignas que patrulla las tendencias políticas ajenas.
No necesita muchas evidencias ni análisis antes de lanzarse a la caza furibunda de su adversario. Es un amasijo de signos reduccionistas. Alguien menciona, digamos, el acceso universal a la salud y le apunta con instinto de verdugo: “¡comunista!”. Otro defiende, digamos, el libre mercado y lo señala con asco moral: “¡fascista!”. Con el odiológico no hay posibilidad de debate, presunción de inocencia ni consideraciones contextuales. Se cree poseedor de la verdad y está predispuesto a que todo el que no encaje automáticamente en su sistema de creencias o codificación política sea considerado despreciable y motivo de una cacería de brujas.
Suponemos que su suspicacia y su propensión al odio político venga de algún trauma pasado. Es probable que haya sido víctima o beneficiario de la ideología que ahora desprecia o defiende con ciega pasión. Así sería psicológicamente comprensible que en cada declaración o posicionamiento contrario al suyo detectara el peligro inminente de su extinción. También puede ser que la ideología simplemente viniera a calzarle algún complejo de inferioridad.
Uno se pregunta: ¿en qué punto el odiológico perdió de vista que su interlocutor es igual a él? ¿En qué punto dejó de ver personas y empezó a ver etiquetas? ¿Cuándo olvidó la máxima de que los extremos se tocan y que, si estás en uno de ellos, pues estás a un paso del otro lado? Y del otro lado del extremismo, por el camino de la deshumanización, lo que está es el mundo aterrador del totalitarismo, sea de la denominación ideológica que sea.
Bestiario Miserable es un catálogo de los excesos, miserias, deformaciones que las contorsiones circenses del panorama político cubano, global y virtual han ido pariendo. Como decía Leónidas Lamborghini, la verdad del modelo es su propia caricatura. Pues este quisiera ser un retrato realista de los arquetipos de conducta que florecen en toda su monstruosidad por el extremismo ideológico, la antipatía, la deshonestidad intelectual, o la pura estupidez, ahora abonados en ese terreno de la pseudo ética que puede ser ciberespacio. En un mundo que se parece cada vez más al que describiría Weill, donde la espera de lo que vendrá ya no es esperanza, sino angustia, quizás bosquejar nuestros monstruos, los que todos en menor o mayor medida somos, pueda hacer los mitos más lógicos, dar alguna pizca de sensatez.

