LA HABANA.- Hablaremos del rojo y del negro. Advierto a los posibles lectores que no haré ninguna apología, ni siquiera un breve coqueteo, con esa bandera roja y negra que constituye uno de los emblemas más celosamente custodiados por los comunistas y que todavía ondea, con absoluta normalidad, en muchas de las celebraciones organizadas por el poder en esta triste y empobrecida isla.
Hago esta aclaración porque quiero dejar claro que no voy a enredarme con la novela de Stendhal ni con el condado de Verrières. Esto no es una historia de amor, aunque sí de desamor y de profundos desencuentros.
Si tomé prestado el título de esa obra memorable —imprescindible, diría yo— es porque los protagonistas de este texto encarnan una contradicción permanente. Son amigos desde la infancia, pero los separa un abismo ideológico. Al Rojo lo llamo así porque abraza sin reservas el credo comunista; al Negro, porque, así es su piel, y debo agregar otra característica: rechaza ese credo con la misma convicción.
Y ahí comienza el conflicto. El Rojo no consigue entender que un hombre negro pueda aborrecer aquello que el discurso oficial llama «dictadura del proletariado». Para él, un negro que reniega del comunismo es, por definición, un ingrato. Esa era la esencia de la discusión, una pelea política que, por momentos, parecía a punto de convertirse en una riña.
Los encontré por casualidad en la calle. Caminaban delante de mí y discutían a gritos. La conversación era tan estridente que resultaba imposible no escucharla. Decidí seguirlos unos metros, atento a cada argumento, tratando de comprender el origen de aquella disputa.
Fue entonces cuando entendí con mayor claridad una de las bases de la ortodoxia comunista: la idea de que un hombre negro no puede darse el lujo de disentir. Debe ser, irremediablemente, agradecido.
¿Y qué significa ser agradecido? Significa aceptar sin reservas los dogmas del poder, respaldar cada una de sus decisiones y devolver con lealtad lo que, según la narrativa oficial, la Revolución le concedió: la igualdad frente a los blancos. El Rojo no dejaba espacio para otra interpretación. Según esa lógica, los negros están en deuda permanente con el régimen y deben pagarla con fidelidad. Con fidelidad que, en Cuba, inevitablemente remite a Fidel.
Y ahí está el verdadero meollo del asunto: ¿quién tiene derecho a cobrar eternamente una deuda por haber reconocido derechos que nunca debieron depender de la voluntad de un poder político?
La paradoja era evidente. El Rojo era blanco; el Negro rechazaba el comunismo. El primero pretendía dictarle al segundo cuál debía ser su posición política en función del color de su piel. Como si la identidad racial obligara a la obediencia ideológica.
Esa es una de las grandes trampas del discurso comunista. Proclama derechos para después convertirlos en moneda de cambio. Al negro que disiente lo llama malagradecido; al que obedece, lo exhibe como prueba de su supuesto éxito. Si el Negro es rojo, todo marcha bien. Si deja de serlo, afloran los reproches, las descalificaciones y los viejos prejuicios. Para el comunismo, los negros deben ser rojos, pero cada día hay menos personas rojas.









