Antonia Eiriz y Ezequiel Suárez: ‘Bad Girl, Bad Boy, Bad Country’: el latir de lo underground

En la exposición 'Bad Girl, Bad Boy, Bad Country', curada por Liatna Rodríguez López, en el espacio habanero Cemi Artlab, atrae cómo Antonia Eiriz y Ezequiel Suárez disertan sobre dos momentos diferentes de un cuerpo drenado por la violencia de la Historia.

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Los procesos sociales, incluyendo el fenómeno de la creación artística, nos han demostrado que la materia procedente de los márgenes contiene una fuerza muy particular capaz de ejercer una influencia notoria en el campo de lo establecido, y el rol de derrumbar muros insólitos. A los márgenes se puede llegar por caminos y razones diferentes como la censura, destino e identidad, y hasta por decisión propia, sobre todo para no acceder y contaminarse en una especie de complicidad con los opresores, quienes pueden ser el Estado y sus instituciones o el propio mercado. Se trata de algo así como salirse de aquel tablero de ajedrez que analizaba Pablo Helguera, y que parece regir gran parte del arte actual.

Desde dicha naturaleza parecen arribar a este relato estos “chicos traviesos”, Antonia Eiriz (1929-1995) y Ezequiel Suárez (1967), como si fueran personajes de un filme de Jim Jarmusch, pero cada uno con un carácter e historia tan bien forjada y vivida que llegan a enfrentar y hasta superar la ya legendaria rebeldía de aquellos engendros. Espíritus acerados ante la maquinaria estricta del poder que, en esta ocasión, se mezcla a la atmósfera intempestiva del absurdo y a una desidia que llega a ser pintoresca, vinculándose con la manera en que la sal corroe la memoria. Les corresponde entonces pisar el territorio de los inconvenientes, donde el ímpetu (o vocación creativa) se refuerza bajo el rozamiento frecuente de los obstáculos, llegando a conseguir discursos de centellante radicalidad que, para algunos lindan, con lo estrafalario, y, para otros, con el contenido imprescindible en tiempos de la manteca dormida.

En la exposición Bad Girl, Bad Boy, Bad Country, curada por Liatna Rodríguez López, en el espacio habanero Cemi Artlab, y que se puede ver durante todo el mes de febrero, ambos, Antonia y Ezequiel, han sido traídos para compartir, para hablar y hablarnos de “cositas un poco delicadas”: atrae por encima de todo lo demás cómo ellos disertan sobre dos momentos diferentes de un cuerpo drenado por la violencia de la Historia.

Antonia Eiriz vive y crea en la etapa del entusiasmo, y mientras las cortinas se abren y se cierran tras de cada suceso logra advertir las trampas engañosas de esas circunstancias, digamos que por esa vía también arriba al desencanto y en esas fracturas las cosas quedan más frontales, por lo que el ejercicio creativo llega a expresarse como resorte y la violencia interior se propaga hacia el entorno, acompañada de un magnetismo insumiso, lúcido, que suma un singular compromiso estético. Entonces la luz se atreve a surgir de cualquier punto cardinal y el grito se transforma en un silencio tan aterrador que nos confirma pensantes.

Ezequiel Suárez irrumpe cuando ya muchas de las máscaras han caído, y el mencionado cuerpo soporta las visibles arrugas que anuncian la decadencia. Ya está en problemas el tanquecito que atesora “un combustible simbólico”, ante lo que la indiferencia, ironía y un espléndido afán de desactivar se vuelven herramientas conscientes e inconscientes, que manejan a su antojo el drenaje de lo cotidiano.

Ambos tienen en común el encanto del taxista que en un acto de desafío coge en dirección contraria mofándose de la lógica de lo impuesto; ellos, en su quehacer, enfrentan el reto de mediar como patólogos a partir de lo segregado por la isla en más de dos siglos y que, de algún modo, representa su espíritu e identidad vertidos sobre polémicas formas.

En el caso del trasiego de Ezequiel Suárez hay que explorar esa maña de retener objetos y desde el descuido o la apatía hacerlos significar. Un espectáculo de lujo es ya asistir a esas camisas in progress transformadas en piezas de arte, raras esculturas (amarillas, grises, blancas, naranjas, a cuadros, guayaberas atizadas ahora por bordados que van siempre en busca de los plurales rostros de la bad girl. Camisas que no se expresanen lo más mínimo como camisas de fuerza, operan de otra manera, contribuyen a la liberación de cuanto gesto pueda excavar en el rigor de las ideas, intervenidas no solo por lo que se ve en ellas, sino –y sobre todo– por ese torrente de subjetividad que constituyen sus múltiples obsesiones. Estamos ante el pensamiento de un artista que sintetiza brutalmente, somete a lo que le rodea a un drástico proceso de reducción.

Él parece tener claro que las acumulaciones no siempre se transforman en memoria, pero no dejan de contener pistas que pueden conducir a ella con frecuencia. Con el uso de las cajas que a la vez representan figuras geométricas (rectángulos, cuadrados) asistimos a la rebelión del cartón o más bien a su profunda meditación, así se expresan las formas y sus singularidades como lenguajes. Cajas donde reposa la exoticidad e igual lo muy común, el dolor, la saudade, el tedio; que atesoran lo que brota de lo cotidiano de manera descompensada.

Objetos y hasta basura tocada por el cuerpo, los cuerpos. La maravilla de lo desactivado creando un coto minimalista, antes de ser tragado definitivamente por la grieta de la inutilidad; entonces se presenta la estrategia de recuperarlo otra vez para que no dejen de hincar en lo humano-“racional” que les tira una ojeada y los reconoce; entre estas cajas parece existir una más inquietante que las demás: donde se guardan las preocupaciones.

El trabajo de Ezequiel Suárez con el lenguaje (la textualidad) es arduo y, a la vez, conserva la potencia del instinto infantil y la ya mencionada maña de recolocar contenidos para influir en las conductas. Sus breves e intensas instalaciones se apoyan muchas veces en textos de avasalladora ironía (o negación manipulada), ellos no solo poseen la capacidad de significar mucho, sino además la de arrastrar las interpretaciones de los espectadores como potentes afluentes; me atrevería a decir, que por momentos, se muestra como el corazón de su poética por la magnitud conceptual extraordinaria y el atrevimiento lúdico de reordenar el caos.

A Antonia Eiriz aquí se revisita a partir de unas pocas obras, que terminan siendo suficientes para reiterar su grandeza y sobre todo el mérito irrepetible de haber abierto un laberinto fecundo en un momento en que el arte cubano parecía titubear demasiado. Entre estas obras encontramos un abstracto sobre madera (1966), que a partir de la atmosfera que impone y el comportamiento del color, podemos asociar perfectamente a piezas como Impulsos turbulentos (1965) y Mi rebelión (1965), ambas producidas un año antes; donde se muestra a medio camino entre lo abstracto y lo figurativo y deja entrever con claridad los estados de ánimo y contradicciones que la acechaban en esos tiempos.

El conjunto de seis grabados (xilografías sobre cartulina de1991), que se integran a la muestra, atesora seres que dejan la sensación de provenir de la ingravidez para flotar en una fatalidad que finalmente los une, los agrupa pudiendo nosotros asistir al show de sus expresiones; y al ser ya una masa despiertan tensos presentándose como reminiscencias o prolongaciones de obras suyas de otras épocas como la serie Los de arriba y los de abajo (1965) y Figuras (1965), en donde los rasgos de los rostros parecen provenir de una distorsión o trance que los conduce a un habla enrevesada y fuertemente intervenida por el simbolismo.

El ensamble (de materias diversas) para Antonia Eiriz casi siempre resulta ser dramático, de una delirante potencia metafórica, y sin dudas uno de los soportes en que mejor logró expresarse la marejada de su sensibilidad; algunas de estas obras llegan trascender en la memoria colectiva por todo lo que aportan a nuestra voluntad plástica: Homenajea Lezama (1964), El vendedor de periódicos (1964), El crucificado (1964), y Hombre con muleta ( 1964), con el cual la pieza que ahora tenemos la oportunidad de contemplar parece tener una estrecha relación tanto estética como afectiva.

Las pinturas de estos dos artistas y los otros escenarios plásticos en que se han desplegado (instalaciones, archivos, grabados y ensambles) representan una descarnada crónica sobre la extrañeza de estar vivo y la “incomodidad” de compartir el espacio con otros que también emergen de sus extrañezas particulares; dejando claro que la ficción puede ser tan impactante y, a la vez, sencilla como una zanahoria, si seguimos los parámetros de color, consistencia y forma.

RICARDO ALBERTO PÉREZ
RICARDO ALBERTO PÉREZ
Ricardo Alberto Pérez (Arroyo Naranjo, 1963). Escritor y traductor. Es autor de los cuadernos de poesía ¿Para qué el cine? (Unión, La Habana, 2011) y Vengan a ver las palomas de Varsovia (Letras Cubanas, La Habana, 2013). En 2008 publicó la antología personal Los tuberculosos y otros poemas (Torre de Letras, La Habana, 2008). Ha traducido a Paulo Leminski y otros poetas brasileños. Fue miembro del grupo literario Diáspora(s).

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